VEINTISIETE #2
Caminé hacia el helipuerto. El humo sobre el valle se estaba volviendo de un gris plomizo, denso y amenazador.
Estaba inquieto. Una agitación profunda me vibraba en los huesos, un picor en la nuca que no me dejaba respirar con normalidad.
Gia debería estar abajo, en las Urgencias, liderando su departamento como la capitana que era.
Si no estaba allí... ¿dónde cojones estaba?
Caleb se acercó a mí, levantándose la visera del casco. Su mono rojo menos manchado que el nuestro, pero el pelo se le pegaba a la frente por el sudor.
—Luke, tranquilízate. Seguro que está en una reunión de crisis con Sloane o algo así —trató de calmarme nuestro piloto, apoyando una mano firme en mi hombro.
Negué con la cabeza, mirando el horizonte incendiado.
—No, Caleb. La conozco mejor que a mí mismo. Gia jamás se aparta de la línea de frente cuando hay heridos críticos entrando por la puerta. Algo no cuadra.
A un par de metros, Ian me observaba en silencio, bebiendo de una botella de agua. Se secó la boca con el dorso del guante ignífugo y dio un paso hacia nosotros, con esa seriedad que le caracterizaba.
—El capitán tiene razón, Caleb —secundó Ian, clavando sus ojos oscuros en los del piloto—. El instinto de un bombero veterano rara vez falla.
Asentí, agradeciendo el respaldo de Ian. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo interior del mono. Iba a llamar a Gia.
Marqué el número de Gia. Uno, dos, tres tonos. El pitido sordo y aséptico del contestador. Volví a marcar, caminando en círculos cerrados por el helipuerto. Nada.
—Contesta, joder... —murmuré, apretando el teléfono con tanta fuerza que crujió en mi mano enguantada.
Entonces, las puertas de emergencias volvieron a abrirse.
Savannah salió a la carrera hacia la plataforma del helipuerto. No llevaba su bata de jefa de enfermeras, solo su pijama médico azul claro. Estaba sin aliento, pálida como la cera, con los ojos muy abiertos y tropezando con sus propios pies en su desesperación por llegar hasta nosotros.
Ian corrió hacia ella y la sostuvo por los hombros y la cintura antes de que cayera de rodillas sobre el asfalto de la pista.
—¡Savannah! ¡Eh preciosa, tranquila, mírame! —le ordenó Ian, sosteniéndola con firmeza, bajando la cabeza para buscarle la mirada—. ¿Qué sucede?
Me acerqué corriendo, con Caleb y Noah detrás de mí.
—¡Luke! —jadeó Savannah, agarrándose al mono rojo de Ian con dedos temblorosos, mirándome con puro terror en los ojos—. ¡Acabo de hablar con Gia!
—¿Dónde está? —exigí saber, con una voz tan ronca que no parecía la mía.
Savannah se echó a llorar, confirmando todos y cada uno de los malditos presentimientos que me habían estado atormentando.
—¡Gia se fue a Raven Ridge a por Leah! —sollozó Savannah, y la frase cayó sobre mí como una viga de acero fundido—.
¡Están atrapadas en la cabaña de Gia, Luke!
El fuego ha cortado por completo la carretera principal del valle.
¡Gia dice que les están cayendo ascuas ardientes del tamaño de puños encima del coche, que la carretera está bloqueada y que no tienen a dónde ir!
Entré en pánico.
Fue una reacción visceral, animal y completamente incontrolable.
El hombre calculador que había apagado cientos de incendios desapareció en una fracción de segundo.
La posibilidad de perder a Gia para siempre era muy real.
Mi mujer. La única mujer a la que había amado en mi vida.
Estaba metida bajo un puto pirocúmulo a punto de colapsar, intentando salvar a la mujer de mi mejor amigo.
El dolor en mi pecho era tan agudo que me dejó sin respiración.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Cerré los ojos con fuerza, aislando el ruido de los rotores, el olor a combustible y los sollozos de Savannah. Tomé una bocanada de aire hirviente.
Abrí los ojos.
Caleb, Ian y Noah me estaban mirando fijamente. Y en sus rostros no vi miedo, no vi dudas. Vi a mis hermanos de sangre. Vi una determinación absoluta.
Caleb se bajó la visera oscura del casco con un chasquido mecánico.
—¿A qué puta hora esperas que subamos al helicóptero, capitán? —me espetó el piloto —. Hay que largarse ya. Vamos a Raven Ridge. Vamos a por Gia y a por Leah.
—¡Desconectad mangueras de repostaje! —le grité a los técnicos de pista que seguían junto a la cisterna, girándome hacia la imponente máquina roja—. ¡Todo el mundo a bordo! ¡Noah, prepara equipo de trauma y oxígeno portátil! ¡Ian, lista el torno de rescate! ¡Despegamos en veinte segundos!
✽✽✽
El Alfa Uno, con su imponente fuselaje rojo brillante y sus bandas reflectantes, despegó del helipuerto del Hospital Regional como un misil, inclinando el morro hacia adelante para ganar velocidad de inmediato. Las turbinas aullaban, cortando el humo negro que ya cubría el cielo de la ciudad.
En la parte trasera de la cabina, me agarré a los anclajes del techo. Mi respiración era rápida, demasiado superficial.
Caleb activó el canal general de la red de emergencias.
— Base de Comunicaciones, aquí Alfa Uno en vuelo directo hacia el sector de Raven Ridge. Solicito parte de alerta actualizado de la zona y vectores de viento —pidió el piloto, con los ojos fijos en los instrumentos de navegación.
La voz profesional de Clover, resonó nítida en nuestros cascos a pesar de las interferencias térmicas.
— Alfa Uno, aquí Base. La situación se está degradando por minutos. Los helicópteros cisterna están intentando evacuar las zonas bajas, pero aún hay habitantes atrapados en la cota alta. Las carreteras principales y los caminos forestales están cortados en diferentes puntos.
—Detalla la posición del fuego, Clover —intervine, acercándome el micro del casco a los labios.
— Luke, el pirocúmulo avanza por el valle en dirección directa hacia Raven Ridge —informó Clover, y pude notar la tensión en su voz—.
Han estado cayendo ascuas ardiendo en todo el valle durante la última hora, formando decenas de pequeños incendios secundarios que se han fusionado.
Los habitantes de Raven Ridge que no evacuaron con la primera alarma están completamente bloqueados. Repito, salida terrestre bloqueada.
El aire abandonó mis pulmones.
Me asomé por la ventanilla. A lo lejos, elevándose como un hongo nuclear sobre las montañas, vi la monstruosa columna convectiva del pirocúmulo.
Todo el valle era una maldita trampa mortal.
Si esa nube empezaba a descargar rayos secos o, peor aún, si la columna colapsaba sobre sí misma por falta de oxígeno, crearía un huracán de fuego a ras de suelo.
Sería el infierno en la tierra. Si eso pasaba, el helicóptero jamás podría entrar en el valle; los rotores se asfixiarían sin oxígeno y caeríamos como una piedra. Y el rescate sería imposible.
Eso dejaba a Gia y a Leah solas. Y, muy probablemente, muertas.
La garganta se me cerró. El pulso se me disparó hasta martillearme los tímpanos, y el sudor frío me empapó la nuca bajo el casco.
Una mano inmensa y firme, cubierta por un guante, se posó sobre mi hombro y apretó con fuerza.
Me giré. Ian me estaba mirando a través de su visor oscuro.
— Respira, capitán —me ordenó Ian por el intercomunicador privado, con esa calma estoica e inquebrantable que lo convertía en el mejor bombero que conocía—. Respira hondo. Necesitamos un plan de acción. No te me vengas abajo ahora.
Tragué saliva, obligando a mis pulmones a llenarse de oxígeno.
— Cualquier maldita cosa que se pueda hacer con un helicóptero en medio de un incendio, Caleb es capaz de hacerla —continuó Ian, dándome otro apretón—.
Y el resto de la extracción, abajo en el suelo, lo haremos nosotros dos.
Como siempre. Pero tienes que darnos las órdenes, Luke. Léenos el puto fuego.
Ian tenía razón. Cerré los ojos dos segundos. Enterré al hombre aterrorizado en lo más profundo de mi mente y dejé salir al smokejumper , al experto que llevaba diez años leyendo incendios.
Asentí hacia Ian. Volví a activar el canal general.
—Clover, necesito los partes telemétricos de la columna convectiva y la vectorización del viento en la zona de Raven Ridge en tiempo real —pedí, con la voz fría y mecánica.
— Recibido, Luke. Aún tenéis una ventana de tiempo, pero es muy estrecha.
Si esperáis mucho más, Caleb no podrá volar sobre la zona de cabañas sin que la turbulencia os parta en dos —nos advirtió Clover—.
Caleb, te paso los ángulos de aproximación a tu sistema.
Debes entrar estrictamente a barlovento.
Repito, aproximación a barlovento, con el viento de cola empujando hacia el fuego.
Es la única forma de evitar la succión de la columna convectiva y mantener estable el Alfa Uno.
— Coordenadas de aproximación recibidas, Clover —confirmó Caleb, ajustando los mandos—. Las meto en el ordenador de vuelo.