Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTINUEVE #2
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VEINTINUEVE #2

El líquido amniótico era claro, ligeramente amarillento, pero sin teñir de meconio.

No había un solo indicio de sangrado por desprendimiento de placenta.

Todo parecía ir bien. Todo lo jodidamente bien que podía ir un parto inminente de ocho meses, sin epidural, sin incubadora y en medio del peor incendio forestal de la década.

—Vale, escúchame. El bebé está bajando y el canal está lubricado —le expliqué, apartándole el pelo empapado de la cara—. Estás entrando en la fase activa acelerada. Necesitamos que te concentres en respirar, Leah.

Me arrastré rápidamente por el suelo hasta la isla de la cocina, donde había dejado la radio portátil de onda corta. Agarré el micrófono con manos temblorosas y apreté el botón de transmisión, desesperada.

—¡Savannah, aquí Gia! ¡Prioridad absoluta, código rojo! ¡Leah acaba de romper aguas, está en parto activo inminente! ¡Los necesito aquí ya, maldita sea!

Solo obtuve estática.

Apreté el botón de nuevo.

—¡Savannah, responde!

La estática se cortó bruscamente y la radio me devolvió una voz profunda que reconocería en cualquier parte del universo.

— ¡Georgia, soy Luke! —bramó —. ¡Te recibo! ¡Estamos fuera! ¡Aguantad, que entramos!

No hubo un giro de pomo ni una advertencia. La puerta principal de roble crujió con una violencia atronadora y se abrió de par en par, reventada desde las bisagras.

Luke e Ian irrumpieron en el pasillo como dos guerreros. Llevaban sus monos de vuelo rojos manchados de hollín y ceniza y los pesados arneses de escalada cruzando sus torsos.

Los ojos avellana de Luke escanearon la penumbra y colisionaron con los míos. El impacto me dejó sin aliento. Pude ver cómo la tensión que endurecía su mandíbula se aflojaba, dejando paso al alivio más profundo.

Pero el tiempo no existía. Las paredes crujían.

Luke e Ian avanzaron a zancadas inmensas hacia nosotras, listos para cargarnos al hombro si era necesario.

—¡Alto! —les grité, levantando una mano cubierta de hollín, frenando en seco a Luke cuando se inclinaba hacia mí.

En ese momento era la jefa de Urgencias con una paciente crítica en mi cocina.

—¡No podéis ponerle el arnés de evacuación!

—les advertí por encima del estruendo exterior—.

¡Leah está en trabajo de parto activo, Luke!

Acaba de romper aguas. Está dilatando a marchas forzadas y el pico de las contracciones la tiene totalmente paralizada.

Si la traccionáis con las cintas le cortaréis el flujo al feto.

Luke giró la cabeza hacia Ian.

El bombero de rescate llevó la mano enguantada al transmisor de su pecho.

—¡Alfa Uno, aquí Collins! ¡Abortamos rescate en triángulo para la civil uno! —bramó Ian, con su voz de mando resonando en el pasillo—. ¡Tenemos a la víctima en parto inminente, repito, parto inminente! ¡El arnés queda descartado!

La respuesta de Noah llegó limpia a través del auricular que colgaba del cuello de Luke.

— ¡Recibido, Ian! ¡El plan inicial cambia! ¡Despliego camilla nido de inmediato!

Luke se volvió hacia mí, me agarró por los brazos y tiró de mí para levantarme del suelo. Hizo el ademán de cargarme en brazos para sacarme rápido, pero me apoyé en su pecho y negué con la cabeza.

—Estoy bien, puedo caminar. ¡Vamos a por ella! —le insté.

Entre Ian y Luke levantaron a Leah con una técnica depurada y perfecta, sujetándola desde la espalda y las corvas, sin rozar su vientre abultado. Leah gimió de dolor, cerrando los ojos con fuerza y enterrando la cara en el mono ignífugo de Luke mientras salíamos de la cabaña.

El claro delantero era el apocalipsis. Un círculo rodeado por pinos convertidos en antorchas rugientes.

Y a treinta metros sobre nuestras cabezas, el Alfa Uno se mantenía en un vuelo estacionario desafiante.

La pesada camilla tipo nido descendió por el cable de acero, tocando tierra justo a nuestro lado.

Ian y Luke depositaron a Leah suavemente en el interior. Me arrodillé y le aseguré las correas de protección cruzadas, dejando libre su abdomen.

—¡El viento cruzado es bestial! ¡Subo yo con ella para estabilizar la cesta! —gritó Ian, anclándose a la argolla principal de la grúa.

El torno del helicóptero zumbó con furia. En dos segundos, Ian y Leah fueron arrancados del suelo, ascendiendo a través del humo hacia el Alfa Uno.

Me quedé a solas con Luke en medio de la tormenta de fuego.

Él sacó un arnés de triángulo de su equipo y me lo pasó por debajo de las piernas y los brazos. Aseguró la anilla central en mi pecho con un chasquido metálico, y enganchó su propia línea de vida, uniéndonos con un mosquetón principal.

El cable vacío cayó del cielo. Luke lo enganchó a nuestro anclaje en décimas de segundo.

Se giró hacia mí. Sus ojos bajaron a mis labios y luego volvieron a mi mirada. Agarró mi cara manchada de ceniza entre sus dos manos enguantadas. Se inclinó y me besó con fiereza, un beso duro y desesperado que me supo a humo y a promesa.

—Por unos minutos... pensé que no volvería a besarte nunca —le confesé, jadeando contra sus labios, aferrándome a su arnés.

—Te juro por mi vida que, en cuanto tengamos los pies en tierra firme, pienso besarte hasta que pierdas el sentido.

Solté una risa nerviosa.

—Me parece un plan fantástico, capitán.

— ¡Alfa Uno a equipo de tierra! —La voz de Caleb atronó, cortando el momento—. ¡La columna nos está engullendo! ¡Se nos acaba el tiempo! ¡Arriba!

Luke levantó el brazo y dio un fuerte tirón a la cuerda. El impacto de la grúa nos elevó bruscamente.

Aterrizamos sobre el piso metálico de la cabina y la compuerta se cerró de golpe.

— ¡Todos a bordo! —gritó Ian.

Caleb inclinó el Alfa Uno de forma agresiva y aceleró, escapando de la succión térmica y poniendo rumbo al pueblo a velocidad máxima.

— Base, aquí Alfa Uno —transmitió el piloto—. Tenemos a todo el equipo y a las civiles a bordo. Trasladamos a mujer gestante en trabajo de parto activo. Llegamos al hospital en cuatro minutos.

Me arranqué el arnés. Ian me alargó unos auriculares de aviación y me los puse al instante. En el fondo de la cabina, bajo la luz roja táctica, Noah ya estaba arrodillado junto a la camilla de Leah.

Me tiré al suelo a su lado.

—¿Constantes, Noah? —le pedí, revisando la vía intravenosa.

— Taquicárdica, 135 pulsaciones. Oxígeno a alto flujo en marcha. He localizado el latido con el Doppler —me informó, girando la pantalla hacia mí—. Ciento cincuenta latidos. Fuerte y rítmico. El bebé está aguantando.

Suspiré aliviada. Le agarré la mano a Leah. Estaba empapada en sudor, pero me apretó con fuerza cuando una nueva contracción la hizo arquearse sobre la camilla.

— Ya casi estamos, Leah. Respira conmigo —la calmé a través del sistema de comunicación—. Lo estás haciendo de forma increíble.

Conseguimos mantenerla controlada durante el corto y brutal vuelo. Estaba a punto de dar a luz, pero los tiempos parecían darnos la tregua justa para llegar a los paritorios.

El Alfa Uno frenó en seco y Caleb clavó el aterrizaje en el helipuerto de la azotea del Hospital Regional. Las puertas de emergencias se abrieron antes de que los rotores pararan.

Un celador y una Savannah radiante, con lágrimas en los ojos al verme viva, corrieron hacia nosotros empujando la camilla de traslado.

—¡Traspaso a la de tres! ¡Uno, dos, tres! —ordenó Noah.

Cambiamos a Leah de camilla y empezamos a empujarla por el pasillo acristalado que conectaba el helipuerto con los quirófanos, agachando las cabezas bajo el viento de las aspas.

Pero no dimos ni veinte pasos.

Leah arqueó la espalda, soltó la barandilla de la camilla, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito agudo que hizo eco en las paredes de cristal.

—¡Gia! ¡Ya está aquí! ¡Viene ya! —aulló Leah, separando las rodillas de forma instintiva, incapaz de frenar el pujo.

Miré bajo la manta térmica. El corazón me dio un latigazo.

—¡Frenad la camilla! ¡Frenadla, joder! —rugí con todas mis fuerzas.

El celador clavó los frenos. Savannah me miró, con los ojos muy abiertos.

—¡La cabecita está asomando de forma evidente! —le informé a mi hermana, quitándome los guantes manchados y agarrando los estériles del bolsillo de su bata—. ¡No llegamos a la sala de partos!

Y allí, bajo las luces fluorescentes del pasillo del helipuerto, con el olor fuel en el aire y el ruido de las turbinas del Alfa Uno apagándose de fondo, a Leah no le quedó otra opción.

—¡Empuja, Leah! ¡Coge aire, barbilla al pecho y empuja con toda tu alma! —le pedí, colocándome al final de la camilla.

Asistida por Savannah sosteniendo su cabeza y cuello, Noah monitorizando el pulso y yo recibiendo a la criatura, empecé a ver como la niña llegaba a la vida. Leah empujó con un último grito lleno de fuerza pura, y la bebé resbaló hacia mis manos enguantadas.

Era pequeñita, prematura de un mes, cubierta de vérnix y un poco morada por el esfuerzo, pero en cuanto le limpié las vías respiratorias con una gasa, soltó un llanto fuerte, vibrante y furioso que llenó el pasillo.

La envolví inmediatamente en paños térmicos estériles.

—Es una niña, Leah. Una niña preciosa y muy ruidosa —le anuncié, con una sonrisa inmensa que me partía la cara llena de hollín, mientras colocaba a la recién nacida sobre el pecho desnudo de su madre.

Leah rompió a llorar, besando la cabecita oscura de su bebé, temblando de agotamiento y felicidad. Noah soltó un suspiro de alivio y Savannah se tapó la boca, emocionada. Yo me dejé caer contra la pared del pasillo, cerrando los ojos.

Era prematura, sí, pero ambas estaban bien. La vida, testaruda y hermosa, había ganado la partida.