Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTICUATRO #2
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VEINTICUATRO #2

Seguí en absoluto silencio, mirándola, esperando su respuesta.

Finalmente, soltó un pequeño suspiro de mujer de mundo, descruzó las piernas y se inclinó levemente hacia mí.

—Bien, ya que insistes en ser tan... pragmático —empezó Evelyn, con una calma espeluznante—.

Creo que la madre de tu novia, una mujer de mi posición, no debería verse obligada a vivir en la habitación de un hotel perdido en la montaña durante sus supuestas vacaciones.

Lo adecuado para mi bienestar, y para el bienestar emocional de mis hijas, sería que yo tuviera una casa propia.

Una propiedad adecuada, de buen nivel. Con personal de servicio que me ayudara a mantenerla, por supuesto.

Y, francamente, creo que mi ritmo de vida en Portland debería ser mucho, mucho más cómodo de lo que es ahora para evitar... disgustos.

Levanté una ceja. No estaba ni remotamente sorprendido. Era exactamente lo que me temía, y al mismo tiempo, era la confirmación que necesitaba.

—Entonces, quieres dinero —resumí, sin anestesia.

Evelyn torció el gesto, fingiendo un ligero desagrado.

—Esa es una forma increíblemente fría y vulgar de decirlo, Luke.

Y luego, se encogió de hombros, asumiendo su propia codicia sin el más mínimo pudor.

Estaba furioso. Un cabreo oscuro y espeso me hervía en las venas.

Que esta mujer viera a su hija, la mujer que yo amaba con toda mi alma, como una simple cuenta bancaria o un trampolín social me revolvía el estómago.

Pero, por otro lado, el hombre de negocios que llevaba dentro acababa de apuntarse una victoria masiva.

Ahora ya sabía cómo operaba. Y, sobre todo, ahora ya sabía exactamente cómo tenerla atrapada y callada para siempre.

Asentí lentamente.

—La comodidad tiene un precio, Evelyn —le advertí, con la voz plana—. Un precio muy específico que, si no pagas de forma religiosa, hará que todas esas maravillosas comodidades desaparezcan de tu cuenta corriente de la noche a la mañana.

Evelyn se inclinó un poco más hacia delante, apoyando la barbilla en la palma de su mano de forma que ella consideraba elegante y sugerente.

—Soy toda oídos —repitió, relamiéndose los labios.

Sonreí.

—Mis normas para este acuerdo son muy sencillas —establecí, marcando cada palabra en el aire entre nosotros—.

Una vida cómoda, en una casa adecuada, con un cheque a principios de cada mes...

a cambio de no contactar, no ver, no llamar y no perseguir jamás a mi mujer ni a su hermana.

Eso incluye tanto a Georgia como a Savannah y todo su entorno.

Ni mensajes, ni llamadas a mi madre, ni numeritos en el hospital. Dejas de existir para ellas. Hoy mismo.

Evelyn soltó una carcajada cristalina, como si acabara de contarle un chiste buenísimo.

—Ay, Luke, cariño... Eso puede parecer muy sencillo sobre el papel para un hombre de negocios —me amonestó, con un tono condescendiente—.

Pero yo soy su madre. ¿Qué demonios se va a preguntar la alta sociedad de Portland cuando yo no aparezca en tu futura boda con Georgia?

¿Qué va a responder tu pobrecita Gia cuando tus amigos empresarios, los socios de tu corporación, le pregunten en algún evento por su familia, y ella no sepa qué decir porque su madre no está invitada?

Mi sonrisa se ensanchó aún más abiertamente, afilada y letal.

—Dirá que te has muerto —respondí con una tranquilidad pasmosa—. O, en su defecto, les diremos que tu salud mental, lamentablemente, está tan deteriorada que te encuentras recluida en una clínica de lujo en Suiza. Ya me encargaré yo de pagar el comunicado de prensa si hace falta.

Vi cómo la furia y la ofensa impregnaban la mirada de Evelyn, rompiendo por un segundo su máscara de sofisticación.

Lo vi claro: no solo era una mujer codiciosa que buscaba una vida pagada de lujos y comodidades para no dar un palo al agua; también quería la vida social y las portadas de revista que le podía proporcionar mi apellido.

—Es verdaderamente curioso —añadí, observándola con asco—, que no te preocupes en absoluto por esas mismas apariencias sociales con respecto a tu hija pequeña.

Evelyn hizo un gesto desdeñoso con la mano, apartando a Savannah de la conversación como si fuera una mosca molesta.

—Por favor. Savannah jamás logrará nada más importante en la vida que casarse con ese patético bombero con el que se acuesta. Un paleto de pueblo que se cuelga de la cuerda de un helicóptero para ganarse un sueldo miserable. No tiene nada que aportar a mi imagen.

Volví a levantar una ceja, irónico, porque en el fondo, despojado de mi herencia, eso era exactamente lo que era yo. Un tipo de pueblo que se colgaba de los helicópteros para salvar bosques. Y Savannah era mi familia.

Me eché hacia adelante.

—O lo tomas, o lo dejas, Evelyn —la presioné, cerrando la trampa de acero sobre su cuello—.

Estas son mis condiciones. Y son absolutas, inamovibles y sin ningún tipo de excepción.

Firmas un contrato de cese de contacto y confidencialidad con mis abogados hoy mismo, te marchas a Portland, dejas en paz a mi familia, y yo me encargaré de que no te falte un cheque a fin de mes.

Si rompes el acuerdo, te juro que usaré todo mi poder para dejarte en la más absoluta de las miserias.

Evelyn me sostuvo la mirada durante un minuto entero.

Fue un silencio tenso, casi eléctrico. Intentó detectar alguna fisura en mi postura, algún punto débil en mi propuesta, un resquicio por el que colar otra demanda.

Pero no lo encontró. Sabía que no había puntos débiles en mis condiciones. Era un contrato blindado.

Evelyn se echó hacia atrás en la silla, le dio un delicado sorbo a su café para ganar tiempo y, finalmente, me miró.

—Acepto —sentenció.

Asentí, dándolo por zanjado. Hice ademán de levantarme de la silla.

—Perfecto. Mis abogados de Portland se pondrán en contacto con el tuyo esta misma tarde. Te enviarán las estipulaciones legales a las que estarás vinculada de forma vitalicia y el importe exacto de las asignaciones mensuales que...

Un pequeño revuelo en la zona de recepción del hotel me interrumpió de golpe.

Escuché voces alzadas.

—¡Señora, no puede pasar por ahí, son los jardines privados! —gritaba el joven recepcionista.

—¡Aparta de mi camino!

La pesada puerta de cristal que daba al jardín trasero se abrió de sopetón, golpeando contra la pared de piedra con un estruendo brutal que hizo saltar a Evelyn en su silla.

Me giré, confuso.

Y allí, en el umbral de la puerta, vi a Gia.

Estaba de pie, plantada con las piernas ligeramente separadas. Llevaba su pijama médico azul marino, pero aún calzaba sus zapatillas de calle. Tenía la media melena cobriza recogida de mala manera con una pinza de plástico, y respiraba con tanta fuerza que su pecho subía y bajaba violentamente.

Estaba increíblemente sexy.

Pero lo más impactante eran sus ojos. Echaban chispas. Eran dos pozos de furia.

Nos miró de frente a los dos, evaluando la escena de la mesa con una rapidez demoledora. Su pecho se infló al tomar una enorme bocanada de aire.

—¡No vas a hacer ningún trato con ella! —gritó Gia a pleno pulmón.

Me puse en pie de un salto, sorprendido por la irrupción de Gia. Al otro lado de la mesa, Evelyn también había dado un respingo, perdiendo por completo la compostura y mirando a su hija con los ojos muy abiertos.

Di un paso rápido hacia Gia, levantando las manos en un gesto apaciguador para intentar calmar la tormenta que traía en la mirada.

—Gia, nena, escúchame un segundo...

Ella ni siquiera se detuvo. Caminó con paso firme hasta nosotros, acortando la distancia, y me apuntó directamente al pecho con un dedo acusador.

—No vas a darle ni un solo céntimo a mi madre, Luke.

Y mucho menos a cambio de nada —me soltó, con la respiración agitada y la voz vibrando de pura rabia—.

Conozco perfectamente cómo funciona su cabeza.

Empezará con un cheque mensual y te exprimirá hasta la saciedad.

Es lo que hace siempre. Exprime a todo el mundo que tiene alrededor hasta que los deja secos.

Tragué saliva, intentando mantener un tono racional frente a su furia.

—Cariño, mírame —le pedí suavemente, bajando las manos—. Creo que le resultaría bastante difícil dejarme sin nada. Tengo los medios para mantenerla a raya.

—¡Me importa un reverendo pimiento tu jodida cuenta bancaria!

—me cortó Gia, fulminándome con la mirada—.

¡No vas a darle nada! Porque si cedes, si accedes a pagarle una vida de comodidades hoy, en seis meses querrá una vida de lujos.

Y si en algún momento le cierras el grifo o le dices que no, empezará a chantajearte con hacer exactamente eso que pretendemos evitar: meterse en nuestras putas vidas y arruinarlas.

Evelyn, que había recuperado parte de su falsa sofisticación, soltó una risa desdeñosa y puso los ojos en blanco.

—Ay, Gigi, por favor. Siempre has sido una chiquilla tan melodramática y exagerada...