VEINTICINCO #2
Las puertas automáticas se abrieron y Sloane entró en Urgencias. La directora médica del hospital ya no tenía su habitual aura de control.
—Buen trabajo aquí abajo, equipo —nos felicitó Sloane —. Pero me temo que el aserradero solo era el principio.
Me enderecé de inmediato, sintiendo cómo los músculos se me volvían a tensar.
—¿A qué te refieres, Sloane? —preguntó Mac, tragando el último bocado de su barrita.
—El incendio se ha descontrolado —informó con un tono sombrío—.
La explosión de polvo de sierra generó demasiadas pavesas ardientes, y los vientos del este las han empujado hacia la masa forestal.
El fuego ha saltado del polígono al bosque.
Se ha convertido en un incendio forestal masivo en cuestión de un par de horas.
Sloane nos miró a los tres, evaluando nuestra capacidad de respuesta.
—El valle entero ha entrado en prealerta.
Todos los medios de emergencia del condado, de los condados vecinos y la Base de Rescate Aéreo están desplegándose en la región.
Tenemos a los smokejumpers saltando sobre la cresta norte al este del incendio de hace semanas, intentando abrir cortafuegos manuales para frenar el avance hacia el sur.
En principio, las zonas residenciales de Raven Ridge y el lago están a salvo, pero el centro de mando está haciendo un seguimiento hora a hora.
El oxígeno abandonó mis pulmones de golpe.
Luke. Luke era uno de los smokejumpers que estaban ahí arriba. Él era el especialista.
—Disculpadme un segundo —solté, con la voz ahogada.
Sin esperar respuesta, me separé de la pared y salí casi corriendo por el pasillo hacia mi despacho en la zona administrativa. Cerré la puerta tras de mí, con las manos temblando de forma incontrolable. Me acerqué a la mesa, abrí el cajón superior y saqué mi teléfono móvil.
La pantalla estaba llena de notificaciones, pero mis ojos buscaron frenéticamente su nombre. Tenía tres mensajes de Luke de hacía más de tres horas.
Luke: Gia, el aserradero ha prendido el bosque. Nos acaban de activar. Me integro con el equipo Alfa, nos estamos preparando para intervenir desde el aire y desplegar a los saltadores.
Quince minutos después.
Luke: He visto la magnitud térmica desde el satélite. Es un desastre. Los vientos están creando focos secundarios. Las previsiones meteorológicas no son nada buenas, nena. Vamos a estar todo el día peleando con esto. No creo que tenga cobertura ahí arriba.
Cinco minutos después
Luke: Te amo.
Se me cortó la respiración. Llevé el teléfono contra mi pecho, presionándolo sobre el pijama médico, justo encima de mi corazón desbocado.
Inspiré hondo, intentando frenar el pánico. Marqué su número. Sabía perfectamente que no podría cogerlo, pero si tenía suerte, su teléfono registraría la llamada y me la devolvería cuando encontrara un claro de cobertura.
Dio un tono. Dos. Tres. Y saltó el buzón de voz.
—Luke... —empecé a grabar el mensaje de audio, con la voz entrecortada, apretando los ojos para no llorar—.
He visto tus mensajes. Sé que estás ahí arriba.
Por favor... por favor, ten mucho cuidado.
Lee el fuego, haz lo que mejor sabes hacer, pero no asumas riesgos estúpidos.
Vuelve de una pieza. Vuelve conmigo, cariño. Te amo.
Envié el audio, bloqueé el móvil y me lo guardé en el bolsillo del pantalón. Tragué saliva, me sequé las palmas de las manos en la bata y me obligué a recomponerme. Era la jefa de Urgencias. Tenía un departamento lleno de víctimas que dependían de mí.
Salí del despacho y regresé a paso rápido al control central.
Savannah estaba de pie tras el mostrador, pasando información a una tableta digital.
—Sav, dame el parte general. ¿Cómo siguen los heridos? —le exigí, asumiendo de nuevo el mando.
Mi hermana levantó la vista, profesional y centrada.
—Hemos recibido un total de veinticuatro pacientes del aserradero, Gia.
Quince casos leves por inhalación de humo y crisis de ansiedad que ya están con oxígeno en la zona verde.
Seis pacientes en la zona amarilla con quemaduras de primer y segundo grado que Mac ya ha desbridado y vendado. Y tres críticos en trauma.
Savannah deslizó el dedo por la pantalla.
—Acabo de colgar con el interfono de quirófanos.
Hannah y Logan han terminado con el paciente politraumatizado.
La reducción de la cadera rota ha sido un éxito y han cauterizado la arteria pélvica.
Está en la UCI, pero estable. El hombre con las manos quemadas está sedado y en la unidad de quemados.
De momento, todos los pacientes críticos están estabilizados.
Solté un suspiro tan profundo que me dolieron las costillas. Me pasé una mano por la cara.
—Nadie ha muerto —murmuré, sintiendo un alivio que me aflojó las rodillas por un segundo.
—Has salvado la situación, doctora Robbins —me corrigió Savannah, mirándome con un orgullo evidente—. Tu triaje en la bahía ha sido impecable.
Antes de que pudiera responder, Mac, que seguía apoyado contra la pared de la sala de descanso, soltó una maldición en voz baja.
—Joder —masculló.
Nos giramos hacia él. Estaba mirando la pantalla de su móvil con el ceño fruncido, su actitud relajada esfumándose en una milésima de segundo.
—¿Qué pasa, Mac? —preguntó Savannah, acercándose a él.
—Acabo de recibir un aviso de emergencia —informó Mac, levantando la vista, con los ojos clavados en mí—. Gia, Raven Ridge acaba de entrar en prealerta oficial de evacuación.
—¿Qué? —exclamé, acercándome de golpe—. Sloane acaba de decir que la zona residencial estaba a salvo.
—Lo estaba hace media hora —explicó Mac, mostrándonos el mapa meteorológico en su teléfono—.
Los vientos racheados están haciendo imposible la contención.
El fuego ha saltado de las faldas y ha coronado.
Se ha convertido en un fuego de copas. Solo es una prealerta, de momento no es nada, pero las previsiones de viento y humedad no son nada buenas.
El corazón se me detuvo.
—Octavia... —susurró Savannah, llevándose las manos a la boca, aterrorizada por su sobrina.
—Tranquila, Sav —la cortó Mac de inmediato—. Octavia estaba en el dojo de Violet Grant, mis padres han ido a buscarla hace una hora. Están en el centro del pueblo, lejos del valle, a salvo. Hannah puede seguir operando tranquila. Y Caleb concentrado en sobrevolar ese infierno.
Savannah asintió, recuperando el aliento. Pero el mío no volvió.
Un pálpito frío me recorrió la espina dorsal.
—Leah —dije, con la voz vacía.
Mac y Savannah me miraron, confusos.
—Gia, ¿de qué hablas? —preguntó mi hermana.
—Leah, la mujer de Ethan, el amigo de Luke —expliqué rápidamente, sintiendo que el pulso me retumbaba en los oídos—. Está alojada en la cabaña de Luke, en Raven Ridge. Dijo que se quedaría todo el día descansando en casa mientras nosotros veníamos al hospital y Ethan iba a la base.
Maldije en voz alta, agarrándome el pelo con desesperación.
—Está sola, Mac. Leah está en la cabaña, sola, sin coche y embarazada de ocho meses. Si el fuego de copas avanza, si ordenan la evacuación inmediata con sirenas, el humo y el pánico... no puede huir rápido, no conoce los senderos, no tiene a nadie.
—No nos avancemos aún —dijo Mac —. De momento está en el terreno seguro.
Pero no podía evitar esa sensación de fatalidad en la boca del estómago.
✽✽✽
—Terminamos de vendar este brazo —le indiqué al paciente, envolviendo con sumo cuidado la gasa estéril sobre la gruesa capa de antibiótico tópico que acababa de aplicarle—. Has tenido muchísima suerte. Son quemaduras de segundo grado profundo, pero no han llegado al músculo.
El hombre, exhausto y cubierto de hollín, asintió débilmente. Debía pensar que la suerte era relativa.
Justo cuando estaba fijando el vendaje con esparadrapo, sentí una vibración insistente contra mi muslo. Mi teléfono personal, guardado en el bolsillo lateral del pijama médico, estaba sonando. Fruncí el ceño.
Me quité los guantes manchados de crema y me dirigí a mi hermana.
—Sav, ponle cuatro miligramos más de morfina intravenosa y monitoriza su saturación de oxígeno. Vuelvo en un segundo.
Salí del box a paso rápido, frotándome las manos con gel hidroalcohólico, y saqué el teléfono. Cuando vi el nombre iluminado en la pantalla, las rodillas casi me fallaron. El alivio fue tan fuerte que tuve que apoyar la espalda contra la pared del pasillo.
Era Luke.
Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato a la oreja con manos temblorosas.
—¿Luke? Gracias a Dios —solté, cerrando los ojos con fuerza.
— Gia... —Su voz sonó distorsionada, ahogada por un ruido ensordecedor de fondo.
Era el zumbido inconfundible de los rotores de un helicóptero a máxima potencia y de alarmas de aviación—.
Estoy bien, nena. Pero no tengo demasiado tiempo.
Hemos regresado a la base solo para hacer un repostaje en caliente, pero tenemos que volver a salir de inmediato.
Abrí los ojos. El tono de Luke no era el del hombre calmado que me preparaba el desayuno.