1. La manada #3
—Los Drentari tenemos una concepción de la familia distinta de la de los humanos y quizá también de la de los lobos. La familia, el korax, consiste en el deber. En la lealtad. Todos trabajamos por un bien superior.
—Suena bien.
—Está bien. —Aratax contempló con añoranza la lejanía durante unos instantes, pero entonces recuperó su aire arrogante.
Demasiado pronto—. Las demás razas no entienden el deber y la obediencia como nosotros.
Los Drentari no necesitamos que nos azoten ni nos obliguen a hacer lo correcto.
Pero otros… necesitan que los espoleen. Y tú debes hacerlo.
Quizá no entienda a los licántropos, alfa, pero sí entiendo la obediencia.
Para conseguir que la manada haga lo correcto, debes acortarles las correas.
Olí a Ari y a Senegal antes de verlos. La elfa se detuvo al pie de la escalera mientras Senegal subía los peldaños con la cabeza en las nubes.
Aratax y Ari se lanzaron miradas asesinas sin intercambiar una sola palabra. ¿Cuán antigua era la enemistad entre sus pueblos? ¿Era personal o heredada? ¿O se trataba de simples prejuicios de toda la vida?
Por desgracia, sus olores no daban una respuesta tan compleja.
Solo sabía que se odiaban.
No podía ordenarle a Ari que se retirara. Bueno, no sin convencerla. Pero ser alfa tenía sus ventajas cuando se trataba de licántropos.
—Aratax, ve a recoger leña para el fuego de esta noche.
Un retumbo bajo surgió de la garganta de Aratax. Como sus ojos no se volvían dorados, era fácil olvidar que era un licántropo.
—Una manada… —gruñó— debería estar formada por una sola especie.
Capté el rastro de otro olor. Un dulce aroma a colonia y ropa planchada que no lograba ocultar el olor almizclado de los libros antiguos. Un aroma que me llenaba de alegría.
Pranish. Un humano. Diferente.
Alguien a quien jamás expulsaría de la manada. Nunca.
Respondí al gruñido de Aratax con el mío, que se volvió más profundo de lo que el suyo jamás podría ser, pese a que él me aventajaba en estatura y edad.
Los ojos negros de Aratax se abrieron mucho. Aquella sí era una expresión que entendía. Miedo.
Se dio la vuelta y se retiró, tomando el camino largo para evitar pasar junto a Ari o a mí.
La puerta principal se abrió y el olor de mi novio se mezcló con el aire fresco.
—¿Puedes traducirme esos pergaminos? —preguntó Pranish mientras se echaba al hombro una bolsa repleta de documentos y libros.
—Por supuesto. Puedo entregártelos después de tu comparecencia —respondió Mandy, despidiendo a Pranish con un gesto de la mano.
¿Comparecencia?
¡Por las Brechas! La comparecencia. Otra maldita ceremonia en la que explicar exactamente lo mismo a personas ligeramente distintas y prometer que: no, señoría, no tenemos intención de bombardear el Parlamento próximamente.
¡Con todo el drama lobuno y el estrés, me había olvidado de esta!
Incluso meses después del ataque del Mentor y de todas las agresiones de monstruos, seguíamos lidiando con las consecuencias legales.
A mi mejor amiga, Kat, le habían tendido una trampa para acusarla de asesinato.
Mi empleador, los Cruzados de Kat, había sido ilegalizado.
Y nos habíamos quedado sin trabajo como cazadores de monstruos.
Tampoco es que ya tuviera tiempo para andar correteando por toda la ciudad. Ya tenía aquí un puñado de monstruos.
Pranish apareció a la vista mientras se ajustaba la correa de la bolsa. Llevaba el pelo peinado, la camisa de vestir blanca planchada y el chaleco gris libre de cualquier pelo de perro rebelde. ¡Todo un logro en aquella casa!
Mi corazón de ametralladora se saltó un latido al verlo. Solo por un instante. Volvió a saltarse otro cuando él me miró. Sus ojos mostraron preocupación, solo por un instante. Después su expresión se volvió impasible. Serena.
Aquello me produjo una punzada de tristeza y un atisbo de orgullo. Orgullo porque Pranish era un beta increíble. Pese a no ser licántropo, desempeñaba el trabajo más importante de la manada. Mantenerme cuerda a mí, la alfa.
Pero también me llenaba de pesar. Porque lo habían empujado a adoptar aquel papel. Y sabía que no le resultaba fácil.
—¿Esta vez vamos a confesar un asesinato en masa? —preguntó Pranish. Una sonrisa taimada asomó bajo su preocupación e impasibilidad mientras me recorría de arriba abajo con la mirada.
—¿Por qué…? —empecé, pero entonces lo recordé. Me froté los labios y vi la sangre que tenía en las manos. ¡Y por eso llevaba el pelo apelmazado!
¡Puaj! ¡Precisamente aquel día tenía que lavarme la sangre del pelo!
Me levanté de golpe y subí los escalones a toda prisa, deteniéndome junto a Pranish.
—¡Voy a lavarme! El Consejo puede esperar unos malditos minutos más.
—Por suerte, ya lo había tenido en cuenta al preparar nuestro horario —respondió Pranish.
¡Por supuesto que sí!
—¿Qué haría yo sin ti?
—Ir cubierta de sangre a las comparecencias.
Me reí y lo besé en la mejilla. Él hizo una mueca cuando la sangre de Hyena y Stalker le manchó la mejilla y el puño de la camisa.
Bueno, ¡ahora los dos teníamos que lavarnos!