Hollow (Wildwater Falls 6) TREINTA
97%

TREINTA

Luke

H abía pasado exactamente una semana desde que el pirocúmulo devastó el valle de Raven Ridge.

El saldo había sido desolador. La mayoría de las cabañas, incluida la mía y la de Gia, acabaron reducidas a cenizas y cimientos humeantes.

Solo se salvó milagrosamente la propiedad de Caleb y Hannah, protegida por un capricho inexplicable de las corrientes térmicas, junto con un par de casas más en la cota baja.

El espeso bosque de pinos centenarios había quedado diezmado, convertido en un cementerio de troncos negros.

Todos los que vivíamos allí habíamos tenido que trasladarnos temporalmente al pueblo o a condados vecinos hasta que las autoridades declararan que la zona volvía a ser habitable y segura para reconstruir.

Iba vestido con unos vaqueros oscuros, botas de calle y una camiseta gris de algodón.

Desde el día del incendio me había pasado las jornadas dando soporte logístico en la base de rescate aéreo, coordinando las rotaciones, pero hoy había pedido la mañana libre y había traído mi propio coche.

Era el día de alta para Leah y la pequeña.

Crucé el vestíbulo y subí directamente a la planta de maternidad.

Al pasar por el control de enfermería, levanté la mano y saludé a un par de enfermeras que me devolvieron la sonrisa.

Habían sido un apoyo fundamental para Leah y para Ethan durante los últimos siete días.

A pesar de que el parto precipitado en el pasillo del helipuerto había sido un éxito, tanto la pediatra neonatal como el obstetra del hospital habían insistido en que ambas permanecieran ingresadas más de una semana en observación estricta por la prematuridad de la niña y la inhalación de humo de la madre.

Y Gia no las había dejado solas ni un solo día.

A pesar de que Maternidad no era su departamento ni su especialidad, y de que las Urgencias estaban saturadas por los estragos colaterales del incendio, se había escapado a diario para controlar los monitores de ambas.

Se notaba, en cada gesto y en cada mirada cruzada en los pasillos, que estaba genuinamente preocupada por ellas.

El fuego había forjado entre esas dos mujeres un vínculo irrompible.

Llegué a la habitación 312 y empujé la puerta entreabierta.

La estampa que me recibió me detuvo en el umbral, llenándome el pecho de una calidez inmensa.

Junto al gran ventanal por el que entraba la luz de la mañana, Ethan estaba sentado en un sillón orejero.

Tenía un diminuto bultito envuelto en mantas rosas acunado contra su pecho.

El contraste entre un hombretón de casi dos metros, con los hombros y lo increíblemente pequeña y frágil que era su hija resultaba impactante.

Pero lo que verdaderamente sobrecogía era la ternura que brillaba en los ojos de mi mejor amigo mientras miraba a la niña.

A un par de metros, sentada en el borde de la cama y ya vestida con ropa de calle, Leah los observaba. Tenía una sonrisa embobada dibujada en el rostro.

Y junto a ella, de pie, estaba mi mujer. Gia llevaba su pijama médico azul marino, con el fonendoscopio al cuello y una tableta clínica en la mano, tecleando algo con el ceño ligeramente fruncido en un gesto de concentración profesional.

Me apoyé en el marco de la puerta y carraspeé suavemente.

—Buenos días, familia.

Ethan levantó la vista del bebé. Su sonrisa se ensanchó hasta iluminarle toda la cara.

—Hombre, ya está aquí el tío Luke —me saludó en voz baja, cuidando de no alterar a la pequeña.

Gia levantó la mirada de la pantalla. Al verme, su expresión concentrada se esfumó, reemplazada por una sonrisa enorme que le llegó a los ojos.

Dejó la tableta sobre la mesita de noche y se acercó a mí con paso rápido.

Me rodeó el cuello con los brazos y me saludó con un beso profundo y lento que me supo a gloria.

Le pasé un brazo por la cintura, atrayéndola contra mí.

Miré a Leah, pero ella apenas se había inmutado con mi llegada. Mantenía la vista fija en la estampa de su marido y su hija, completamente hipnotizada de amor.

—¿Ya estáis listos para salir de este lugar? —pregunté, acariciando la espalda de Gia.

Mi mujer se separó un poco, aunque no se apartó de mi lado, y volvió a coger la tableta.

—Casi —respondió Gia, con tono profesional —. Estoy acabando de revisar los últimos análisis del informe pediátrico y el obstétrico. Quería asegurarme personalmente de que la documentación de alta esté en perfecto orden antes de que la firmen.

Leah parpadeó, saliendo de su ensoñación, y miró a Gia con una dulce sonrisa.

—Estoy completamente segura de que todo está perfecto, Gia. Nos has cuidado mejor de lo que podríamos haber soñado.

Gia bajó la tableta. Inspiró hondo, y vi cómo sus ojos avellana empezaban a brillar.

—Aunque suene extraño, y a pesar de las circunstancias en las que nos conocimos... os voy a echar muchísimo de menos —les confesó Gia.

Leah alargó una mano desde la cama. Gia acortó la distancia al instante y se la tomó entre las suyas.

—Vamos a seguir en contacto continuo, doctora Robbins —le aseguró Leah, apretándole los dedos con fuerza—. Nos tienes a poco más de una hora de vuelo. Y te prometo que vamos a hacer videollamadas todas las semanas. No voy a permitir que te pierdas ni una sola etapa del crecimiento de esta pequeña.

Ethan se aclaró la garganta, acomodando el peso de la bebé en su antebrazo, y nos miró a ambos con los ojos brillantes.

—Hablando de la pequeña... tenemos una sorpresa para vosotros —anunció mi amigo.

Levanté una ceja, intrigado. Durante toda la semana en el hospital, se habían referido a la niña simplemente como la bebé, incapaces de decidirse. Me extrañó eso, ya que meses atrás me habían confirmado que querían llamarla Lucy. Ahora no parecía estar tan claro.

—¿No me digas que por fin os habéis decidido por un nombre para mi sobrina? —bromeé.

Leah no me miró a mí. Clavó sus ojos directamente en los de Gia.

—Sí —dijo Leah, con la voz cargada de emoción—. Hemos decidido que se llamará Georgia.

El silencio cayó en la habitación.

Gia se quedó petrificada. Las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron, deslizándose por sus mejillas.

—Oh, Dios mío... —susurró Gia, incapaz de articular nada más.

Se inclinó hacia adelante y abrazó a Leah con una fuerza desesperada. Leah le devolvió el abrazo, cerrando los ojos y hundiendo el rostro en el hombro del pijama médico de Gia.

—De no ser por ti, Gia, nosotras no estaríamos hoy aquí —le murmuró Leah al oído, pero lo suficientemente alto para que Ethan y yo lo escucháramos—. Era lo mínimo que podíamos hacer.

Gia se separó un poco, negando con la cabeza mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.

—Solo hice lo que debía, Leah. Solo hice mi trabajo.

—Ambas sabemos que hiciste muchísimo más que lo que debías —le replicó Leah, acariciándole la mejilla—. Fuiste nuestro ángel de la guarda.

Ethan se puso en pie con cuidado, acunando a la pequeña Georgia contra su pecho, y se acercó a nosotros.

—Y aún hay más —añadió Ethan, mirándonos a los dos —. Queremos que ambos... seáis los padrinos de la pequeña Georgie.

No lo dudé.

—Será un honor, hermano —acepté de inmediato, tendiéndole la mano, que él estrechó con fuerza por encima de la mantita rosa.

Gia empezó a lagrimear de nuevo.

—¡Ya vale, por el amor de Dios! ¡Parad de hacerme llorar ahora mismo!

—se quejó Gia, medio riendo, medio sollozando, intentando recomponerse—.

Se supone que soy una mujer dura e implacable.

Soy la jefa de Urgencias. ¿Qué demonios van a pensar mis enfermeras si me ven salir al pasillo lloriqueando a moco tendido?

Leah se echó a reír con ganas. Tiró del brazo de Gia y volvió a atraerla hacia ella para darle otro abrazo, esta vez más relajado y lleno de complicidad.

—Pensarán que tienes un corazón que no te cabe en el pecho —le aseguró Leah.

Tras las lágrimas y las firmas de los últimos documentos, llegó el momento de ponerse en marcha. Ethan, moviéndose con la delicadeza de un artificiero manejando explosivos, depositó a la pequeña Georgie en el portabebés y aseguró los arneses.

Agarré las bolsas de viaje que Ethan había preparado.

—¿Listos? —pregunté, abriendo la puerta de la habitación—. El coche está en la entrada. El avión de la base nos espera en el aeródromo para llevaros directamente a Redmond.

Salimos los cuatro al pasillo, formando una comitiva extraña pero perfectamente feliz. Antes de llegar a los ascensores, Gia se detuvo. Su turno en el hospital acababa de empezar y las Urgencias la reclamaban.

Me pasó los brazos por el cuello y me dio un último beso, suave y prolongado.

—Conduce con cuidado, capitán —me pidió en voz baja, acariciándome la nuca.

—Siempre, doctora —le prometí—. Te veo en casa por la tarde.

Gia me sonrió, asintió y se giró para despedirse de Ethan y Leah con la mano antes de perderse por los pasillos del hospital.

La vi alejarse, con la espalda recta y el paso firme, sintiendo una vez más, que aquella mujer era el hogar que había estado buscando toda mi vida.

Y no importaba cuántas cabañas de madera ardieran; mientras ella estuviera allí, yo siempre tendría a dónde regresar.

✽✽✽

El calor asfixiante del verano había empezado a ceder, dejando paso a la brisa fresca y a los primeros tonos ocres y dorados que anunciaban la inminente llegada del otoño en las montañas de Oregón.

Apoyé las manos sobre la inmensa mesa de caoba de la sala de juntas del Hospital Regional, escuchando el murmullo de los inversores, pero mi mente vagó por un segundo hacia el valle.

La zona había sido declarada temporalmente inhabitable.

Todos los vecinos nos habíamos visto obligados a reubicarnos.

Caleb y Hannah, a pesar de tener su casa intacta, no querían criar a Octavia rodeados de cenizas, así que habían comprado una preciosa casa en la misma zona residencial donde vivían Sloane y Noah.