Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTICINCO #3
85%

VEINTICINCO #3

—Dime qué está pasando ahí arriba —le exigí, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba.

— Es un monstruo, Gia —me confesó, respirando con agitación—.

El incendio se ha encontrado con las mejores condiciones posibles para descontrolarse.

La alineación es perfecta: tenemos una carga de biomasa seca que no se ha limpiado en años, el viento está creando corrientes ascendentes de ladera, y el fuego ha coronado.

Se alimenta de oxígeno a una velocidad que no podemos contener.

Escuché la voz de Caleb Donovan gritando algo en segundo plano a través de la radio de Luke.

— Han ampliado la zona de prealerta a todo el cuadrante sur —continuó Luke, alzando la voz por encima del ruido—.

El centro de mando acaba de autorizar que los smokejumpers hagamos saltos tácticos en zonas estratégicas, por delante de la cabeza del incendio, para intentar abrir líneas de defensa manuales a la desesperada y frenar el avance.

La Guardia Nacional también está movilizando dos convoyes terrestres.

Empecé a asustarme de verdad. Saltos tácticos por delante del fuego. Estaban a punto de tirarse en paracaídas directamente en la garganta del infierno.

—Luke... dime la verdad. ¿Qué pasa con Raven Ridge? —pregunté, con la garganta seca como el papel de lija.

El silencio de Luke duró apenas un segundo.

— Yo también estoy preocupado, nena. El viento está empujando el flanco derecho directamente hacia la zona residencial —me dijo, y escuché la frustración arañando su garganta—.

Ethan está a punto de perder la cabeza. Está aterrorizado por Leah.

Lleva horas intentando comunicarse con ella y no responde al teléfono.

No podemos contactar con ella de ninguna manera.

La imagen de Leah en la cabaña, sola y acariciando su vientre abultado de ocho meses, apareció en mi mente. Ella no tenía cómo salir de allí.

Me enderecé, separándome de la pared. Mi cerebro hizo clic. Dejé de ser la novia asustada y volví a ser la jefa de urgencias.

—Luke, escúchame bien —le ordené con una voz firme y gélida, cortando su pánico—. No te preocupes. Dile a Ethan que se centre en su trabajo y que no cometa ningún error ahí arriba por la ansiedad. Yo me encargo de todo aquí abajo. Voy a localizar a Leah y enviaré a alguien a buscarla ahora mismo.

— Gracias, nena. No sabes el peso que me quitas de encima —resopló Luke, y pude imaginarlo subiéndose la cremallera del mono ignífugo hasta el cuello—. Te amo.

—Y yo a ti. Ten muchísimo cuidado, por favor.

— Siempre.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando la pantalla en negro durante unos segundos. A pesar del alivio de haber escuchado su voz, una profunda desazón se instaló en mis entrañas.

Fui a la lista de contactos, busqué el número que Leah me había dado y pulsé el botón verde.

Me llevé el teléfono a la oreja. Nada.

«El teléfono móvil al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento...»

Colgué y volví a marcar. Una y otra vez. Bombardeé su número durante tres minutos enteros, tecleando con tanta fuerza que casi rompo la pantalla, pero el resultado fue el mismo. Era como si su teléfono se hubiera desconectado por completo de la red.

Miré por la ventana del pasillo. El cielo sobre Wildwater Falls ya no era azul; había adquirido un tinte anaranjado, antinatural y apocalíptico, y el sol era apenas un disco rojo oculto tras una cortina de humo en expansión.

El incendio debía estar devorando los repetidores de telefonía de la montaña.

Mi mente unió los puntos a una velocidad vertiginosa.

Raven Ridge estaba en zona de prealerta oficial.

Si la situación empeoraba —y Luke acababa de confirmarme que iba a empeorar drásticamente— y las sirenas de evacuación sonaban, Leah estaba absolutamente sola.

Sola, asustada, embarazada sin un puto coche para salir de la zona de peligro.

Los servicios de emergencia y las patrullas del Sheriff estaban completamente saturados intentando evacuar los polígonos y las carreteras principales.

No había ambulancias disponibles para hacer de taxi preventivo.

Miré hacia el control de enfermería. Mac estaba allí, atendiendo a un paciente leve con oxígeno. Sloane y Hannah tenían la planta de trauma bajo control. Habíamos pasado lo peor del pico de heridos del aserradero; ahora solo quedaba la vigilancia.

Guardé el teléfono en mi bolsillo y tomé una decisión.

Seguramente, a nivel de protocolo, no era la decisión más brillante, racional o segura que había tomado jamás. De hecho, internamente sabía que era una completa locura temeraria. Pero yo tenía un mal presentimiento que me quemaba las entrañas, y mi único instinto era salvar vidas.

Me arranqué la bata de protección, me quité el fonendoscopio del cuello y lo dejé sobre el mostrador.

Me di media vuelta y salí corriendo por las puertas de Urgencias hacia el aparcamiento, sacando las llaves del coche de mi bolsillo, dispuesta a subir a esa maldita montaña, sacar a Leah de allí y traerla al hospital antes de que el fuego nos atrapara a las dos.