Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTIDÓS #2
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VEINTIDÓS #2

Leah. La mujer del mejor amigo de Luke. La mujer que tenía frente a mí, a la que acababa de ofrecerle llevarla al médico, era la mujer con la que Luke había compartido su vida, su cama y su nombre durante tres malditos años.

No sabía cómo sentirme. El suelo de madera parecía tambalearse bajo mis pies.

No sabía qué responderle a Leah, que me miraba con una disculpa desesperada en los ojos, porque la única y aplastante realidad era que Luke no me había dicho absolutamente nada.

Me lo había ocultado. Desde que vi aquel tatuaje en la cabaña, desde que me dijo que su matrimonio había sido un error, no había mencionado el nombre de su exmujer ni una sola vez.

Y, mucho menos, me había advertido que íbamos a estar conviviendo a doscientos metros de ella todo el verano.

Ambas mujeres escuchamos el sonido de unas pisadas pesadas y unas risas masculinas acercándose por el pasillo.

Luke y Ethan estaban de vuelta.

Luke entró en la cocina con una sonrisa relajada, frotándose las manos tras el esfuerzo de cargar las maletas. Me miró, esperando encontrar la misma domesticidad cálida de hacía diez minutos.

Pero yo estaba rígida.

Me quedé mirándolo. Y de repente, la confusión y el shock se evaporaron. No sabía si tenía derecho a estar cabreada después de los secretos que yo misma había guardado durante doce años, pero esto era el presente. Esto era una traición a la confianza que acabábamos de reconstruir.

La sonrisa relajada con la que Luke había entrado en la cocina se borró de su rostro en el momento en que sus ojos registraron la tensión del ambiente. Su mirada viajó de la expresión de puro pánico de Leah a mi postura, rígida como una estatua de hielo junto a la isla de granito.

—¿Qué pasa? —preguntó Luke, frunciendo el ceño. Ethan, que venía justo detrás de él, también se detuvo en seco.

Leah estaba tan sorprendida y mortificada como yo, pero, a diferencia de mí, su cerebro no estaba bloqueado. Consiguió reponerse antes. Tragó saliva, se giró hacia su marido y le agarró del brazo con urgencia.

—Ethan, coge las llaves. Creo que deberíamos ir a dar una vuelta por el bosque —dijo Leah con un hilo de voz, tirando de él hacia el pasillo—. Gia y Luke tienen que hablar. A solas.

Aquello rompió mi parálisis.

—No —solté, con una voz tan fría y cortante que los tres me miraron—. No hace falta que nos dejéis solos. Es vuestra casa este verano.

Di un paso adelante, separándome de la encimera. Clavé mis ojos en los de Luke, sintiendo cómo el cabreo me subía por la garganta, ahogando cualquier otra emoción. Estaba furiosa.

—Me voy a mi cabaña —le anuncié, mirándolo con un desprecio momentáneo que lo dejó descolocado—. Cuando estés preparado para dejar de ocultarme cosas y decirme la jodida verdad, ya sabes dónde estoy.

Sin esperar a ver si me seguía o no, pasé por su lado rozándole el hombro, salí disparada por la puerta de la cocina, crucé el porche a zancadas y bajé las escaleras.

El sol de la mañana me golpeó la cara, pero yo hervía por dentro. Enfilé el camino de tierra y grava que separaba ambas propiedades en dirección a mi cabaña. No había dado ni veinte pasos cuando escuché el crujido apresurado de unas botas pesadas a mis espaldas.

—¡Gia! —me llamó Luke.

No frené. Apreté el paso, con los puños a los costados, negándome a facilitarle las cosas.

—¡Georgia, joder, párate!

Un segundo después, una mano grande y firme se cerró alrededor de mi muñeca. Luke tiró de mí con la fuerza suficiente para frenar mi avance y obligarme a girarme hacia él.

—Deja de huir de mí —me ordenó, con la mandíbula apretada.

Me solté de su agarre de un tirón violento. Ahora él también parecía enfadado, como si mi reacción de marcharme lo hubiera ofendido, y eso solo consiguió echar más gasolina a mi fuego.

—¡Tú no tienes ningún derecho a exigirme nada! —le espeté, señalándolo con el dedo índice directo al pecho—. ¡Ninguno!

Luke se quedó alucinado con mi actitud. Entornó los ojos ámbar, evaluando mi nivel de furia.

—¿Por qué demonios no me dijiste que Leah era tu exmujer?

—le grité, incapaz de contenerlo un segundo más.

Mi voz resonó en el silencio del bosque—.

¡Has tenido mil putas oportunidades de decírmelo, Luke!

Desde que estuvimos en la vieja cabaña, desde que vi tu tatuaje, ¡desde que decidimos que ella y Ethan iban a venir a vivir aquí!

Y siempre, siempre te lo has callado. Eso no es un pequeño detalle sin importancia.

¡No es algo que se olvide fácilmente! Eso es deliberado.

Luke cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro largo y resignado, pasándose una mano por el pelo revuelto. La tensión de sus hombros cayó.

—Tienes razón —admitió, mirándome directamente a los ojos con frustración—. No lo olvidé.

Me puse las manos en las caderas, cuadrándome frente a él. Estaba verdaderamente enfadada, pero mi mente necesitaba entender el motivo detrás del silencio.

—Entonces, ¿por qué? —le exigí saber, con la voz temblando de rabia—. Dime por qué me lo ocultaste.

Luke se encogió de hombros, un gesto de impotencia sincera, y me sostuvo la mirada sin apartarla.

—Gia... no tengo una sola razón específica para no habértelo dicho.

Todo se fue juntando —empezó a explicar, dando un paso hacia mí que yo no retrocedí—.

Al principio, cuando viste el tatuaje y te hablé del divorcio, no quería darte nombres.

Estaba muy cabreado contigo y no quería compartir nada más de mi vida privada.

Luego, cuando por fin confesaste la verdad sobre mi padre, estaba muchísimo más preocupado por reconstruir nuestra relación y volver a ganarme tu confianza que por ponerme a desenterrar a los fantasmas de mi pasado.

Me quedé en silencio, escuchando, con el ceño fruncido.

—Y más tarde... —Luke ladeó un poco la cabeza—. Más tarde simplemente ya no me pareció relevante.

Me eché a reír. Fue una risa irónica y carente de humor que resonó entre los pinos.

—¿No te pareció relevante? —repetí, incrédula—. ¿No te pareció relevante mencionarlo cuando supiste que Ethan y su mujer se iban a mudar al pueblo durante todo el puto verano y que íbamos a estar conviviendo a doscientos metros de ellos?

—¡No! ¡No me lo pareció! —replicó Luke, alzando la voz también—. Porque para mí, Leah solo es la mujer de mi mejor amigo y una buena amiga. Eso es todo lo que es hoy en día, Gia.

—¡También es tu exmujer! —le grité de vuelta, sintiendo un nudo en la garganta—.

Es la mujer con la que te casaste, Luke.

La mujer con la que compartiste una vida entera durante tres años y con la que tuviste una perspectiva de futuro.

¡Y yo acabo de enterarme por ella, haciendo el ridículo en tu cocina!

El rostro de Luke se transformó. El enfado que había estado conteniendo estalló de golpe, pero no era un enfado dirigido a mí, sino a mis palabras.

—¡Qué perspectiva de futuro ni qué demonios, Georgia!

—rugió, acortando el último metro que nos separaba hasta que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo—.

Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez.

El único puto futuro que me he planteado en toda mi maldita vida ha sido contigo. Con nadie más.

Sus palabras me golpearon con la fuerza de un vendaval, pero él no había terminado.

—Me importa una mierda lo casado que estuviera en los papeles —continuó, con una intensidad cruda y feroz—.

Vivía al día. Me despertaba, iba a apagar incendios y regresaba a una casa vacía en mi cabeza.

Sin grandes sueños, sin proyectos, sin nada.

A eso se redujo mi vida durante doce malditos años.

Solo trataba de sobrevivir a tu ausencia.

Me desinflé. Mis manos cayeron de mis caderas. Seguía enfadada, por supuesto que lo estaba, no me gustaba que me ocultaran cosas de esa magnitud, pero mirándolo a los ojos, sabía que me estaba diciendo la verdad.

Luke levantó una mano y me agarró por la nuca.

—Y si quieres la prueba definitiva de que Leah jamás significó un futuro para mí...

la tienes grabada en mi cuerpo —me susurró, rozando su nariz con la mía, respirando mi aire—.

Llevo tu puto nombre entrelazado en un trilio blanco en mis costillas, Gia.

Jamás me planteé siquiera modificarlo o quitármelo mientras estuve con ella.

Y Leah sabía perfectamente que, si me hubiera pedido que lo hiciera, le habría dicho que no, sin dudarlo ni un segundo, y sin permitir más cuestionamientos. Porque tú siempre estuviste ahí.

Cerré los ojos, sintiendo el calor de su aliento. El cabreo se estaba disolviendo.

—Sigo enfadada contigo, Holloway —murmuré, abriendo los ojos para fulminarlo sin demasiada convicción—. Odio que me oculten las cosas.

—Lo sé —susurró él, con una media sonrisa empezando a asomar en la comisura de sus labios—. Pero me perdonas.

—Lo entiendo —corregí, alzando la barbilla—. No he dicho que te perdone ya.

Luke soltó una carcajada baja y ronca. Y entonces, antes de que pudiera prever su siguiente movimiento, se agachó ligeramente, pasó un brazo por detrás de mis rodillas y, de un solo impulso, me levantó del suelo y me cargó sobre su hombro derecho como si yo pesara lo mismo que un saco de plumas.

—¡¿Pero qué demonios haces?! —le grité, pataleando en el aire mientras mi estómago chocaba con su hombro y la sangre me bajaba a la cabeza—. ¡Bájame ahora mismo, pedazo de bruto!

Como única respuesta, la mano libre de Luke voló hacia atrás y me dio una sonora palmada en el trasero.

El impacto del golpe me arrancó un grito ahogado. Lejos de indignarme, el escozor repentino y la firmeza de su dominio provocaron un latigazo de puro calor que se disparó directamente hacia mi entrepierna, excitándome a pesar del enfado residual que aún me quedaba.

—Creo que quizá con un par de orgasmos bien dados se te quite el enfado del todo, doctora Robbins —comentó Luke con total tranquilidad, ajustando su agarre en mis piernas mientras empezaba a caminar con paso firme hacia mi cabaña.