1. La manada #2
Sin embargo, con aquellos lobos tenía que hacerlo. Y, como sabía que podían soportarlo, tenía que emplearme a fondo. Eso significaba huesos rotos, carne desgarrada. Y mucha sangre.
En los meses transcurridos desde que aquellos lobos se unieron a la manada, me había acostumbrado hacía mucho a que mamá y papá me vieran cubierta con la sangre de nuestros nuevos familiares. Ellos también parecían haberse acostumbrado. O simplemente habían aprendido a fingir.
Aun así, me alegraba de que mis padres hubieran salido a trabajar aquel día.
Me gustaba reducir al mínimo la violencia que presenciaban.
Un esfuerzo vano, lo sé. En Hope City, la violencia multitudinaria solía ser un martes cualquiera.
Sobre todo después de que el cabrón que había matado a los padres de Kat soltara sobre la ciudad una horda interminable de monstruosidades.
Las Brechas habían cesado, pero habían quedado demasiadas criaturas.
Las más organizadas e inteligentes habían establecido bastiones.
Se habían ocultado. Habían reunido fuerzas.
Los grandes monstruos, como los gigantes y los dracos, se habían instalado en edificios abandonados, en cuevas de la montaña o, sencillamente, se habían adueñado de manzanas enteras.
Un puñado de cazatesoros imbéciles ya había acabado devorado al intentar robarle el tesoro a un dragón de Kalk Bay que se parecía mucho a una salamandra y que, por desgracia, no coleccionaba tesoros.
Por si fuera poco, un behemot aún rondaba por Cape Point y devoraba ganado. Y los kobolds habían convertido Chapman’s Peak en una trampa mortal. Por no mencionar a todos los muertos vivientes, demonios y espíritus oscuros que vagaban por ahí…
Me puse en pie y me volví hacia la Mansión Tokai. Nuestro hogar desde hacía tres meses. En otros tiempos, le habría dicho a todo el mundo que la casa de mis sueños era una villa moderna y elegante, repleta de diseño feng shui y paredes de cristal.
La Mansión Tokai no era nada de eso. Era una casa solariega de estilo neerlandés del Cabo, diseñada por un francés y con más de doscientos años de antigüedad.
Era tan vieja que Kat había tenido que exorcizar un fantasma de ella.
Era justo que después la hubiera heredado de su propietario y nos la hubiese alquilado.
Bueno, había querido regalármela, pero yo no iba a privar a mi mejor amiga de su herencia. Ni siquiera aunque ella quisiera.
La casa no tenía nada de contemporánea. Paredes gruesas que bloqueaban la señal wifi, mala calefacción cuando hacía frío y un diseño interior que haría gritar a cualquier decorador moderno u optimizador de líneas ley.
¡Y me encantaba! ¡Eso demostraba cuánto sabía de arquitectura mi yo más joven!
La Mansión Tokai me parecía un hogar. Era espaciosa, respiraba historia y, sencillamente, parecía viva. Ayudaba que toda mi familia estuviera allí. Quizá esa fuera la parte más importante.
Miré hacia mi casa y vi moverse unas cortinas en una ventana.
Un humano no se habría dado cuenta. Yo no era del todo humana.
Mandy Caleb. La tía de Kat. Ahora vivía con nosotros y añadía conocimientos sobre seres feéricos y licántropos a sus amplios conocimientos sobre elfos mientras se labraba una lucrativa carrera como erudita desempleada y recluida.
Bueno, ¡mientras fuera feliz!
Senegal y Ari hicieron lo que les había pedido y fueron a ver cómo estaban los lobos.
Yo entré para cambiarme. Junto a cada puerta siempre había una reserva de ropa nueva y barata para ponerse.
Por si acaso. Ya presentable, avancé con pesadez hacia la veranda elevada y me senté en uno de los escalones de la mansión.
—¿Te cuesta mantener a raya a las tropas, alfa?
Una voz fría y crítica surgió, al parecer, de la nada.
Casi di un respingo. Casi. Pero ser alfa significaba ser fuerte. Significaba fingir que lo esperabas todo. Incluso a malditos elfos oscuros a los que no podías ver, oír ni oler a menos que ellos quisieran.
Me volví hacia uno de los nuevos miembros de la manada. El único que había recuperado su forma humana… o élfica.
Aratax tenía el largo cabello azul oscuro recogido en una coleta. Su piel era negra como la obsidiana. Sus ojos también eran negros. Solo se distinguían del resto de sus rasgos por el brillo de la humedad. Un brillo que siempre parecía transmitir una repugnancia abrumadora.
A diferencia de los de otros licántropos, sus ojos jamás se volvían dorados. Nunca. Ni siquiera cuando adoptaba forma de lobo. Conservaban aquel negro brillante e insondable.
Aratax era un Drentari. Un tipo de elfo distinto de los Sintari de Ari, pero elfo al fin y al cabo. Cuando recuperó por primera vez su forma humanoide, todos nos volvimos hacia Ari. Me había entusiasmado que tuviera a otro de los suyos en la manada. Todos los elfos se llevaban bien, ¿verdad?
Bueno, por lo visto el racismo era común a todas las especies. Ari empezó de inmediato a insultar a Aratax en Sintari, y Aratax le respondió en la misma lengua. Solo Senegal, que contuvo a Ari, y yo, que reprendí rápidamente al Drentari, impedimos que llegaran a las manos.
Ahora, lo mejor que podíamos esperar era que siguieran ignorándose.
¡Sí, somos una gran familia feliz!
No obstante, los Drentari eran interesantes. Mandy sabía un poco sobre ellos, aunque por fuentes reconocidamente despectivas: sus primos Sintari. Aparte de eso, no sabíamos mucho más. Eran bastante infrecuentes en la Tierra.
El Drentari y el Sintari eran idiomas parecidos, así que Mandy le había estado enseñando inglés a Aratax. Iba bien. Como casi todos los elfos, aprendía rápido.
—La manada está sufriendo los dolores del crecimiento, cachorrillo —respondí mientras buscaba indicios de irritación en aquel elfo indefectiblemente arrogante.
No mostró ninguno. Aratax nunca se había portado mal de verdad.
No como los demás. Y mis instintos me decían que era leal.
No había atacado a los otros lobos. Ni siquiera desprendía olor a traición.
Un miembro modélico de la manada. Pero no lograba quitarme de encima la impresión de que se consideraba extrañamente superior a todos nosotros.
Y de que la jerarquía de nuestra manada ofendía su sensibilidad.
Tampoco ayudaba que su aspecto alienígena me inquietara.
¿Creéis que los humanos y los elfos pueden ser racistas?
Los licántropos estaban programados para detestar las diferencias.
Era algo que teníamos que enterrar muy dentro de nosotros.
—Eres demasiado indulgente con esas bestias. Con todas —dijo Aratax—. Si le das a un perro ocasión de morder, morderá.
—¿Indulgente? —resoplé—. Le he partido el brazo a Stalker y le he arrancado un pedazo de carne a Hyena de un mordisco. ¿Qué quieres que haga? ¿Que los mate?
¡Eso quedaba descartado! Bueno, quizá hiciera alguna excepción. Empezando por aquel elfo…
Aratax alzó las manos en un gesto conciliador. Era una costumbre que había adquirido observándonos. Nosotros no entendíamos sus expresiones habituales, así que las compensaba con gestos de las manos.
—No dudo de tu poder, alfa. ¡Jamás! Y siempre te agradeceré que me liberaras de lo peor de esta… maldición.
Casi escupió la última palabra. Advertí que su inglés ya era prácticamente perfecto. Mandy era una profesora excelente. O Aratax ya sabía inglés y solo se había estado quedando con nosotros.
—Admito que no sé mucho sobre ser licántropo —dijo Aratax con el tono menos engreído que jamás le había oído—.
No tuve muchas oportunidades. Una bestia repugnante me infectó y, cuando denuncié el ataque a las autoridades, como era mi deber, me expulsaron de mi korax.
Me abandonaron a mi suerte hasta que la bestia se apoderó de mí…
—¿Korax? —pregunté. Rara vez hablaba de su vida anterior a unirse a la manada. Bueno, apenas llevaba poco más de dos semanas hablando inglés tan bien. Pero por lo general lo practicaba criticándolo todo y a todos.
—Es como una ciudad, pero más… —Pareció fruncir el ceño—. Como una ciudad, pero en la que todos están conectados.
—¿Como una familia? —sugerí.
Vaciló, pero después asintió.