VEINTIOCHO #3
Sabía lo que estaba haciendo. Había saltado mil veces de un helicóptero directo a la boca de las llamas.
Sabía exactamente cómo ejecutar mi trabajo, sabía que era jodidamente bueno en ello y, sobre todo, conocía la dinámica del fuego forestal como nadie más en todo el estado de Oregón.
Nadie estaba mejor cualificado que yo para verse en esa situación.
Racionalmente lo sabía: era el mejor para el trabajo y estaba a bordo de la mejor máquina.
Volaba con el mejor piloto, con el mejor bombero de rescate y con el mejor técnico sanitario de emergencias.
Si había alguien en este planeta capaz de sacarlas del infierno, éramos nosotros.
El Alfa Uno vibró con violencia cuando cruzamos la barrera de humo sobre la cota alta del valle.
— Iniciando maniobra de aproximación final —anunció Caleb, su voz desprovista de cualquier emoción, puro pragmatismo técnico—. Pasando a modo manual completo.
Abrí los ojos y me asomé por la compuerta abierta, sujeto por la eslinga de seguridad.
No podía quitar la vista del paisaje dantesco que nos rodeaba.
Debajo del vientre rojo del helicóptero, Raven Ridge parecía una zona de guerra.
Vi cabañas de lujo reducidas a montañas de ceniza humeante, otras ardiendo parcialmente con las llamas saliendo por los tejados reventados, y algunas pocas que aún permanecían milagrosamente intactas.
Veía claramente los distintos focos del incendio diseminados como un sarpullido, provocados por la caída incesante de brasas ardientes.
— Actualización de vector —informó Caleb, luchando con los pedales de guiñada—. La columna convectiva es más masiva de lo estimado. Los vientos cruzados están a ochenta nudos y subiendo.
El Alfa Uno se tambaleó bruscamente hacia la izquierda, sacudiéndonos en la cabina como dados en un cubilete. La fuerza de succión del pirocúmulo era bestial.
— ¡Tranquilos, lo tengo, lo tengo! —bramó Caleb. Mantuvo el pulso de acero, corrigió el cabeceo con el mando cíclico y estabilizó la aeronave, manteniéndonos en el rumbo previsto.
Ian y yo nos acercamos al borde del abismo. Enganchamos simultáneamente nuestros descensores al cable de acero del torno dual. No hubo palabras; nos miramos a través de los visores y asentimos. Estábamos listos.
Detrás de nosotros, Noah trabajaba frenéticamente en la oscuridad de la cabina iluminada por luces rojas tácticas.
Estaba preparando el material de soporte vital avanzado para el momento en que tuviéramos a Gia y a Leah a bordo: mascarillas de oxígeno de alto flujo, sueros fríos, monitores fetales portátiles y medicación para contrarrestar el parto prematuro.
Especialmente para Leah, que era la más vulnerable, Noah había convertido el fondo del helicóptero en una mini unidad de cuidados intensivos.
— ¡Pasando sobre el sector norte de la urbanización! —Caleb nos daba referencias visuales.
Vi pasar por debajo del Alfa Uno la cabaña de Caleb y Hannah. Por algún capricho de las corrientes de aire, estaba intacta. Milagrosamente, incluso el espeso bosque que la circundaba parecía no haber sido tocado por las pavesas, como si un escudo invisible la protegiera.
Segundos después, sobrevolamos mi parcela. El corazón me dio un vuelco. El fuego ya había llegado. El amplio porche trasero de mi cabaña estaba completamente envuelto en llamas, y la madera de pino cedía bajo el intenso calor.
— ¡Visualizo el objetivo! Cabaña de techo de pizarra y base de piedra a las doce en punto. —Caleb redujo la velocidad de avance—. Me sitúo en la vertical...
Justo cuando el morro del helicóptero estaba a punto de alcanzar el claro de la cabaña de Gia y ponerse en vuelo estacionario sobre el tejado, un golpe de viento brutal golpeó la aeronave.
El Alfa Uno fue empujado hacia abajo y hacia un lado con una violencia que hizo crujir la estructura del fuselaje. Ian y yo caímos de rodillas, agarrándonos a las anillas del suelo para no salir despedidos por la puerta.
— ¡Mayday, pérdida de altitud! ¡Pérdida de altitud! —gritó Caleb.
Los motores aullaron en agonía cuando Caleb metió el mando colectivo a fondo, exigiendo el máximo de potencia a las turbinas para no estrellarnos contra los árboles en llamas.
Luchó a brazo partido durante siete eternos segundos contra las turbulencias, con las alarmas del panel de control chillando en nuestros cascos.
Sudando, corrigió la maniobra de aproximación metro a metro.
Finalmente, con una destreza que desafiaba a las leyes de la física, Caleb consiguió estabilizar el Alfa Uno. Lo dejó clavado en un vuelo estacionario perfecto a exactamente treinta metros de altura sobre el claro delantero de la cabaña de Gia.
El panorama abajo era aterrador. La cabaña de Gia estaba literalmente rodeada por un muro de llamas anaranjadas. El bosque a su alrededor era una antorcha gigante, y el calor que subía hasta la cabina era sofocante, incluso a esa altura. No teníamos tiempo.
Ian y yo nos pusimos en pie y nos asomamos de nuevo.
— ¡Tenemos siete minutos antes de que la fuerza de la columna convectiva nos chupe el oxígeno de las turbinas y nos alcance! —Caleb nos gritó por la radio—. ¡Siete minutos, Luke!
Ian me miró. Asentimos al unísono.
No hubo dudas. No hubo titubeos.
Me agarré a la cuerda, me impulsé hacia atrás sobre el vacío y me lancé primero en rápel, cortando el humo a una velocidad endiablada.
Ian se lanzó inmediatamente después de mí, apenas un metro más arriba.
Ambos bajamos veloces, sincronizados, frenando con una técnica magistral a escasos centímetros del suelo de grava caliente.
Mis botas tocaron tierra en medio del infierno.