Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTISÉIS
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VEINTISÉIS

Luke

D e pie junto a la puerta lateral abierta, con el viento caliente y cargado de ceniza golpeándome el visor del casco, contemplé el infierno.

Los pensamientos se arremolinaban en mi mente con la misma violencia que las corrientes térmicas que zarandeaban el helicóptero.

Sabía que este incendio tenía el potencial de convertirse en uno de los más devastadores que la región hubiera visto en décadas.

Era un monstruo. Había coronado, convirtiéndose en un implacable fuego de copas, devorando pinos a una velocidad aterradora y saltando de risco en risco con una facilidad pasmosa.

Las ráfagas de viento estaban creando focos secundarios a kilómetros por delante de la cabeza principal, volviéndolo completamente imprevisible.

Corría por el valle, incontrolable y hambriento.

A través del canal de radio de mi casco, la voz serena y fría de Caleb Donovan rompió mis pensamientos.

— Equipo Alfa, estamos llegando a la zona cero.

Sobrevolamos las coordenadas del aserradero —informó nuestro piloto, manteniendo el aparato estable a pesar de las brutales turbulencias—.

Tengo confirmación de mando de que los smokejumpers están ejecutando saltos tácticos en el flanco este para abrir líneas de defensa.

Nuestro objetivo es reconocimiento y extracción.

Mando confirma que aún hay dos trabajadores desaparecidos en los escombros de la estructura principal.

Son personas potencialmente atrapadas. Si están vivos, los sacamos.

A mi lado, Ian se acercó hasta el borde de la compuerta.

Iba anclado al techo del helicóptero por una gruesa línea de vida de acero.

Nos asomamos juntos al abismo. El aserradero parecía una zona bombardeada; los techos de uralita se habían hundido y las vigas maestras seguían humeando con un brillo anaranjado bajo la gruesa capa de carbón.

Ian me miró a través de la visera tintada de su casco.

— Joder, Luke... —murmuró Ian por la radio interna —. He combatido fuegos estructurales, pero jamás en mi vida había visto algo parecido a esta magnitud.

Asentí, dándole dos golpes en el hombro revestido de material ignífugo.

—Las próximas horas son cruciales, Ian, y el clima va a ser decisivo —le respondí por el canal, manteniendo la voz firme —. Si el viento no nos ayuda, esto se va a tragar la montaña entera.

Lo que no le dije por radio a Ian fue que yo sí que había visto cosas iguales.

Y peores. En Montana, en California, en las Rocosas.

Hay determinadas fuerzas de la naturaleza contra las que es inútil luchar cara a cara, y el fuego descontrolado y el agua embravecida son las peores de todas.

A veces, la única forma de combatir al demonio es con más fuego, usando contrafuegos tácticos; ese había sido mi trabajo durante una década.

Ahora, lo único que deseaba en el mundo era poder dar la media vuelta, regresar a la cabaña junto a mi mujer, enterrar la cara en el cuello de Gia, acurrucarme con ella en la cama y no salir de allí en un mes. Quería esconderla del mundo hasta que llegaran las primeras lluvias de otoño.

— Atención atrás —la voz de Caleb nos devolvió a la misión—. A vuestras nueve en punto, la estructura semi derruida del ala este. Ahí es donde los jefes de turno del aserradero sitúan a los dos desaparecidos.

El helicóptero hizo un giro cerrado y perfecto, poniéndose en vuelo estacionario a veinte metros de los restos humeantes.

— Repasamos el plan, señores —continuó Caleb, con una coordinación magistral—.

Descenso con grúa y eslinga. Entráis a la estructura solo si los medidores marcan que es seguro.

Evaluáis la zona, sector por sector, y comprobáis si hay supervivientes.

Si los hay y están atrapados o críticos, Noah baja con el equipo de soporte vital avanzado para estabilizar.

Los empaquetamos, los subimos y directos a la azotea del Regional. ¿Entendido?

— Entendido —confirmó Ian.

— Recibido. Listo en cabina —respondió Noah desde el fondo del helicóptero, comprobando sus monitores desfibriladores y mochilas de trauma.

— Entendido. Vamos para abajo —sentencié.

Me enganché al mosquetón de la grúa de rescate, seguido de Ian. Caleb nos sacó de la cabina y el cable de acero nos bajó con una fluidez milimétrica, atravesando la densa capa de humo gris, hasta que nuestras botas pesadas tocaron el suelo cubierto de ceniza ardiente. Nos desenganchamos al unísono.

Hice un barrido rápido de la zona exterior en un giro de 360 grados.

—No hay fuego activo en el perímetro inmediato, pero el suelo está hirviendo —informé por radio. Saqué mi cámara térmica infrarroja del arnés—. Ian, no toques absolutamente nada antes de que la compruebe con el térmico. Las brasas latentes funden el kevlar.

—Recibido, Luke. A tus seis.

Entramos por un enorme hueco reventado en la pared de ladrillo.

El interior era un laberinto claustrofóbico.

Gran parte del techo de chapa se había desplomado, y las vigas maestras de acero, retorcidas por los más de mil grados de temperatura que debió alcanzar la explosión, formaban ángulos antinaturales sobre los escombros.

Nos movimos despacio. Donde yo apuntaba, Ian cubría. No tocamos nada. El crujido de la madera calcinada bajo nuestras botas era el único sonido, aparte del rugido lejano del helicóptero.

—¡Rescate Aéreo! —gritó Ian, con su vozarrón profundo resonando en el hangar destruido—. ¡¿Hay alguien vivo?! ¡Gritad o golpead algo!

Silencio.

Avancé escaneando el suelo con la pantalla de la cámara térmica. De pronto, un destello rojo intenso captó mi atención, pero no era calor residual; era una firma térmica biológica debilitada entre el blanco de los escombros calientes. Bajé la cámara.

—Ian. A las tres. Tras los paneles —le indiqué.

Divisé una pesada bota de trabajo de punta de acero que sobresalía de un amasijo de tablones de madera profundamente chamuscados.

Nos acercamos con cuidado, evaluando la estabilidad del techo sobre nosotros antes de arrodillarnos. Ian retiró un par de planchas ligeras. Debajo, yacía un hombre sepultado. No hizo falta mover la viga principal que le cruzaba el pecho para saber el pronóstico.

Ian extendió dos dedos y los presionó contra el cuello cubierto de polvo del trabajador. Negó con la cabeza, con expresión sombría tras el visor.

—Negativo. No hay pulso —evaluó Ian, su tono volviéndose puramente clínico y profesional—. La caja torácica está aplastada. Probablemente murió en el acto por el colapso de la viga o por asfixia masiva por humo. No presenta quemaduras graves de contacto.

Ian se enderezó y pulsó el comunicador de su pecho.

—Alfa Uno, aquí Collins. Tenemos a un paciente Código Negro. Muerto en el lugar. Transmítelo a mando unificado para que envíen a recuperación de cadáveres cuando se asegure la zona.

— Recibido, Ian. Mando informado —contestó Caleb.

Apenas unos segundos después, Ian levantó la mano enguantada y señaló hacia un montículo de escombros más profundo en la estructura, a nuestra derecha.

—Luke. Mira allí.

Había otro cuerpo tirado bocarriba, parcialmente oculto bajo los restos de un techo de uralita y aislante derretido. Nos aproximamos con máxima cautela, pisando donde los soportes de carga seguían intactos.

Levanté la cámara térmica.

—Temperatura de los restos sobre él: cuatrocientos grados. Cuidado, Ian. Usa la palanca.

Con un movimiento coordinado y preciso, Ian introdujo su herramienta bajo la plancha de madera humeante que cubría al hombre y la apalancó hacia atrás, retirándola sin provocar derrumbes secundarios.

El hombre estaba vivo, pero apenas. Ian cayó de rodillas y le buscó el pulso en la carótida.

— ¡Tenemos pulso! Muy taquicárdico, pero está vivo —anunció Ian, evaluando rápidamente los daños visuales—. Inestable. Vía aérea parcialmente comprometida. Toda la parte derecha de su cuerpo está brutalmente quemada.

Me agaché junto a él. Había visto a grandes quemados en mis años en primera línea.

El mono de trabajo del hombre se le había derretido e incrustado en la piel del brazo y el costado derecho.

El pelo estaba chamuscado y el tejido estaba carbonizado.

Sabía que este hombre estaba en estado crítico, entrando en un shock por dolor masivo y pérdida de fluidos, pero si lo sacábamos ahora mismo, Gia y los cirujanos en el Regional podrían hacer un milagro. Aún tenía una oportunidad.

—Alfa Uno, aquí Holloway —hablé por el comunicador, firme y rápido—.

Tenemos un superviviente crítico. Gran quemado por contacto térmico, cara derecha, extremidad y torso.

Posible inhalación aguda. Necesitamos a Noah aquí abajo, ahora mismo.

Dile que traiga la mochila de vía aérea, analgesia fuerte y sueros fríos.

— Recibido —la voz de Caleb sonó cortante—. Preparando el descenso de Noah. Desplegando grúa en diez segundos.

Miré a Ian, que ya estaba despejando los pequeños escombros alrededor del herido para hacer espacio para el paramédico.

El zumbido ensordecedor del Alfa Uno sobre nosotros hacía vibrar las vigas de acero retorcido. A través del agujero del techo, vi la eslinga descender de nuevo, cortando el humo espeso.

Noah aterrizó con la suavidad de un gato a dos metros de nosotros. Llevaba la pesada mochila de trauma rojo brillante pegada al pecho y el monitor desfibrilador colgado al hombro. Se desenganchó rápidamente y se apresuró a través del laberinto de escombros, esquivando las brasas latentes.

La concentración de los tres en ese momento era absoluta. Una burbuja de silencio se formó a nuestro alrededor. Sabíamos que debíamos trabajar rápido, eficiente y bien. Aquel hombre destrozado solo tenía una oportunidad de salir de allí, y éramos nosotros.

Noah se dejó caer de rodillas junto al herido.

—¡¿Cómo lo tenemos?! —preguntó, abriendo la mochila y sacando el tensiómetro y el pulsioxímetro.