Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTISIETE #3
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VEINTISIETE #3

—Envíame la evolución topográfica del incendio y la masa de la columna a la tablet de a bordo, Clover —solicité.

Un segundo después, la pantalla anclada a la pared del helicóptero se iluminó con un mapa térmico.

Lo analicé con frialdad. Sabía que este era el salto de mi vida.

Aunque no llevara un paracaídas, iba a saltar directamente en medio de un incendio activo y descontrolado para sacar de allí a la única persona en este mundo sin la que no podía, ni quería, vivir.

Me giré hacia el equipo Alfa.

— Escuchadme todos —hablé por el intercomunicador general de la cabina—.

La aproximación va a ser un infierno. Caleb, entrarás por el corredor norte, a barlovento.

Necesito que hagas un vuelo estacionario a exactamente treinta metros de altura sobre la parcela de Gia.

No puedes bajar más o la radiación freirá las turbinas, y no puedes subir más o el cable de la grúa oscilará demasiado por los vientos cruzados.

Miré a Ian y luego a Noah.

— El orden de ejecución es el siguiente: Ian y yo bajamos con el torno dual.

Tocamos suelo, entramos en la cabaña y aseguramos a las chicas.

Haremos la extracción en dos izados dobles.

Primero sube Ian con Leah. En cuanto toquen la cabina, bajo el cable de nuevo. Luego subimos Gia y yo. ¿Queda claro?

Hubo un silencio en la radio. Todos sabían que el plan era increíblemente arriesgado.

Mantener un estacionario a treinta metros bajo una lluvia de pavesas era casi imposible para el piloto, y hacer dos maniobras de izado duplicaba nuestro tiempo de exposición en tierra.

Pero era la única oportunidad que teníamos.

— Copiado, capitán —dijo Caleb.

Noah, que estaba revisando sus arneses al otro lado de la cabina, tiró de sus anclajes de seguridad para comprobarlos, levantó la vista y me miró directamente a los ojos.

— Holloway... en este preciso momento, te admiro un poco más que antes —me soltó el técnico sanitario, con una sonrisa tensa de puro respeto.

Asentí, aceptando el cumplido, pero fruncí el ceño.

— Noah, hay una complicación logística —le advertí—. Leah está embarazada. De ocho meses.

Noah borró la sonrisa al instante.

— Mierda. Esa es una complicación añadida inmensa —evaluó Noah, su cerebro médico procesando la información a toda velocidad—.

La inhalación de humo en ella es diez veces más peligrosa que para cualquier otra persona.

La hipoxia fetal puede matar al bebé antes de que ella llegue a desmayarse. Pero lo más jodido es el izado.

Noah se acercó a nosotros y sacó un arnés de rescate del cajón de equipo.

— Lo más seguro, el protocolo estándar para embarazadas sería hacer el izado con una tabla nido rígida para mantenerla en posición horizontal —nos explicó—.

Pero si las condiciones del viento son tan malas como pinta el mapa, la tabla nido hará efecto vela.

Girará descontroladamente, se golpeará contra los árboles y no tenemos tiempo para meterla ahí.

Tendréis que izarla con arnés de evacuación.

Noah nos tendió un triángulo de rescate amarillo.

— Luke, Ian, prestad mucha atención. No podéis usar un arnés de pecho estándar, la presión abdominal le cortaría el flujo a la vena cava —indicó Noah, señalando los puntos de anclaje—.

Pasáis estas dos cinchas por debajo de los muslos y está por debajo de las axilas.

Todo el peso de la tracción debe recaer sobre el subglúteo y los hombros, manteniendo el abdomen completamente libre.

Ian, cuando subas con ella, tienes que rodearla con tus brazos y usar tu propio cuerpo como escudo contra las ramas y el giro del cable.

— Enséñame el enganche del mosquetón central otra vez, Noah —pidió Ian, cogiendo las cintas.

Noah volvió a mostrarnos el procedimiento de anclaje rápido, paso a paso, asegurándose de que la argolla de tracción quedaba a la altura del esternón superior. Ian y yo lo repetimos visualmente. Ambos teníamos claro cómo hacerlo a ciegas.

— Atención atrás —interrumpió Caleb desde la cabina de pilotaje—. Estamos a diez minutos de las coordenadas de Raven Ridge. Pero Mando me acaba de ordenar que hagamos un patrón de espera.

— ¡¿Qué?! ¡Caleb, no podemos esperar! —grité.

— ¡Tenemos que hacerlo, Luke! —me replicó el piloto—.

Los helicópteros pesados contra incendios van a descargar tres rondas de retardante en la cota superior, muy cerca de la zona habitada, para intentar enfriar la cabeza del pirocúmulo.

Debemos quedarnos en el perímetro un par de minutos para no tragarnos la descarga.

Confía en mí, eso nos dará el margen de temperatura que necesitamos para que yo pueda mantener el estacionario sobre vuestra cabaña.

Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas, mirando el humo a través del cristal. Dos minutos esperando en el perímetro podían significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Pero asentí. Solo quedaba rezar para que las dos mujeres que estaban atrincheradas dentro aguantaran hasta que llegáramos.