Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTINUEVE
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VEINTINUEVE

Georgia

E l suelo de baldosas de la cocina había dejado de estar frío hacía mucho rato. El calor irradiaba a través de las paredes de carga con la intensidad de un horno industrial, convirtiendo el aire en una masa densa y asfixiante que apenas podíamos tragar.

Nos habíamos movido y ahora estábamos sentadas frente a frente, encogidas contra los armarios inferiores. El sudor nos empapaba por completo; mi pijama médico se había convertido en una segunda piel húmeda y pesada, y el vestido de premamá de Leah se le pegaba al vientre hinchado y al pecho.

Pero lo más aterrador no era el calor, ni el humo. Era el ruido.

Jamás me había percatado, de que el fuego pudiera ser tan ensordecedor.

Era un rugido constante, como si un tren de mercancías a toda velocidad nos estuviera rodeando.

Y, por encima de ese rugido, escuchábamos los estallidos violentos, casi como detonaciones de artillería, cada vez que la savia hervía hacía estallar los troncos de los pinos centenarios.

Era el sonido de un monstruo aproximándose para devorarnos.

Mantuve mis ojos clavados en Leah. La preocupación me estaba carcomiendo las entrañas.

La inhalación de humo y el estrés térmico extremo eran una combinación letal para cualquier persona, pero para una mujer embarazada de ocho meses era una sentencia.

Leah estaba empezando a respirar de forma dificultosa, con jadeos cortos que no lograban llenar la base de sus pulmones.

Una lágrima silenciosa trazó un surco limpio en la mejilla de Leah.

Estaba llorando. Pero no era un llanto de pánico histérico; era un llanto de resignación y consciencia.

Era la esposa de un smokejumper . Sabía perfectamente qué significaba aquel rugido y cuál era el nivel real de peligro que corríamos.

Y a pesar de ello, tenía la entereza para aguantar sin gritar. La admiré profundamente en ese momento.

Alargué el brazo y le agarré la mano con fuerza.

—Te juro por Dios, Leah —le dije con la voz ronca, forzando una media sonrisa para anclarnos a la realidad—, que después de que salgamos de este horno, se me va a olvidar por completo que estuviste casada con mi hombre. Vas a ser mi mejor amiga.

Leah soltó una pequeña carcajada que rápidamente se convirtió en un acceso de tos, apretándome los dedos.

—Trato hecho, doctora —respondió Leah, recuperando el aliento con esfuerzo—. Aunque, como ya te he dicho, casarme con Luke fue un error monumental por muchísimos motivos. Pero... te mentiría si te dijera que me arrepiento de haberlo conocido.

Me miró a los ojos, con una sinceridad aplastante.

—Jamás me arrepentiré. Porque Luke es uno de los mejores amigos que tendré jamás. Es un hombre inmensamente generoso, Gia. Es alguien capaz de echarse el mundo a la espalda para cuidar a todos a su alrededor, incluso a los que le han hecho daño.

Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía tanta razón que dolía. Se me escapó una lágrima, al pensar en Luke. En su enorme corazón, en la infinita capacidad de perdón que había demostrado al dejarme volver a su vida, y en la brutal generosidad con la que me amaba, sin reservas, sin escudos.

Cerré los ojos con fuerza, bloqueando el color naranja del humo. Necesitaba un salvavidas mental.

Imaginé mi vida con él. La futura vida que me había prometido y que, si no salíamos de esta, quizá jamás llegara a conocer.

Visualicé una cabaña de madera y piedra, enorme, bañada por la luz del sol y rodeada de un bosque verde, sano y silencioso.

Vi a una niña pequeña, con el pelo oscuro y los mismos y precisos ojos dorados de Luke, correteando en bicicleta por el porche.

Vi a un niño precioso, con la misma actitud estoica y protectora de su padre, corriendo hacia mí y llamándome mamá.

Y, sosteniendo todo ese cuadro, sentí los brazos fuertes de Luke rodeándome la cintura desde atrás, hundiendo su rostro en mi cuello, oliendo a bosque y colonia cara.

Abrí los ojos. Solo esperaba verlo pronto. Solo quería escuchar el sonido de sus pesadas botas echando abajo la puerta.

—Van a llegar, Leah —le aseguré, con una fe absoluta, apretándole la mano—. Van a llegar de un momento a otro. Él me lo ha prometido. Me ha dicho que el helicóptero estaba cerca. Y tú lo conoces tan bien como yo: Luke Holloway jamás falta a su palabra.

Leah asintió, pero de pronto se removió inquieta. Soltó mi mano y se agarró el vientre por debajo de la curva, frunciendo el ceño, con los labios apretados en una línea fina de dolor contenido.

—¿Qué pasa? ¿Contracciones? —pregunté al instante, mi tono cambiando de amiga a médico de trauma—. Leah, no me mientas.

—No... no es nada —jadeó ella, aflojando la tensión de los hombros unos segundos después—. Solo es la incomodidad. Llevar tanto rato sentada en este suelo duro me está matando la espalda y la pelvis. El bebé está inquieto por el calor, nada más.

No me lo creí del todo, pero discutir ahora no serviría de nada.

Me solté de ella un segundo, gateé hasta la despensa y agarré una botella de agua mineral.

Desenrosqué el tapón, volqué parte del contenido sobre una de las toallas de mano que aún estaba limpia y gateé de vuelta.

Le pasé la tela fresca por la frente, las mejillas y la parte posterior del cuello.

No era mucho, el agua estaba del tiempo, pero el contraste con el ambiente ardiente la ayudó a aliviar el agobio momentáneamente.

Leah cerró los ojos, disfrutando del alivio. Y entonces, sin abrirlos, habló con una voz tan frágil que casi se rompió.

—Gia... si no lo consigo. Si pasa algo, y tú sí sales de aquí.

—Leah, detente —le ordené.

—No, escúchame, por favor —me interrumpió, abriendo unos ojos azules inundados de pánico y amor absoluto—.

Tienes que decírselo. Tienes que decirle a Ethan que lo amo con toda mi alma.

Que siempre fue él, desde el primer día que lo vi en la base.

Y dile... dile que lamento muchísimo haber incumplido mi promesa de envejecer a su lado.

El corazón se me partió en dos. Agarré su rostro a dos manos y la obligué a mirarme.

—Vas a decírselo tú misma esta noche, en una habitación segura, limpia y fría del Regional. ¿Me oyes? —le exigí, con toda la fiereza de la que fui capaz—. Aguanta, Leah. No te rindas ahora. Por él. Por la niña. Aguanta.

Leah sollozó, asintiendo débilmente contra mis manos.

De repente, Leah empezó a toser.

No fue un simple carraspeo por la irritación. Fue un ataque de tos incontrolable que la hizo doblarse sobre su propio vientre hinchado. Cada convulsión parecía arrancarle el poco oxígeno que le quedaba en los pulmones.

—Tranquila, Leah. Intenta hacer respiraciones cortas. No respires hondo —le indiqué frotándole la espalda.

El cuerpo de Leah no solo se convulsionaba por la tos; se ponía rígido, tenso como una tabla, y ella se agarraba los muslos con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos bajo la capa de hollín.

Estaba sintiendo dolor. Un dolor rítmico y agudo que ya no podía ocultar y que iba mucho más allá del sofocante calor y la incomodidad de estar sentada en las baldosas.

—Leah, mírame —le exigí, agarrándole la cara, obligándola a centrar sus ojos azules en los míos—. Tienes contracciones.

No era una pregunta. Sabía lo que le estaba pasando. Ella negó con la cabeza, apretando los dientes, soltando un gemido ronco.

—No... no es nada... —jadeó, intentando apartar la mirada.

—¡No me mientas! —le grité por encima del ruido del incendio, dejando de ser la amiga comprensiva para convertirme en su médico—. Eres la mujer de un bombero y estás atrapada en un maldito incendio forestal. No puedes ocultarme información clínica.

Leah cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás contra la madera de la isla de cocina.

—Llevo con contracciones... desde hace un par de horas —confesó finalmente, con la voz rota por el esfuerzo—. Empezaron en la cabaña, antes de que llegaras. Pensé que eran de Braxton Hicks, por el estrés... pero no paran.

Maldije en voz alta.

—¡Recuéstate un poco, no del todo! —le ordené.

Me deslicé a su lado, la ayudé a tumbarse sobre su lado izquierdo y me coloqué entre sus rodillas dobladas.

Hice una exploración manual rápida y profesional, a pesar de las circunstancias dantescas. Palpé su abdomen. Estaba duro como una roca, en pleno pico de contracción.

—Vale, escúchame —le dije, intentando mantener mi voz plana y tranquilizadora—. Estás dilatada. El cuello uterino está borrado y debes estar de unos seis centímetros. Pero aún no has roto aguas y no hay sangrado. Las contracciones son regulares, ¿verdad?

—Sí... —Leah asintió, respirando entrecortadamente mientras el dolor remitía lentamente—. Y cada vez son... más cercanas. Gia, me están entrando unas putas ganas locas de empujar.

—¡No! —la corté de inmediato, poniendo mis manos sobre sus muslos—. ¡Por lo que más quieras, no pujes, Leah! No es el momento. Estás dilatada, sí, pero no estás completa. Aún no has roto aguas.

Leah asintió frenéticamente, con los ojos muy abiertos por el pánico, obedeciendo mis instrucciones.

Le tomé el pulso en la muñeca. Estaba taquicárdica por el dolor, el miedo y la falta de oxígeno. Hice cálculos mentales rápidos. O llegaban los chicos pronto, o Leah iba a parir prematuramente en el suelo de una cocina rodeada de un infierno de mil grados.

Me levanté a medias para volver a mojar la toalla y, justo en ese instante, Leah soltó un grito sordo y ahogado, agarrándose la tripa con ambas manos.

—Gia... —balbuceó, mirándome con absoluta sorpresa y vergüenza en medio del desastre—. Joder... me he hecho pis encima.

Me arrodillé de golpe, levanté la fina tela de su vestido y comprobé la entrepierna de su ropa interior y el suelo bajo ella. Había un charco de líquido empapando las baldosas.

La miré a los ojos, con el pulso martilleándome en los oídos.

—No, cielo. No es pis —le confirmé, con una calma forzada que me costó todo mi autocontrol—. Acabas de romper aguas.