EPÍLOGO
Georgia
E l aire de la planta de Urgencias estaba cargado con esa quietud tensa que solo se da en las frías noches de diciembre. Faltaban unos días para Navidad y, fuera, los primeros copos de nieve empezaban a cuajar sobre el asfalto helado del aparcamiento del Hospital Regional.
Ajusté la bata sobre mi vientre de cinco meses. El embarazo ya era más que evidente bajo la tela del pijama médico, y aunque oficialmente me habían relegado a tareas administrativas y de supervisión, mi cuerpo se resistía a abandonar el control.
Estaba frente al mostrador, cerrando el maletín y abrochándome el abrigo oscuro para marcharme a casa.
Luke me esperaba con la cena caliente y, probablemente, con alguna queja cariñosa sobre mis horas extra.
Había sido una noche inusualmente tranquila.
Mac no estaba de guardia, Hannah y Logan habían tenido un par de cirugías menores, y la calma invitaba al descanso.
Pero en Wildwater Falls, la paz siempre es un espejismo frágil.
La alarma roja general rompió el silencio como un latigazo. El pitido agudo y cíclico de código trauma entrante iluminó el control de enfermería.
Savannah salió a la carrera de la sala de suministros, tirando unos paquetes de gasas sobre la mesa.
—¡Ambulancia a tres minutos! —anunció mi hermana, con el comunicador de radio pegado a la oreja. Nuestro nuevo centro de comunicaciones funcionaba a la perfección.
No lo pensé. Solté el maletín, dejé caer el abrigo sobre la silla y me enfundé una bata de protección amarilla y unos guantes de nitrilo a velocidad de vértigo.
—Gia, estás de baja parcial, deberías irte a casa —me advirtió Savannah, aunque ya estaba corriendo hacia la bahía de ambulancias y sabía que no le haría ni caso.
—Ni hablar. Vamos —sentencié.
Salimos al exterior. El viento helado de diciembre me golpeó la cara, pero la adrenalina ya corría por mis venas, calentándome la sangre.
Savannah y yo nos pusimos en posición bajo la gran marquesina roja de la entrada de emergencias.
La miré de reojo; llevaba el pelo recogido, su pijama azul claro y la mandíbula tensa.
Sentí un orgullo inmenso y punzante. Mi hermana, que años atrás había sido aplastada por Evelyn, ahora era la jefa de enfermeras de urgencias, un pilar inquebrantable en la primera línea.
Ambas respiramos hondo al unísono, sincronizando nuestra respiración al ritmo de la sirena que aullaba acercándose por la avenida principal.
Las luces azules de la ambulancia iluminaron la oscuridad de la noche, bañando nuestros rostros con destellos estroboscópicos mientras el vehículo frenaba bruscamente dando un derrape sobre el hielo.
—¿Qué tenemos? —le pregunté a Savannah por encima del ruido.
—¡Atropello con huida en el centro del pueblo! —me gritó mi hermana, consultando la pantalla de la centralita—. ¡Mujer joven, veintiséis años! ¡Crítica!
Las puertas traseras del furgón se abrieron de una patada desde el interior.
Y el mundo se paralizó.
Quien saltó de la ambulancia empujando la camilla no fue uno de los técnicos sanitarios de guardia. Fue Mac Donovan.
Llevaba ropa de calle, unos vaqueros y un jersey grueso, pero estaba literalmente cubierto de sangre.
La sangre le empapaba las mangas, el pecho y las manos.
Y su rostro... el rostro de Cormac Donovan, el médico militar de élite, el cirujano que había visto explotar minas en combate y había operado bajo fuego de morteros, estaba completamente desencajado.
Pálido como un cadáver, con los ojos dilatados por el terror.
—¡Traumatismo craneoencefálico severo! ¡Escala de Glasgow en seis!
—empezó a recitar Mac, a gritos, empujando la camilla a toda velocidad hacia nosotros—.
¡Brazo derecho con fractura abierta desplazada!
¡Contusiones múltiples en tórax y abdomen!
¡Tensión en 60/40, taquicárdica a 150! ¡Se nos va, Gia, se nos va!
Corrimos junto a él hacia el box de críticos número uno.
—Mac, joder, ¿estás bien? —le pregunté, viendo cómo le temblaban las manos manchadas de rojo—. ¡Estás empapado!
—¡La sangre no es mía! —sollozó Mac, con una voz rota y desesperada que me puso la piel de gallina—. ¡Es de ella, Gia! ¡Se está desangrando!
Centré mi atención en la mujer que yacía en la camilla, intubada de emergencia. Estaba cubierta de sangre, con la cara medio destrozada por el impacto contra el asfalto.
—¡Box uno! ¡Pasadla a la camilla de trauma! —ordené, entrando en la sala—. ¡Savannah, avisa por busca a Trauma, Ortopedia y a Neurocirugía ahora mismo! ¡Que preparen un quirófano y bajen sangre O negativo masiva!
Savannah se pegó al teléfono de la pared mientras yo le ponía el fonendoscopio en el pecho a la chica. Las constantes vitales parpadeaban en rojo en el monitor, inestables y cayendo en picado.
Miré de reojo a Mac. El cirujano militar, no estaba poniéndose los guantes para ayudarme.
Estaba paralizado junto a la puerta del box.
Tenía lágrimas, gruesas y pesadas, descendiendo por su rostro manchado de sangre.
Jamás en mis doce años de carrera me habría imaginado que él se quedaría bloqueado ante un trauma así.
—¡Mac! —le grité, cogiendo una vía central para clavársela a la paciente en el cuello—. ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Cómo ha sido el atropello?!
—No... no lo he visto, Gia —balbuceó Mac, abrazándose a sí mismo, temblando incontrolablemente—.
Habíamos quedado para cenar. He salido del bar, la he visto...
me he encontrado con ella tirada en medio del asfalto helado, cubierta de sangre.
¡Solo he visto las malditas luces traseras de un puto coche todoterreno desaparecer por la esquina a toda velocidad!
Giró la cabeza hacia la camilla y el monitor cardíaco.
Entonces, aparté el pelo ensangrentado de la cara de la chica para buscar una respuesta pupilar, y me fijé mejor en sus facciones.
El corazón me dio un vuelco brutal. Se me cortó la respiración.
La chica atropellada brutalmente y abandonada para morir en el asfalto era Violet Grant.
En ese preciso instante, la alarma aguda y continua del monitor cardíaco empezó a chillar descontroladamente. La línea verde de la frecuencia del corazón se volvió una onda errática antes de aplanarse por completo en una línea recta y letal. Asistolia.
—¡Entra en parada! ¡Fibrilación ventricular! —grité, tirando el fonendoscopio, agarrando las palas del desfibrilador, preparada para luchar con todas mis fuerzas por estabilizarla.
Mientras yo cargaba el desfibrilador a doscientos julios, aparté la vista un segundo hacia la puerta del box.
Mac Donovan no estaba luchando. Estaba llorando desconsolado, con el rostro hundido en sus manos manchadas de la sangre de Violet.
Y, lentamente, como si le hubieran cortado los hilos que lo sostenían, resbaló por la pared del pasillo de Urgencias hasta caer sentado en el frío suelo de linóleo, sollozando incontrolablemente, completamente roto.
Mis ojos se desviaron hacia el gran reloj digital de pared que marcaba la fecha y la hora sobre la estación de enfermería.
Y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Me di cuenta de una sola cosa mientras ponía las palas sobre el pecho de Violet Grant.
Me di cuenta de que era exactamente 16 de diciembre.
Y de que hoy, en esta misma maldita fecha, hacía exactamente catorce años del accidente de autobús en el que murió Carson Donovan.
Y la tragedia, como una maldición recurrente en la familia Donovan, acababa de golpearles otra vez de forma devastadora.
—¡Despejen! —grité, apretando los botones de descarga.
La historia de Wildwater Falls nunca duerme. Y el invierno acababa de empezar.
FIN