Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 1. La manada
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Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16)

Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16)

Por Nicholas Woode-Smith

© inepub.com

1. La manada

La manada

***LA LOBA***

La familia es la familia. Incluso cuando se te echa encima, directa a la garganta, con las fauces llenas de colmillos.

Un licántropo colosal y moteado, con un hocico más parecido al de una hiena que al de un lobo, pilló por sorpresa a uno de los gemelos Gibson: rugió su desafío y mordió al lobo rubio, de menor tamaño, con un crujido atroz. Haciéndole sangre.

El lobo más pequeño chilló. Para un oído inexperto, era un lamento lastimero de agonía. Para el mío, era una llamada…

Si algo había aprendido siendo la alfa de un puñado de licántropos bestiales, era que no había que meterse con gemelos. Siempre estarían en superioridad numérica.

El otro gemelo —nunca lograba distinguir cuál era cuál cuando adoptaban forma de lobo— lanzó una dentellada feroz al cuello de Hyena y le hizo sangre. Hyena no soltó a su víctima, sino que la zarandeó brutalmente de un lado a otro. Hasta que su hasta entonces indefensa víctima le desgarró un ojo.

Hyena era grande. El licántropo más grande de la manada.

Pero, cuando se había unido a nosotros, no era más que un solitario sarnoso y comido por las pulgas, procedente de algún lugar al otro lado del Entremedio.

Los gemelos Gibson habían tenido casi un año para entrenarse como cazadores de monstruos y otro tanto para consumir valiosas proteínas.

Juntos, eran una máquina de guerra.

Hyena lanzó un alarido cuando su ojo quedó reducido a una pulpa sanguinolenta. Soltó al gemelo o la gemela, cuyo cuello estaba cubierto de pelo rubio apelmazado y teñido de rojo. Los gemelos no cejaron: hincaron los dientes en Hyena y lo derribaron.

Todo aquello había sucedido en los cinco segundos que tardé en percibir la pelea desde el otro lado de la finca y salir disparada hacia mi descarriada manada.

Me transformé en plena carrera, dejando que los músculos se me expandieran y los huesos se doblaran y crecieran hasta convertirme en algo muy poco humano.

Sentí que el corazón se me aceleraba mucho más de lo razonable.

Al principio me había costado acostumbrarme.

El corazón de los licántropos latía deprisa.

Como una ametralladora. Incluso cuando estábamos en forma humana.

Aun después de todo ese tiempo, podía ver la preocupación en los ojos de mi novio cuando me tomaba el pulso.

Pranish sabía que no pasaba nada. Que estaba sana. Bueno, sana para ser una licántropa. Pero costaba acostumbrarse a que tu novia se convirtiera en un monstruo.

Un pelaje negro brotó por debajo de mi ropa. Los músculos me reventaron los vaqueros. ¡Y acababa de comprármelos! ¡Qué mala suerte la mía! Bueno, ya debería estar acostumbrada. Ya no se me permitía tener ropa bonita.

Los gemelos rodearon a Hyena, que sangraba y jadeaba, y se abalanzaron sobre él justo cuando yo completaba mi transformación.

Utilicé toda mi fuerza de licántropa para derribarlos.

Aquella pareja de sanguinarios y feroces sucedáneos de golden retriever gimoteó mientras rodaba por el césped y la tierra hasta aterrizar a los pies de Stalker, aquel esquelético cabrón de pelaje gris oscuro que antes había sido un lobo solitario.

Miré a Stalker a los ojos y gruñí. La criatura me sostuvo la mirada con sus enfermizos ojos amarillos, alienígenas e imperturbables.

No tenía ni idea de cuál era la raza original de Hyena y Stalker.

No eran de la Tierra. Podían proceder de cualquier lugar.

Y, como aún no habían recuperado sus formas originales —si es que algún día llegaban a hacerlo—, no sabía qué clase de pensamientos pasaban por sus mentes.

Los licántropos eran bestias. Podéis fiaros de mí, que soy una.

Pero los licántropos humanos aún conservaban una humanidad esencial en su interior.

Pranish y yo creíamos que la naturaleza de manada de los licántropos humanos se debía más a su condición humana que a la licantropía.

Los humanos eran animales sociales y jerárquicos. Quizá incluso más que los lobos.

Stalker miró a los gimoteantes gemelos tendidos a sus pies. Yo gruñí con más fuerza, un profundo retumbo que me nacía en la garganta.

Déjalos en paz, cabrón siniestro.

Abrió la boca y saltó limpiamente por encima de los gemelos. Hacia mí.

¡Pero qué chucho más idiota!

Un lobo rojo embistió a Stalker en pleno salto y estampó a la esquelética criatura contra la tierra. Un elfo de cabello rojo sangre y armado con dos dagas corría justo detrás de él.

Gruñí una orden. Senegal, el lobo rojo, se detuvo y se apartó de un salto de Stalker.

Ari, la elfa, frenó y desvió la mirada entre Senegal y yo.

Su expresión permanecía impasible, pero olí su confusión.

Tenía que recibir las órdenes siguiendo el ejemplo de Senegal.

Carecía de la intuición lobuna que poseíamos los demás.

Lo único que podía entender de mí era que los gruñidos probablemente significaban que estaba enfadada y los gañidos, que me dolía algo.

Senegal retrocedió, con Ari a su lado. ¡Al menos algunos miembros de la manada seguían obedeciendo órdenes! Al fin y al cabo, se suponía que yo era su maldita alfa.

Stalker se levantó para vengarse de Senegal. En lugar de eso, se encontró con mi garra cerrada en plena cara cuando volví a derribarlo contra la tierra. Lo agarré por la garganta con la mano provista de garras y lo levanté por encima de mi cabeza sin dejar de mirarlo a los ojos.

¡Obedece, saco de huesos de mierda!

Stalker lanzó las garras contra mí. Tenía los brazos largos. Larguiruchos. Varias de sus garras me arañaron el hocico extendido. Ni me inmuté. Ni siquiera cuando me hizo sangre. Me había enfrentado a cosas peores. Bueno, hasta que Hyena me hincó los dientes en la pierna.

Solté un gañido y dejé caer a Stalker. Hyena me soltó, sorprendido por aquel sonido pese a haber sido él quien lo había provocado. Me revolví contra él y le estampé la cabeza contra el suelo de un puñetazo justo cuando Stalker saltaba hacia mí.

Antes de que Senegal o Ari pudieran intervenir, atrapé a Stalker en pleno salto, me llevé su brazo a la boca y partí el hueso como una ramita.

El sabor metálico de la sangre inundó mis papilas gustativas, demasiado sensibles.

Me excitaba y, al mismo tiempo, me parecía algo fundamentalmente incorrecto.

Eran mi manada. Aunque lucharan entre sí. Aunque aún no lo supieran.

Lancé a Stalker lejos de mí y atrapé a Hyena cuando volvió a abalanzarse sobre mí. El peso de aquel monstruo con forma de lobo me arrancó el aire de los pulmones, y entonces le clavé los dientes en la nuca.

Hyena chilló como un cachorro reprendido y quedó flácido.

Retiré los dientes. Stalker ya huía con el rabo entre las piernas mientras se sujetaba el brazo roto. Hyena tenía las orejas gachas y la cola, corta y gruesa, oculta bajo su corpachón.

Dejé escapar un gruñido bajo que me retumbó en el fondo de la garganta, y él salió corriendo entre gimoteos.

En cuanto perdí de vista a los alborotadores, caí de rodillas. Sentí un frío repentino cuando el pelaje desapareció y mis voluminosos músculos se encogieron hasta convertirse en una carne que seguía siendo dura y tonificada, pero mucho más humana.

Senegal, ya desnudo y en forma humana, me echó una manta sobre los hombros. Quería sonreír y darle las gracias. Era un buen chico, ¿verdad? Nunca había tenido esos problemas con él.

Escupí la sangre que tenía en la boca y me froté los dientes con la manta. ¡Puaj! Tendría que lavármelos con gasolina para quitarme aquel sabor. Stalker siempre era el que peor sabía. A polvo y verduras pasadas.

No había sabido lo afortunada que había sido con Senegal, e incluso con los gemelos, hasta que adopté a aquellos malditos licántropos de otros mundos durante el casi apocalipsis.

¡Qué tiempos aquellos! Solo cuatro licántropos, una elfa y un mago.

Sin dramas. Sin luchas de poder ni intentos de imponer la dominancia.

No tenía que disciplinar a nadie. Lo máximo que había tenido que hacer era tirarles de las orejas a los gemelos cuando intentaron jugar al tira y afloja con un filete dentro de un supermercado.

—Id… —Me detuve para recobrar el aliento. ¡Qué raro! Nunca había tenido que hacer eso. Pero antes me enfrentaba a zombis de huesos débiles y bestias que rara vez podían defenderse. No a licántropos. Y desde luego no a licántropos que de verdad me importaban, por mucho que me quejara.

Era una sensación extraña: amar a aquellas bestias y despreciarlas al mismo tiempo. Querer lo mejor para ellas mientras deseaba que nunca hubieran puesto un pie en mi mundo. ¡Ser alfa era difícil!

—Id a aseguraros de que los chicos no se peleen —ordené, agitando un brazo en la dirección aproximada de los licántropos.

Los gemelos se lamían las heridas el uno al otro a la sombra de un árbol.

Ginger, una de las ex-errantes que mejor se comportaban, observaba desde el lindero del bosque feérico y bostezaba como si todo aquello la aburriera.

¡Me alegraba de que estuviera tan tranquila! Habría estado bien que hubiese ayudado.

—Están bastante maltrechos, alfa —respondió Senegal con el ceño fruncido. Sabía lo que estaba pensando.

¿Por qué tenemos que mantener aquí a los errantes?

—Forman parte de la manada —dije, respondiendo a sus pensamientos. No es que pudiera leerle la mente. Solo se me había dado muy bien adivinar.

Pero Senegal siempre abría mucho los ojos cuando hacía aquello. Yo fingía que era telepatía. Así resultaba más divertido.

—Deberías descansar —añadió Ari mientras envainaba las dagas. Miró con expresión anhelante en dirección a Hyena y Stalker, que probablemente absorbían la magia curativa del bosque feérico mientras se lamían las heridas y esperaban a que sus huesos se soldaran y su carne volviera a crecer.

Nunca me había gustado imponer disciplina. ¡No me malinterpretéis! Cuando Kat cuidaba de aquellos malditos mocosos ricos, me daban ganas de molerlos a palos. ¡Pero jamás lo habría hecho de verdad!