VEINTIOCHO
Georgia
L a atmósfera en el interior de la cocina se había vuelto de un naranja sucio y espeso, cargado con esa densidad pesada que precede al avance del fuego. Fuera, el rugido de la montaña no cesaba, acompañada por el insistente traqueteo de las ascuas cayendo sobre el tejado de piedra y madera.
Ambas estábamos sentadas de espaldas contra la hilera inferior de los armarios, buscando el aire supuestamente más limpio cerca del suelo.
Leah tenía las piernas estiradas, con las manos entrelazadas sobre su vientre de ocho meses que se alzaba, enorme, bajo la tela del vestido.
Su respiración era fatigada, un ritmo corto y trabajoso.
Hacía un calor verdaderamente infernal. Mi pijama médico azul estaba pegado a mi espalda y mis costados, ensombrecido por el hollín y la humedad.
Tenía la media melena cobriza desordenada, con mechones rebeldes que se me adherían al cuello y a la frente.
A mi lado, Leah no estaba mejor; su pelo pelirrojo, de un tono encendido y más claro que el mío, se le pegaba a las sienes y al cuello en hebras húmedas.
Nos miramos. Durante largos minutos, no nos dijimos gran cosa. No hacía falta. La prioridad era regular el oxígeno y aguantar hasta que la caballería hiciera su aparición.
Leah rompió el silencio, con la voz apenas un hilo ronco, mirando al frente.
—Quizá... no deberías haber venido a por mí, Gia —susurró, con la culpa asomando en sus ojos claros—. Habría sido mucho más seguro para ti quedarte en el hospital y mandar a una patrulla o a cualquiera de los equipos terrestres.
La miré de inmediato, muy seria. No aparté los ojos de ella durante lo que debió de parecerle un minuto entero.
Leah se removió incómoda y me miró de reojo, con una súplica muda.
—Dime algo, por favor —pidió en un susurro—. No me mires así.
Me pasé el dorso de la mano por la frente, apartándome el pelo, y la encaré.
—No vuelvas a repetir algo semejante, Leah —le dije, con un tono firme —.
Soy médico. Me dedico a salvar vidas. Llevo toda mi carrera peleando por sacar de la muerte a absolutos desconocidos, a personas de las que no sé ni el nombre.
¿Cómo puedes plantearte, aunque sea por un segundo, que no vendría a por ti?
Hice una pequeña pausa, sosteniéndole la mirada con intensidad.
—No eres una desconocida. Eres importante en la vida del hombre al que amo. No había otra opción, Leah. Ninguna.
Ella no dijo nada, pero sus hombros se relajaron un milímetro. Asintió despacio, tragando saliva, y apoyó la cabeza contra la madera del mueble. Cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos, mirándome con una vulnerabilidad que no le había visto antes.
—¿Sabes? Cuando te conocí... después de aquella charla que tuvimos en el aparcamiento del bar, me sentí como una estúpida —confesó, con una media sonrisa triste—.
Pensé que me odiarías si alguna vez te enterabas de que yo era la exmujer de Luke.
Por eso no te lo dije aquella noche. Tenía miedo de tu reacción.
Leah parecía sinceramente arrepentida por no haber sido del todo honesta aquella noche, aunque en realidad no tenía por qué estarlo. En ese momento no nos conocíamos de nada, no éramos amigas, y lo poco que ella sabía de mí a través de Luke no era precisamente positivo.
Leah meneó la cabeza, adivinando mis pensamientos.
—Pero no es como tú crees, Gia —continuó, con voz suave, mientras se abanicaba levemente con la mano—.
Luke jamás ocultó tu existencia en nuestras vidas.
Nunca. Su historia contigo... siempre estuvo ahí, presente de alguna forma.
Y todo lo que yo sabía de ti era bueno. Todo lo que hiciste por él hace doce años, la forma en que lo sostuviste, y lo que hiciste por Marvin...
Fueron tantos actos de generosidad, de bondad y de cariño, Gia.
Me miró a los ojos, con una honestidad desarmante.
—Solo hubo un acto negativo en todo tu historial, y fue marcharte dejándolo sin una sola explicación.
Me encogí.
—Y yo siempre lo supe —añadió Leah—. Siempre supe que, a pesar de la distancia y del silencio, él te seguí amando. Incluso después de nuestro divorcio, cuando lo veía perdido, intenté hacerle entrar en razón, obligarlo a buscarte.
Se detuvo, mirándome con cautela, como si temiera haber cruzado una línea de intimidad que me hiciera sentir incómoda.
—No me incomoda —la tranquilicé, apoyando mi mano sobre su antebrazo—. Luke y yo... bueno, no hemos hablado de los detalles de vuestro matrimonio. Sé lo que sucedió, a grandes rasgos, pero siempre hemos evitado el tema. Por respeto a ti, a Ethan, y a lo que ambos construisteis.
Leah asintió, con una sonrisa nostálgica que no ocultaba la realidad.
—No me extraña. Luke es un hombre de una lealtad inquebrantable.
Y, a pesar de que lo nuestro no funcionó, siempre me trató con el mayor de los respetos —explicó, mirando hacia el techo—.
Pero la verdad es que... casi desde el momento en que nos casamos, me di cuenta de que aquello era un error.
Luke pasaba innumerables horas en la base, aceptaba dobles turnos de guardia, se ofrecía para cualquier misión.
Jamás nos lo cuestionamos abiertamente, pero era evidente que una pareja recién casada busca pasar todo el tiempo del mundo juntos. Y ese no era nuestro caso.
Se giró hacia mí, con los ojos empañados por la sinceridad.
—No quiero mentirte, Gia. Hubo momentos agradables, de compañerismo, pero no fuimos felices.
Luke estaba físicamente allí, pero su mente, su corazón y su alma estaban implicados al cincuenta por ciento en todo lo que hacíamos.
Y para cuando me di cuenta de que jamás iba a funcionar, simplemente me senté con él un día y le presenté los papeles del divorcio.
No discutimos, no hubo gritos ni reproches.
Fue como poner fin a una situación que ambos sabíamos que era absurda.
Me quedé pensativa, asimilando sus palabras en el silencio de la cocina.
—¿Le amaste, Leah? De verdad.
—Sí —respondió ella, de inmediato, sin dudar—.
Pero no de la forma en que tú imaginas, o de la forma en que tú le amas a él.
Ni en la que yo amo a Ethan. Al principio me enamoré de la idea de Luke Holloway.
Era un hombre increíble, inteligente, leal.
Pero no era el hombre para mí. Con el tiempo, empecé a quererle de otra manera...
como a un mejor amigo. Como a un hermano.
Siempre charlábamos mucho, pero no pasaba de ahí.
Leah soltó una pequeña risa.
—Era un hermano protector. Se preocupaba por mí, me animaba, me escuchaba...
pero no me besaba, Gia. No había esa urgencia.
Y para mí empezó a ser exactamente igual.
Las muestras de cariño se volvieron innecesarias, ninguno de los dos las iniciaba, y no era por vergüenza, rechazo o enfado; simplemente es que no nos salían.
Pensé en Luke y en mí. En la fuerza invisible pero implacable que nos atraía el uno al otro en el momento en que compartíamos el mismo espacio.
En cómo siempre buscábamos el contacto físico, la necesidad imperiosa de rozarnos, de sentir la piel del otro, de desear más.
Besos, caricias, el calor de su cuerpo contra el mío.
Éramos dos imanes que no podían evitar colisionar.
Entendía perfectamente la diferencia de la que hablaba Leah.
—Lamento que fuera así para vosotros —le dije en voz baja.
—No es cierto, no lo lamentas —se rio Leah, dándome un suave empujón con el hombro—. Y eso está bien, Gia. Tú eres la única que tiene derecho a hablar sobre Luke en esos términos íntimos. Tú fuiste, eres y siempre serás la única mujer de su vida.
Me miró fijamente, con una firmeza que me conmovió.
—Y eso es exactamente lo que le dije a Luke el día que le pedí el divorcio.
Le dije que tú eras la única capaz de hacerle feliz en este mundo.
Le dije que te buscara, que intentara entender por qué te habías marchado.
Por supuesto, él esquivó el tema en ese momento, con su orgullo herido.
Pero yo, como su amiga, me vi obligada a decirle las verdades a la cara: si no cerraba ese capítulo contigo, se pasaría el resto de su vida lamentándolo.
Tenía que buscarte, ver si podía rescatar lo que teníais, y si no era posible...
al menos ver si podía dejarte marchar de una vez por todas.
Leah sonrió, cansada pero aliviada.
—Y me alegro tanto de que Luke no te dejara marchar, Georgia. Jamás, en todos los años que lo conozco, lo había visto tan feliz como ahora, contigo.
Me emocioné. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta y que los ojos me escocían por las lágrimas contenidas.
A pesar de que yo ya lo sabía, de que sentía la inmensidad de lo que Luke sentía por mí cada vez que me miraba, escuchárselo decir a la mujer que había compartido tres años de su vida desvanecía cualquier sombra del pasado.
Antes de que pudiera articular palabra para darle las gracias, un estallido de estática agudo nos sobresaltó.
La radio portátil, posada sobre la isla, cobró vida con un siseo ensordecedor de interferencias. Y de entre el ruido, la voz más esperada del mundo resonó en el habitáculo.
— ¡¿Gia?! ¡Gia, responde si me copias! ¡Gia!
✽✽✽
Luke
El plan de acción estaba trazado. El Alfa Uno, vibrando con la potencia de sus dos turbinas, seguía aproximándose a la zona cero.
A través de la ventanilla, el paisaje era desolador.
Sobrevolamos la carretera principal del valle; estaba cortada en varios puntos por árboles caídos y pequeños frentes secundarios.
Aunque Gia y Leah hubiesen logrado salir de Raven Ridge en coche, habrían acabado irremediablemente bloqueadas por esos incendios, atrapadas en el asfalto.
Ese panorama hubiera sido infinitamente más peligroso que atrincherarse en la cabaña.
— Estamos a cinco minutos del perímetro de espera —anunció Caleb, ajustando la mezcla de combustible—. La visibilidad está cayendo en picado.