VEINTICUATRO #3
Gia giró la cabeza hacia ella tan rápido que casi pude escuchar el chasquido de sus vértebras. Se apoyó con ambas manos sobre el borde de la mesa de hierro, invadiendo el espacio personal de Evelyn, y la miró de frente.
—Eres una sanguijuela —le escupió Gia, con un asco tan profundo que hizo retroceder a Evelyn en su silla—.
Estoy harta de ti. Estoy harta de que intentes vivir tu patética vida de apariencias a través de mí.
Y estoy profundamente harta de verte machacar sistemáticamente a mi hermana porque no encaja en tus ridículos estándares sociales.
La cara de Evelyn se transformó. La sonrisa condescendiente desapareció, sustituida por una ira fea.
—No puedes hablarme así, ni puedes hacerme esto, Georgia —siseó su madre, apretando los puños sobre la mesa—. ¡Soy tu madre! Es tu obligación moral y legal cuidar de mí en mi madurez.
Gia soltó una carcajada amarga, cargada de una ironía letal.
—No te confundas. Tu obligación, la única que tenías en la vida, era ser una madre responsable, protectora y amorosa.
Y fracasaste estrepitosamente —sentenció Gia, irguiéndose con una dignidad que me dejó sin aliento—.
Mi única responsabilidad ahora es cuidar de las personas a las que amo, y de las que me aman a mí.
Y tú, Evelyn, hace muchísimo tiempo que no entras dentro de ninguna de esas dos categorías.
Gia se giró hacia mí, ignorando por completo los jadeos de indignación y las protestas airadas de su madre.
—Nos marchamos —me ordenó, agarrándome por la manga de la americana—. No voy a dejar que le des ni un maldito dólar.
No dije nada más. No soy un hombre estúpido. No iba a tentar a mi suerte llevándole la contraria ahora, arriesgándome a que su enfado se volviera contra mí. Asentí, me ajusté la chaqueta y me dispuse a seguirla fuera del hotel.
Entonces, la desesperación hizo que Evelyn perdiera los estribos por completo.
—¡Si cruzáis esa puerta, me encargaré de que salga en todos los medios de Portland!
—empezó a gritar su madre desde la mesa, perdiendo cualquier rastro de elegancia, con la cara roja de ira—.
¡Filtraré a la prensa que el gran heredero del imperio Holloway es un miserable, incapaz de tener un mínimo de piedad o consideración con la propia madre de su novia!
Me detuve en seco. Me giré lentamente, metí las manos en los bolsillos del pantalón y me eché a reír. Fue una risa genuina.
—Evelyn, a las revistas de cotilleo y a los periódicos financieros les importo un pimiento y la alta sociedad de Portland me importa un pimiento a mí—le aseguré, disfrutando de cómo su última carta se desintegraba en el aire—.
Absolutamente nada de lo que digas puede afectar a mi reputación ni al valor de mis acciones.
Es más, conociendo tu historial... te garantizo que, si algún periodista escarba un poco en el asunto, la junta directiva de la corporación Holloway me felicitará públicamente por haberte cortado el grifo.
Gia, sin embargo, no había terminado. Soltó mi brazo, dio dos pasos de vuelta hacia la mesa y enfrentó a su madre de forma definitiva.
—Aléjate de mí. Y aléjate de Savannah —le advirtió Gia, con un tono peligrosamente bajo y controlado—.
Te lo digo muy en serio. Si vuelves a pisar este pueblo, si intentas presentarte en mi hospital, o si tienes la osadía de ponerte en contacto con alguna de nosotras dos por cualquier medio...
yo misma le pediré a los implacables abogados corporativos de Luke que busquen hasta el más mínimo resquicio legal para dejarte en la puta calle.
Evelyn abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—Y empezaré pidiéndoles que investiguen toda la información disponible sobre tu dudosa y milagrosa apropiación total de la herencia de papá —añadió Gia, asestando el golpe de gracia, clavando la estocada hasta la empuñadura—.
Una herencia de la que ni Savannah ni yo hemos visto ni un solo céntimo desde que murió.
¿Crees que sobrevivirías a una auditoría forense, madre?
Evelyn se tensó como la cuerda de un arco. Su rostro se volvió ceniciento.
—No... no serías capaz —tartamudeó, con el terror asomando por fin a sus ojos.
Gia dio un paso atrás, la miró de arriba abajo con absoluta indiferencia y subió la apuesta.
—Pruébame.
El silencio cayó sobre la mesa de hierro como una losa de hormigón.
—Adiós, madre.
Gia se dio la vuelta, me agarró de la mano y tiró de mí.
Salimos del jardín trasero y cruzamos el vestíbulo del hotel sin mirar atrás, dejando a Evelyn Robbins reducida a la nada en una terraza de las montañas de Oregón.
Una vez fuera, bajo el sol del mediodía, miré a mi mujer caminar junto a mí hacia el coche. Caminaba con la espalda recta, con paso firme y la cabeza alta. Me sentí inmensamente orgulloso de ella. Orgulloso de su fuerza, de su valentía y de la fiereza con la que había defendido nuestra vida.
Pero lo que más me gustaba de la mujer que caminaba a mi lado era la paz absoluta que irradiaba su rostro. Por primera vez desde que la conocía, Georgia Robbins parecía haber cerrado el capítulo más oscuro y tóxico de su pasado.
Y esta vez, lo había cerrado para siempre.