Hollow (Wildwater Falls 6) TREINTA #2
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TREINTA #2

Gia y yo, por nuestra parte, habíamos alquilado un piso amplio y luminoso en pleno centro del pueblo.

Era una solución temporal, pero nos encantaba.

Nos daba la paz que necesitábamos mientras los arquitectos trazaban los planos de la casa nueva que estábamos construyendo desde cero en la misma zona donde vivían Avery y Logan.

Queríamos empezar nuestra vida juntos en un lugar nuevo y nuestro.

El sonido de un proyector encendiéndose me devolvió al presente.

Estábamos en la reunión anual más importante de la junta de accionistas. Pero hoy el escenario le pertenecía por completo a Sloane. Se puso en pie, vestida con un traje sastre impecable, y proyectó la primera diapositiva de los nuevos presupuestos hospitalarios.

La central de comunicaciones de urgencias ya estaba plenamente operativa y la remodelación estructural de la Academia de Rescate en la base avanzaba a un ritmo frenético, con previsión de culminarse antes de fin de año. Pero ahora faltaba encajar la última pieza del puzle.

—Señores —empezó Sloane —. El desastre natural del mes pasado nos ha dado una bofetada de realidad.

Salvamos a todos los pacientes, sí, pero estuvimos al borde del colapso.

Nuestro objetivo ya no es solo ser un buen hospital comarcal.

Vamos a construir una nueva ala que integrará la formación combinada de medicina de emergencias y técnicas de rescate en alta montaña.

Sloane cambió de diapositiva, mostrando unos planos arquitectónicos ambiciosos.

—Además de los quirófanos de trauma, es imperativo que el Regional cuente con dos nuevas incorporaciones vitales: un equipo de guardia de especialistas en cirugía plástica reconstructiva y una Unidad de Grandes Quemados de nivel básico.

No pretendemos retener a los pacientes críticos durante meses, pero necesitamos instalaciones de presión negativa y control térmico para estabilizarlos, evitar infecciones masivas y asegurar su traslado en helicóptero a centros de nivel uno en Seattle o Portland.

Thomas, como uno de los miembros más veteranos de la junta, se ajustó las gafas.

—Doctora, todo esto suena muy heroico, pero la inversión inicial es astronómica. ¿Cuál es el plan de viabilidad real?

Sonreí para mis adentros.

Sloane no se inmutó. Repartió un dossier de cincuenta páginas encuadernado a cada miembro de la mesa.

—La prioridad de este hospital es atender de forma realista y agresiva las emergencias extremas que se suceden en nuestro entorno geográfico.

Vivimos en un lugar extremo, con temperaturas extremas y accidentes extremos —explicó Sloane, apoyando las manos en la mesa y mirando al banquero a los ojos—.

Estabilizar, curar y, sobre todo, formar deben ser nuestras prioridades.

Les presento mi plan económico y formativo integral para los próximos cinco años.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, Sloane desgranó un plan trazado de forma minuciosa y realista.

Mostró cómo la nueva ala del hospital entraría en funcionamiento de forma escalonada, en paralelo a la remodelación de la Academia de Rescate que estaba financiando en la base aérea.

Demostró que, al convertirnos en el único centro de élite en medicina de rescate de la Costa Oeste, atraeríamos becas federales, subvenciones estatales y, lo más importante, a los residentes de medicina más brillantes del país dispuestos a pagar su peso en oro por formarse aquí.

Era un plan sólido. Era viable. Y, para los trajes grises a los que solo les interesaba el balance de cuentas, Sloane demostró con números irrefutables que el proyecto sería inmensamente rentable a medio plazo.

Cuando Sloane terminó, el silencio en la sala fue absoluto.

—Procedemos a votar la aprobación de los nuevos presupuestos y el plan quinquenal de la dirección médica —anuncié, levantando mi bolígrafo.

Uno a uno, todos los miembros de la junta levantaron la mano. Incluso Thomas asintió, visiblemente impresionado. Unanimidad.

Quince minutos después, la sala se vació. Solo quedamos Sloane y yo.

Me acerqué a ella mientras guardaba su portátil en el maletín. Le tendí la mano, pero ella la ignoró y me dio un abrazo rápido y fuerte.

—Enhorabuena, directora —la felicité, con una sonrisa inmensa—. Ha sido la mejor presentación de presupuestos que he visto en mi vida. Los has arrasado.

Sloane soltó una carcajada brillante, con los ojos llenos de pura felicidad.

—Lo hemos conseguido, Luke. Joder... lo hemos conseguido —susurró, mirando los planos sobre la mesa—. ¿Te das cuenta de que hace solo tres años, cuando me convertí en directora médica, esto no era más que un sueño? Tener al mejor equipo de trauma y urgencias.

Asentí, sintiendo un orgullo profundo por todo el equipo.

—Ahora se va a convertir en una realidad —le recordé, guardándome las manos en los bolsillos—.

Ya tenemos a los profesionales de élite.

Tenemos a Hannah, a Logan, a Mac, a Gia...

Tenemos a Caleb, Ian y Noah en el aire. Ahora solo necesitamos levantar las infraestructuras, y después, que vengan los estudiantes a ver cómo se salva una vida de verdad.

Sloane me dio una palmada en el brazo.

—Vete a casa, Holloway. Hemos terminado aquí por hoy.

—Ese es el mejor plan de viabilidad que he escuchado en toda la mañana.

Me despedí de Sloane, salí del hospital y caminé hacia mi coche. El aire fresco del casi otoño me llenó los pulmones. No necesitaba encender la radio ni mirar el teléfono. Sabía que Gia tenía el día libre hoy.

Metí las llaves en el contacto y arranqué.

El trayecto hasta nuestro nuevo piso en el centro duraría apenas cinco minutos, pero se me iban a hacer eternos.

Lo único que deseaba en este mundo, por encima de los presupuestos, los helicópteros y los hospitales, era llegar a casa, abrir la puerta y verla.

El trayecto hasta el centro de Wildwater Falls fue corto. Aparqué frente a nuestro bloque de pisos. Era un edificio moderno que conservaba la esencia rústica de la zona, de cuatro plantas, con balcones amplios orientados hacia el oeste.

Gia estaba en la terraza.

Me detuve en el umbral del ventanal abierto, apoyando un hombro en el marco, y la observé durante un minuto entero en silencio.

Por el camino, me había quitado la americana del traje y había aflojado el nudo de mi corbata antes de dejarla abandonada sobre el respaldo del sofá.

Empezaba a hacer frío; el ambiente estaba cargado con la humedad limpia de las primeras lluvias de otoño, y los colores de la montaña que asomaba tras los tejados del pueblo eran espectaculares.

Una mezcla de granates, dorados y verdes oscuros.

Todo Wildwater Falls era espectacular y salvaje.

Exactamente igual que la mujer que tenía delante.

Gia estaba sentada en una amplia silla de madera de teca, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y envuelta en una manta de lana gruesa. Sostenía una taza humeante entre ambas manos, mirando hacia el horizonte con una expresión indescifrable.

Aún me resultaba increíble, casi irreal, estar viviendo esta vida con ella.

Atrás habían quedado los días vacíos y la desconfianza.

Ahora mi vida estaba llena. Llena de calidez, de sonrisas, de discusiones acaloradas y reconciliaciones salvajes.

Llena de la confianza absoluta de saber que, pase lo que pase ahí fuera, siempre regresaría a casa con mi mujer.