VEINTICINCO
Georgia
H abía pasado exactamente una semana desde el incidente con Evelyn en la terraza del hotel.
Por lo que sabíamos a través del silencio en nuestros teléfonos, mi madre se había marchado del pueblo y regresado a Portland.
Tanto Savannah como yo albergábamos la profunda, casi desesperada esperanza, de que fuera para no volver jamás.
Era martes por la mañana. Estaba de pie frente al mostrador principal del control de enfermería, sosteniendo un vaso de cartón con café negro en una mano, mientras con la otra pasaba las páginas de una pesada carpeta de expedientes de gastos y revisaba los cuadrantes de turnos de la semana siguiente.
Savannah salió de la sala de suministros contigua, cargando una caja de sueros fisiológicos. Al verme allí plantada, apoyando los codos sobre el mostrador, se detuvo y arqueó una ceja.
—¿No te asignó la junta un despacho enorme, insonorizado y con sillón de cuero para que hicieras precisamente tus tareas administrativas, jefa? —me preguntó mi hermana, con una sonrisa burlona asomando en los labios.
Levanté la vista de los papeles y la miré con fingida ironía.
—Sí, Savannah, lo tengo. Pero mi maravilloso despacho está en la otra punta del departamento de Urgencias —le repliqué, dándole un sorbo al café—.
Si me encierro allí, pierdo por lo menos diez valiosos segundos de sprint si entra un aviso crítico.
Desde aquí, en cambio, estoy a cinco metros de la bahía de ambulancias y a dos de la cafetera.
Savannah se echó a reír, negando con la cabeza y dejando la caja de suministros en el suelo.
Pero su risa fue brutalmente interrumpida.
El sonido estridente y agudo de la alarma general cortó el ambiente relajado de Urgencias como una guillotina. La luz roja del techo empezó a girar, bañando los pasillos en destellos de emergencia.
Sloane, apareció corriendo por las puertas batientes del pasillo administrativo. Venía con el teléfono pegado a la oreja y el rostro pálido.
—¡Georgia! ¡Aviso de activación por múltiples víctimas!
—gritó Sloane, colgando el teléfono y acercándose al mostrador a toda prisa—.
Se ha declarado un incendio de nivel tres en el aserradero de Juniper Road hace media hora.
Ha habido una explosión de polvo de sierra.
Los equipos de emergencias terrestres y la base aérea de rescate están ya en camino.
El jefe de bomberos me confirma que esperamos la llegada de heridos de distinta consideración en los próximos quince minutos.
El estómago me dio un vuelco. El aserradero.
Llevábamos meses recibiendo heridos y accidentados del mismo lugar.
En ese aserradero pasaba algo. Pero lo que teníamos entre manos era otra historia y potencialmente más catastrófica.
Había llegado el momento de mostrar de qué estaban hechos los equipos de emergencia y el equipo de Urgencias de Wildwater Falls.
—Savannah —grité, dejando caer el café en la papelera—. Activa el protocolo de Urgencias para múltiples víctimas. Código Naranja. Despejad la sala de espera, desviad a todos los pacientes leves a las clínicas ambulatorias. Quiero que reorganicéis el espacio central para un triaje masivo.
—¡En marcha! —Savannah no dudó. Agarró el comunicador general—. Atención a todo el personal de Urgencias, Código Naranja, despejen boxes y preparen zonas de triaje rojo, amarillo y verde.
—Avisa a Trauma —continué ordenando, poniéndome la bata de aislamiento y los guantes a velocidad de vértigo—. Que preparen todos los quirófanos que tengan libres y que bajen a la línea de frente.
Las dobles puertas se abrieron de golpe y Mac apareció a la carrera, deslizándose por el linóleo, abrochándose su propia bata sobre el pijama médico.
—¿Qué tenemos entre manos, Gia? —preguntó Mac, con los ojos brillando de pura adrenalina.
—Incendio y explosión estructural en el aserradero de Juniper.
Múltiples víctimas inminentes —le informé, señalándolo con el dedo—.
Mac, tú eres mi mano derecha hoy. Has sido médico militar, has visto más quemaduras en combate e inhalación de tóxicos que cualquiera de nosotros.
Te quiero en la línea de triaje de la bahía de ambulancias conmigo y con Savannah.
Mac asintió, su postura cambiando instantáneamente.
—Entendido. Quemaduras de vías aéreas, politraumatismos por aplastamiento y shock hipovolémico. Voy a preparar los kits de intubación rápida y los accesos venosos centrales con Savannah.
Sloane me miró, viendo cómo el departamento entero se transformaba en una máquina de guerra perfectamente engrasada bajo mis órdenes.
—Dejo las Urgencias en tus manos, Gia —me dijo la directora, dando un paso atrás—. Subo a la planta de Trauma y al helipuerto para coordinar la llegada de los vuelos.
Sloane desapareció por los ascensores.
Inspiré fuerte, cerrando los ojos un milisegundo.
Deseé con todas mis fuerzas que el centro de comunicaciones y coordinación de urgencias que estábamos montando estuviera ya operativo; nos habría dado telemetría en directo desde el aserradero.
Sabía que este iba a ser un día extremadamente largo y duro para todos, y que Luke debía estar ya sobrevolando ese infierno.
—¡Atención! —gritó Savannah desde las puertas de cristal—. ¡Llegan las primeras tres ambulancias!
El sonido ensordecedor de las sirenas inundó la bahía. Salimos al exterior. El olor a humo rancio y a carne quemada nos golpeó en la cara incluso antes de que abrieran las puertas traseras de los vehículos.
—¡Triaje rápido! —ordené por encima del ruido de los motores—. ¡Identificad vías aéreas comprometidas!
Atendimos a los tres primeros: dos hombres con intoxicación severa por monóxido de carbono, tosiendo hollín negro, y un caso crítico de quemaduras de tercer grado en el torso.
Mac intubó al quemado en la misma camilla de la ambulancia, sin dudar, asegurando su garganta antes de que el edema la cerrara por completo, y se lo llevó corriendo al box de críticos dos.
La cuarta ambulancia frenó en seco. Los técnicos bajaron una camilla manchada de sangre.
—¡Politraumatismo por aplastamiento! —gritó el paramédico, empujando la camilla hacia mí—. ¡Inhalación severa de humo! Parte de la estructura principal del techo del aserradero se le vino encima. Tensión cayendo a plomo, 70/40. Taquicárdico.
—¡Al box de trauma uno, ya! —ordené, corriendo junto a la camilla.
Entramos en el box. El paciente, un hombre robusto, estaba cubierto de polvo de sierra ensangrentado. Tenía el abdomen increíblemente distendido y la cadera deformada.
—Tiene una fractura de pelvis en libro abierto. Se está desangrando por dentro —diagnostiqué, pasando el ecógrafo portátil en tres segundos y viendo la sangre libre en la cavidad abdominal—. ¡Pasádmele un estabilizador pélvico! ¡Protocolo de transfusión masiva, ponedle O negativo a presión!
Agarré el cinturón de sujeción pélvica, lo deslicé bajo sus caderas y, con la ayuda de un enfermero, lo apreté con una fuerza brutal hasta escuchar el chasquido de los cierres, cerrando mecánicamente la pelvis rota para frenar la hemorragia.
—¡No remonta, hay que subirlo a quirófano! —grité, asegurando la vía intravenosa en el cuello del paciente.
Empujamos la camilla a la carrera fuera de Urgencias, directamente hacia los ascensores quirúrgicos. Las puertas se abrieron en la planta de quirófanos, y Logan Pierce, vestido con su traje quirúrgico estéril y la mascarilla puesta, nos estaba esperando junto a Hannah O'Malley.
—¡Fractura pélvica inestable, posible rotura de vasos ilíacos! ¡Te lo he estabilizado mecánicamente, pero es todo tuyo, Logan! —le informé, haciendo la transferencia en cuestión de segundos.
—¡Lo tengo, Gia! ¡Buen trabajo! —respondió el cirujano, metiendo la camilla a toda velocidad en el quirófano número uno.
Me giré, me quité los guantes ensangrentados, me puse unos nuevos de los bolsillos y bajé corriendo por las escaleras de emergencia para regresar a mi sala.
Al cruzar las puertas de Urgencias, el escenario era dantesco. El pasillo estaba lleno de camillas, y el humo impregnaba el ambiente.
—¡Gia, aquí! —me llamó Savannah desde una camilla en el pasillo.
Corrí hacia ella. Sobre la camilla había un hombre joven. Sus manos... sus manos estaban quemadas hasta el hueso. La piel colgaba en jirones carbonizados, y él temblaba incontrolablemente.
—Le he puesto morfina, pero sigue agitado —me informó Savannah, envolviéndole las manos en sueros fríos y estériles.
—Vamos a sedarlo, el dolor lo va a matar de un fallo cardíaco —indiqué, preparando una jeringa de Propofol.
Me enderecé. El sudor me caía por la frente. El ruido de las alarmas, los gritos médicos y las sirenas se fusionaron en un rugido continuo. Empecé a perder la cuenta de la cantidad de heridos que entraban por la puerta, de los litros de sangre transfundidos y de los tubos endotraqueales colocados.
Miré a Savannah, a Mac y al resto de mi equipo, que se movían con una eficiencia letal. Me ajusté la bata impermeable, apreté los puños y me preparé para recibir la siguiente camilla.
No iba a perder a nadie. Hoy, nadie iba a morir en mis Urgencias.
✽✽✽
Habían pasado cuatro horas desde que la alarma de múltiples víctimas trastocó un martes cualquiera. Cuatro horas de un baile caótico y ensangrentado en el que habíamos intubado, estabilizado, vendado y salvado todo lo que cruzó las puertas de la bahía de ambulancias.
El silencio que siguió a la tormenta era casi ensordecedor. El olor a humo rancio, a carne quemada y a yodo impregnaba cada rincón del departamento.
Me apoyé contra la pared de la sala de descanso anexa al mostrador, dejándome resbalar un poco hasta que mis hombros encontraron soporte.
A mi lado, Savannah estaba bebiendo agua de una botella de plástico como si llevara días en el desierto, y Mac devoraba una barrita energética con la mirada fija en el suelo, con el uniforme manchado de hollín y la mandíbula tensa.
Los tres estábamos físicamente destrozados, pero la adrenalina seguía zumbando en nuestras venas.