Hollow (Wildwater Falls 6) TREINTA #3
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TREINTA #3

Una mujer que, por cierto, llevaba un par de semanas comportándose de forma extraña.

Retraída, excesivamente pensativa y envuelta en un aura misteriosa.

Que Gia se tomara un día libre en Urgencias era algo absolutamente inaudito; sin embargo, en las últimas semanas se había pedido por lo menos tres que yo supiera.

Salí a la terraza, pisando suavemente. Me incliné sobre el respaldo de su silla, le aparté el pelo cobrizo del cuello y me agaché para darle un beso profundo, lento y posesivo. Metí la lengua en su boca, reclamándola, y saboreé de inmediato lo que estaba bebiendo.

Fruncí el ceño y me separé un par de centímetros, rozando su nariz.

—¿Jengibre y limón? —le pregunté, bajando la vista hacia su taza.

Gia se rio suavemente, acariciándome la mandíbula.

—Hola a ti también, Holloway. ¿Qué tal los presupuestos?

—Aprobados por unanimidad. Sloane es una maldita apisonadora —le respondí, sin quitarle los ojos de encima—. Y tú eres una mujer de café negro sin azúcar o de chocolates hipercalóricos con nubes. No tienes término medio. No tomas té, Georgia Robbins. Nunca.

Su sonrisa se ensanchó, misteriosa. El enigma sobre lo que le pasaba no hacía más que aumentar.

No esperé a que se explicara. La agarré por la cintura, la levanté en vilo de la silla y me senté yo, acomodándola de inmediato sobre mi regazo, con las piernas a ambos lados de mis caderas. Tiré de la manta, envolviéndonos a los dos en nuestro propio calor.

Gia se acomodó contra mi pecho, depositando la taza de té con cuidado en la mesita auxiliar que teníamos al lado.

—Tengo una sorpresa para ti, Luke —murmuró, apoyando la barbilla en mi hombro para poder mirarme a la cara.

—Soy todo oídos, nena. Sorpréndeme.

Gia alargó la mano, sacando el brazo de debajo de la manta, y recogió una pequeña cajita alargada que descansaba sobre la mesa. Me la ofreció.

Miré la caja. Era de un cartón blanco y liso. Luego la miré a ella. Estaba sumamente intrigado por aquel misterio.

—Sé que... —Gia carraspeó, de pronto nerviosa, rehuyendo mi mirada por un milisegundo—.

Sé que no hemos tocado jamás un tema como este de forma directa, y que nuestras vidas han sido una locura de desastres, helicópteros y reconstrucciones desde que nos reencontramos.

Pero espero que te guste mi sorpresa, Luke.

Abrí la caja con manos repentinamente torpes.

Dentro, sobre una capa de algodón, había una prueba de embarazo. El panel digital mostraba dos líneas de un azul intenso y definitivo.

Me quedé mirando el plástico, en completo y absoluto shock. Paralizado. Mi cerebro intentaba procesar la información, encajar las piezas del rompecabezas: el cansancio de las últimas semanas, los días libres, el puñetero té de jengibre para las náuseas.

Era cierto que Gia y yo no habíamos concretado jamás nada sobre ser padres.

Era algo que ambos habíamos asumido de forma tácita que queríamos, pero no habíamos hablado activamente del tema.

Aunque, pensándolo fríamente, teniendo en cuenta que desde hacía tres meses no tomábamos ningún tipo de precaución y que nuestras horas en la cama eran intensas y constantes, era cuestión de tiempo que sucediera algo así.

El oxígeno volvió a entrar en mis pulmones de golpe.

Una imagen se proyectó en mi mente con una claridad que me cortó la respiración. Visualicé a una réplica de Gia en miniatura. Una niña de pelo cobrizo, con sus mismos ojos y esa actitud descarada, cabezota y valiente, correteando por la terraza de la nueva casa que estábamos construyendo.

Sentí que el pecho se me abría en dos y que el corazón estaba a punto de explotarme, literalmente, de un amor tan vasto que no sabía cómo contenerlo.

Ante mi silencio sepulcral, Gia se removió en mi regazo, tensa.

—Dime algo, por favor... —me susurró al oído, con un hilo de voz lleno de vulnerabilidad—. Estás feliz, o estás asustado, o... lo que sea, Luke. Pero dime algo.

Levanté la mirada de la prueba.

Gia tenía los ojos muy abiertos, observándome con temor. Mis propios ojos estaban anegados en lágrimas, ardiéndome por la emoción contenida.

Carraspeé con fuerza para deshacerme del nudo de alambre de espino que me apretaba la garganta. Agarré su rostro con ambas manos, manchándole las mejillas, y pegué mi frente a la suya.

—Me acabas de convertir en el hombre más feliz de la faz de la tierra, Georgia —le dije, con la voz rota y ronca—.

Lo siento. Me he quedado paralizado. Acabo de visualizar a una niña de pelo cobrizo, descarada y cabezota, que me vuelva loco y que me haga estar inmensamente orgulloso de ella. Igual que tú.

Gia soltó un sollozo ahogado. La tensión de su cuerpo se evaporó de inmediato y rompió a llorar abiertamente. Se acurrucó contra mi cuello, escondiendo la cara en el hueco de mi clavícula, empapándome la camisa gris.

La abracé con todas mis fuerzas, rodeándola con ambos brazos bajo la manta, enterrando mi rostro en su pelo con olor a ella y a hogar.

Y allí nos quedamos. Sentados en nuestra terraza, abrazados, cálidos y felices, observando cómo la puesta de sol teñía de oro y violeta las montañas de Wildwater Falls.

Las mismas montañas que nos habían separado, que nos habían puesto a prueba con fuego y sangre, y que ahora, por fin, nos daban la paz para empezar a vivir de verdad.