VEINTISÉIS #3
Ahora, respirando aquel aire tóxico y abrasivo, comprendí la magnitud de mi estupidez.
Subí los tres escalones del porche de dos zancadas.
—¡Leah! —grité a pleno pulmón, abriendo la puerta principal de una patada, olvidándome de cualquier protocolo de cortesía—. ¡Leah, soy Gia! ¡Contesta!
Entré corriendo, tosiendo por el humo que ya se estaba colando en la casa. Recorrí el pasillo y la encontré en la cocina.
La imagen me frenó en seco. Esperaba encontrar a una mujer aterrorizada, paralizada por el pánico o llorando. En su lugar, encontré a Leah en pleno modo de supervivencia.
Estaba frente al fregadero, empapando paños de cocina y toallas en agua, para luego escurrirlos y colocarlos minuciosamente sellando los bajos de las ventanas y la rendija de la puerta trasera.
—¡Gia! —exclamó Leah, dándose la vuelta, y sus ojos azules se llenaron de un alivio tan profundo que casi me hace llorar—. Dios santo, estás aquí.
Me acerqué a ella, evaluándola de pies a cabeza con mirada clínica para asegurarme de que no había inhalado humo ni presentaba signos de contracciones por estrés.
Estaba pálida, pero entera. Había mantenido la calma de una forma sorprendente y admirable para una civil en medio de una alerta roja de incendios.
—Hemos estado intentando localizarte desde hace horas, maldita sea —le reproché con voz entrecortada, agarrándola por los brazos para comprobar que era real.
—Lo sé, lo siento muchísimo —se disculpó Leah rápidamente, señalando la encimera—.
Mi teléfono se quedó sin batería esta madrugada porque me olvidé de cargarlo.
Intenté enchufarlo hace un par de horas cuando me di cuenta y empecé a oler a quemado, pero la luz general de todo el sector de Raven Ridge se ha cortado.
No he podido avisar a nadie ni cargar el móvil.
—¿Qué has hecho todo este tiempo?
—Lo único que podía hacer sin entrar en pánico —respondió ella, pasándose el dorso de la mano mojada por la frente sudorosa—.
Me he limitado a poner en práctica todo lo que sé y todo lo que Ethan me enseñó durante estos años para resistir en caso de incendio perimetral.
Sabía que... sabía que alguien de vosotros vendría a buscarme tarde o temprano. Me alegro tanto de verte, Gia.
Apreté sus brazos y le devolví la mirada.
—No hay tiempo, Leah —le advertí, poniéndome seria, tirando de ella hacia el pasillo—. Los smokejumpers están conteniendo la cabeza del incendio a duras penas, y los helicópteros están descargando todo lo que tienen en el valle, pero el fuego ha superado la cresta. Ha coronado, Leah.
En ese preciso instante, un sonido seco, fuerte y rítmico, como una lluvia de piedras gigantes, empezó a golpear el tejado y los árboles que rodeaban la cabaña.
Ambas saltamos. Nos giramos hacia la ventana del salón.
Lo que vi me heló la sangre. El incendio ya no era una línea roja a lo lejos; estaba lanzando brasas ardiendo, del tamaño de puños, empujadas por ráfagas de viento huracanado.
Una lluvia de ascuas estaba cayendo sobre nuestra zona residencial, creando decenas de focos secundarios que prendían en la maleza reseca casi instantáneamente.
—Joder, Gia... —susurró Leah, retrocediendo un paso, llevándose las manos a la barriga, con el terror finalmente apoderándose de su rostro—. Eso es convección extrema.
—¿Qué?
—Lo que se nos viene encima no es solo el frente del fuego.
Es un pirocúmulo —explicó Leah, con la voz temblando —.
La nube del incendio va a empezar a lanzar rayos secos y a crear otros incendios alrededor.
O salimos de este valle ahora mismo, o no vamos a poder salir solas. Nos van a tener que sacar por el aire.
—¡Vámonos!
No la dejé coger ni un maldito bolso. Tiré de su mano, salimos de la cabaña corriendo y la metí a empujones en el asiento del copiloto de mi coche. Di la vuelta, salté al asiento del conductor y bloqueé las puertas.
—Ponte el cinturón. ¡Sujétate! —le ordené.
Di un volantazo, quemando rueda sobre la grava, y enfilé el camino forestal en dirección a la carretera principal que conectaba Raven Ridge con el pueblo.
Conducía al límite, pisando el acelerador a fondo, mientras la lluvia de ascuas golpeaba el capó y la luna del parabrisas como meteoritos candentes.
El humo era tan espeso que encendí las luces largas, pero solo lograban iluminar un muro grisáceo.
Llegamos a la curva donde el camino de tierra desembocaba en la carretera asfaltada, a un kilómetro de las cabañas.
Y pisé el freno de golpe, clavando el todoterreno en el suelo.
Leah gritó, agarrándose al asidero de la puerta.
La carretera principal ya no existía. O, al menos, no era transitable.
A menos de veinte metros de nosotras, una barrera infranqueable de llamas anaranjadas cruzaba el asfalto de lado a lado.
El bosque a ambos lados de la carretera principal ardía con una intensidad brutal, alimentado por el viento que creaba remolinos de fuego.
—¡Mierda! ¡Mierda! —grité, golpeando el volante.
Metí la marcha atrás, derrapé de forma suicida en el estrecho camino de tierra y logré dar la vuelta.
—¡Busca otra salida, Gia! —sugirió Leah, hiperventilando.
—¡Hacia allí vamos!
Conduje de vuelta hacia la urbanización, ignorando los golpes de las brasas contra la carrocería, y enfilé hacia el cruce de las cabañas del lado oeste, el antiguo camino forestal. Avanzamos unos cuatrocientos metros entre el humo asfixiante, pero las luces del coche revelaron el desastre.
Frené de nuevo.
Esta vez no era un muro de fuego, era un muro de madera. Dos pinos inmensos, centenarios y con troncos del tamaño de un coche, habían colapsado sobre el camino de tierra, completamente envueltos en llamas. Formaban una barricada ardiente. Sus raíces arrancadas seguían quemándose.
La salida oeste estaba bloqueada. La carretera sur, cortada. Estábamos embolsadas.
Leah y yo nos miramos a través de la penumbra del coche.
Su rostro iluminado por el parpadeo naranja del fuego era el vivo retrato del terror.
Y yo, bajo mi pijama de médica, sentí que el corazón se me paralizaba.
Estábamos solas. Atrapadas. Y las dos salidas viables hacia el pueblo estaban completamente bloqueadas por el fuego.
Leah, respirando de forma pesada, alargó una mano y la puso sobre la mía, que seguía aferrada al volante con los nudillos blancos.
—Gia... —me llamó, con una calma aterradora, la calma de quien acepta la realidad—.
Lo mejor es regresar a la cabaña. Hay que atrincherarse, sellar todo lo que podamos y rezar para que el equipo aéreo pueda hacer una extracción antes de que el fuego llegue.
Si nos quedamos aquí fuera, las ascuas quemarán el coche o los gases tóxicos nos ahogarán.
Cerré los ojos un segundo. Asentí, sintiendo un nudo en la garganta. La cabaña era nuestra única opción.
Engrané la marcha atrás de nuevo y conduje de regreso hacia nuestra parcela en Raven Ridge.
Pero al llegar al claro, frente a la imponente estructura de madera de la casa de Luke. Giré el volante bruscamente a la izquierda, ignorando el camino de grava de Luke, y aceleré en dirección a mi propia cabaña, a doscientos metros de distancia.
—¡¿Gia, qué haces?! —gritó Leah, sorprendida por el cambio de rumbo.
—¡Tu cabaña tiene paneles de madera secos en el techo y demasiada maleza en el porche trasero! —le contesté sin mirarla, concentrada en sortear los tocones del jardín—. ¡La mía es más baja, tiene cimientos de piedra y una reserva de agua más grande en el depósito! ¡Nos atrincheramos en la mía!