VEINTISÉIS #2
— Inestable —respondió Ian, que le sostenía la cabeza para inmovilizar las cervicales—. Shock hipovolémico y neurogénico. Está taquicárdico, ciento treinta pulsaciones. Saturo a ochenta y ocho.
Noah le colocó el pulsioxímetro en el único dedo índice que no estaba carbonizado.
—Mierda. Necesito despejarle la vía aérea, pero tiene la mandíbula encajada y edema en la glotis.
No puedo intubar en estas condiciones sin sedación profunda, y si lo sedo ahora, la tensión caerá a cero y entrará en parada —evaluó Noah, su cerebro trabajando a mil por hora—.
Vamos a ponerle oxígeno a alto flujo con mascarilla reservorio.
¡Ian, Luke! ¡Necesito que me quitéis todos estos escombros de encima para poder acceder a los vasos femorales! ¡No tengo vías en los brazos!
—¡Vamos a ello! —asentí.
Siguiendo las indicaciones precisas de Noah, Ian y yo empezamos a retirar los cascotes, los restos de uralita y los tablones menores que aún cubrían las piernas y el abdomen del hombre. Nos movíamos con sincronización, levantando y apartando material sin provocar vibraciones en el suelo inestable.
Mientras nosotros limpiábamos el área, Noah sacó dos vías intraóseas, perforó literalmente el hueso de la tibia izquierda del paciente e inyectó fluidos fríos a presión y analgesia directa a la médula para combatir el shock.
Luego, con una rapidez pasmosa, cubrió las quemaduras masivas del torso y la cara derecha con vendajes estériles empapados en suero para detener la destrucción del tejido.
—¡Está estabilizado para el traslado! ¡Metedle la tabla espinal! —ordenó Noah, guardando los monitores.
Ian y yo deslizamos la dura tabla de plástico naranja bajo la espalda del hombre. Con un movimiento coordinado, lo rotamos, le pusimos el collarín y lo aseguramos con las correas de araña en menos de treinta segundos.
—Alfa Uno, aquí Noah. Tenemos al paciente empaquetado. Procedemos a la extracción.
— Recibido. Grúa lista —contestó Caleb.
Ian y yo agarramos los extremos de la tabla espinal. Nos pusimos en pie y dimos el primer paso hacia el gran hueco por el que habíamos entrado.
Un crujido brutal, agudo y ensordecedor ahogó el ruido del helicóptero. La viga principal de carga de la nave, debilitada por el calor extremo cedió de golpe.
Todo ocurrió en cámara lenta.
—¡Cuidado! —grité, tirando de la camilla hacia atrás.
Parte del techo y una pared de ladrillo colapsaron justo frente a nosotros, levantando una nube de polvo de carbón y yeso.
Noah se tiró encima de la tabla espinal, cubriendo al herido con su propio cuerpo para evitar que los cascotes de ladrillo y chapa le golpearan. Ian y yo nos encogimos, protegiéndonos la cabeza con los brazos cruzados mientras una lluvia de escombros calientes nos caía encima.
Cuando el polvo empezó a asentarse y el estruendo cesó, tosí y me sacudí la ceniza del traje.
— ¡Equipo Alfa! ¡Solicito actualización inmediata! —La voz de Caleb sonó por la radio, tensa y urgente—. Acabo de ver cómo la estructura sur se venía abajo.
Ian se incorporó a mi lado, escupiendo polvo. Miró a Noah, que se levantaba despacio, sacudiéndose los cascotes de la mochila. Nos miramos los tres a través de los visores. Estábamos enteros.
—Estamos ilesos, Alfa Uno —informó Ian, tosiendo—. Pero la estructura principal acaba de colapsar. Nuestra salida de extracción está completamente bloqueada por toneladas de escombro.
— Mierda. No puedo aterrizar ni bajaros la eslinga ahí dentro —maldijo —. El fuego activo de las oficinas está a menos de cincuenta metros y la radiación térmica me fundirá los sistemas si bajo más. ¿Tenéis alternativa?
Saqué mi cámara térmica y escaneé rápidamente las paredes restantes.
—Hay otro hueco estructural en la pared noroeste, la zona más fría —informé, evaluando el grosor del muro—. Pero está tapiado con chapa doble y madera. Va a ser un poco más lento sacar al herido por ahí.
— No tenemos mucho tiempo, Luke. Las pavesas del incendio forestal están cayendo sobre el aserradero. Todo esto va a volver a prender en diez minutos —nos advirtió Caleb.
Miré a Ian. Él asintió. No necesitábamos palabras.
—Noah, quédate junto al herido —le ordené, desenganchando la pesada hacha de bombero que llevaba en la espalda de mi arnés.
Ian sacó su palanca de acero. Corrimos hacia la pared noroeste, al punto exacto que ambos habíamos evaluado como el más seguro y menos propenso a provocar un segundo derrumbe.
—¡Dale! —gritó Ian.
Empezamos a abrir hueco. Yo asestaba golpes demoledores con el filo del hacha, astillando los tablones y cortando la chapa de aluminio, mientras Ian metía la cuña de la palanca por las rendijas, haciendo palanca con toda la fuerza de su cuerpo para arrancar capas enteras de la estructura.
El sudor me corría por la cara dentro del casco, los músculos me ardían por el esfuerzo, pero el sonido de la chapa cediendo era música.
En menos de tres minutos de trabajo físico extremo, conseguimos abrir un hueco dentado en la pared a ras de suelo. Apenas tenía un metro de diámetro.
Ian se asomó por el agujero, comprobando el exterior.
—Será suficiente para sacar la tabla de lado. ¡Traedlo! —gritó, dándose la vuelta.
Regresé corriendo a por la camilla. Noah ya tenía al hombre listo. Levantamos la pesada tabla y, entre los tres, fuimos sorteando las últimas vigas hasta el hueco.
Primero pasó Ian por el agujero, saliendo al exterior cubierto de maleza humeante.
Noah y yo levantamos la camilla desde dentro y la pasamos milimétricamente por el hueco mientras Ian tiraba de ella desde fuera y la aseguraba.
Luego pasó Noah. Yo fui el último, deslizándome por el metal cortante justo cuando el techo a nuestras espaldas empezó a crujir de nuevo, amenazando con un colapso total.
—¡Alfa Uno, estamos fuera! ¡Coordenadas noroeste, a cincuenta metros de la estructura! —gritó Ian por la radio.
— ¡Os veo! Manteneos en posición, voy hacia vosotros.
El enorme helicóptero rojo sangre giró en el aire y avanzó sobre nosotros, deteniéndose en un vuelo estacionario perfecto, bajando el cable de rescate casi hasta nuestras manos.
Noah se enganchó a la eslinga junto a la camilla. Caleb operó el torno desde la cabina y subió al herido y al técnico sanitario en cuestión de segundos. La eslinga bajó de nuevo y esta vez nos enganchamos Ian y yo.
Cuando mis botas pisaron el suelo metálico de la cabina del Alfa Uno, solté el mosquetón y me desplomé un segundo sobre uno de los asientos plegables, arrancándome el casco para poder respirar aire fresco. Ian hizo lo mismo a mi lado, empapado en sudor.
— ¡Buen trabajo, equipo! —nos felicitó Caleb por el altavoz de la cabina, girando el helicóptero bruscamente—. ¡Nos vamos de aquí! Rumbo al Regional, estimado cinco minutos.
Me incorporé. En el fondo de la cabina, Noah no había perdido ni un segundo. Seguía trabajando en las heridas del trabajador, ajustando los goteros y el oxígeno, mientras Ian se acercaba para asistirlo sosteniendo el suero.
Miré al equipo Alfa trabajando en conjunto bajo el estruendo de los rotores. A pesar del cansancio, a pesar de la magnitud de la catástrofe que se nos venía encima, sentí una oleada de profunda admiración. Era un orgullo trabajar codo con codo con ellos.
✽✽✽
Georgia
Aceleré en la última curva de la carretera forestal que llevaba a Raven Ridge, obligando al todoterreno a derrapar ligeramente antes de estabilizarse.
Mi corazón latía con la violencia contra mis costillas.
Había estado llamando a Leah incesantemente durante todo el trayecto desde el hospital, usando el manos libres del coche.
Si al salir de Urgencias me había saltado el buzón de voz un par de veces, desde hacía quince minutos el teléfono ni siquiera daba señal de llamada.
Directamente marcaba error de red, como si la torre de comunicaciones del valle hubiera sido literalmente engullida.
Lo cual, con toda seguridad, era lo que había pasado.
Reduje la marcha cuando la pendiente se volvió más pronunciada. El aire acondicionado del coche estaba a máxima potencia, reciclando el aire interior, pero aun así el olor a resina quemada se colaba por las rejillas de ventilación.
Todo tenía que ser muy rápido. Era una maniobra de entrar y salir.
Pretendía coger a Leah, meterla en el asiento del copiloto y volar de vuelta al pueblo, a una zona que estuviera bajo el perímetro de seguridad.
Pero a medida que me acercaba, supe que no iba a ser tan fácil como había imaginado en el aparcamiento del hospital.
El humo, espeso, gris y con tintes rojizos, estaba empezando a invadirlo todo.
Bajaba como una niebla densa desde las cimas.
Miré a través del parabrisas; las crestas del valle ya no eran líneas de pinos verdes, sino siluetas coronadas por lenguas de fuego cada vez más altas.
No era ni tonta ni imprudente, y toda mi vida viviendo en Oregón me habían enseñado a leer la montaña; el peligro que corríamos era inminente y real.
A lo lejos, apenas visibles entre el humo, distinguía las luces estroboscópicas de los helicópteros de bomberos, como moscas desesperadas descargando agua y retardante rojo alrededor del frente principal.
Pero el viento era implacable. Y el fuego parecía tener hambre.
Llegué al claro donde se asentaban nuestras casas y frené de golpe frente a la cabaña de Luke, levantando una nube de polvo oscuro.
No apagué el motor al bajar de un salto, aún iba vestida con el pijama médico azul y las deportivas gastadas por las que había cambiado mis zuecos a toda prisa en el coche.
No había visto a Mac ni a Savannah al salir de Urgencias, así que me había marchado sin avisar a nadie.
El protocolo ordenaba comunicar mi posición, pero en ese momento no me había importado una mierda el protocolo.
Pensé que, si era rápida, ni siquiera haría falta; estaría de regreso en el hospital con Leah antes de que Sloane se diera cuenta de mi ausencia.