VEINTIDÓS
Georgia
E l sábado por la mañana, la luz del sol se filtraba a través de los enormes ventanales de la cabaña de Luke, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire del salón.
Estábamos en Raven Ridge, en la cabaña de Luke, terminando de prepararlo todo para la inminente llegada de nuestros invitados.
Ethan se había presentado voluntario para permanecer en la Base de Rescate Aéreo de Wildwater Falls durante toda la temporada de incendios de verano.
Él y Leah iban a pasar estas semanas instalados aquí, en la cabaña de Luke.
A lo largo de la última semana, sin que hubiéramos tenido que sentarnos a hablarlo abiertamente ni hacer grandes declaraciones, Luke había ido trasladando toda su ropa, su equipo y sus objetos personales a mi casa.
El hecho de que se mudara conmigo se había convertido en un acuerdo tácito.
Sonreí para mis adentros, de pie frente a la nevera abierta, terminando de colocar los productos frescos, los lácteos y la fruta que había comprado a primera hora en el pueblo, mientras Luke se encargaba de dejar la habitación de invitados lista con sábanas limpias.
Escuché el crujido familiar de sus pisadas acercándose por el pasillo de madera.
Un segundo después, sentí el calor irradiando de su cuerpo a mi espalda.
Las manos grandes y ásperas de Luke se posaron en mis caderas, se deslizaron hacia arriba por mi torso y me rodearon por completo, acercándome a él hasta que mi espalda chocó con la firmeza de su pecho.
—Entonces... —murmuró Luke, apoyando la barbilla en mi hombro y dejando un beso perezoso en la curva de mi cuello—. ¿Estás preparada para tenerme ocupando tu espacio de forma permanente, doctora Robbins?
Me eché a reír, inclinando la cabeza hacia un lado para darle más acceso y cerrando la puerta de la nevera con un empujón del pie.
—Creo que podré soportarlo, Holloway. Aunque tendré que aprender a esquivar tus botas de smokejumper en el pasillo de entrada.
Luke soltó un gruñido divertido que vibró contra mi piel y, sin previo aviso, me dio un mordisco suave en el tendón del cuello.
Un escalofrío de excitación me recorrió la columna vertebral.
Me giré entre sus brazos, buscando su boca.
Sabía perfectamente que no nos iba a dar tiempo a nada más, porque Leah y Ethan debían estar a punto de llegar, pero me resultaba físicamente imposible resistirme a él.
La semana, tras la trágica pérdida de la chica de dieciséis años en el box de críticos, había sido extrañamente tranquila.
La montaña nos había dado una tregua. No hubo traumas masivos ni accidentes graves, lo que me había permitido centrarme en liderar mi departamento y, lo que era más importante, acudir casi diariamente a la consulta de mi terapeuta.
Julia era una mujer de mediana edad con una paciencia clínica infinita.
Me miraba sin juzgar, me escuchaba desgranar mis miedos y me hacía preguntas que me obligaban a enfrentar fantasmas que habían estado enterrados bajo doce años de escombros.
Era un proceso duro, doloroso y agotador.
Pero al salir de cada sesión, con los ojos hinchados y el pecho encogido, Luke siempre estaba ahí.
Esperándome apoyado en su todoterreno. Para abrazarme en silencio, besarme la sien y llevarme a casa a prepararme la cena.
Gracias a él, había encontrado la fuerza para ser completamente honesta conmigo misma, con Savannah y con Sloane sobre los ataques de ansiedad que me habían estado devorando en secreto.
Y esa misma fuerza me había servido para levantar un muro contra Evelyn.
Mi madre no se había rendido tras ser expulsada del hospital.
Me había saturado el teléfono personal con llamadas perdidas, avalanchas de mensajes y notas de voz cargadas de victimismo.
Sabía, gracias a Savannah, que incluso había intentado colarse en Urgencias un par de veces durante mis turnos.
Pero la seguridad del hospital había hecho su trabajo de forma impecable y no logró pasar del vestíbulo.
Lo mejor de todo era que no había cedido.
Había ignorado cada llamada y borrado cada mensaje sin abrirlo.
Evelyn debía estar al borde de un ataque de nervios, más furiosa que nunca por haber perdido el control sobre mí.
Pero ya no me importaba. Había terminado de hacer concesiones.
Su desprecio constante hacia Savannah, la asfixia a la que me había sometido toda mi vida, y lo increíblemente mezquina que fue con los Collins hace un año habían colmado mi paciencia.
No la necesitaba en mi vida. Podía patalear todo lo que quisiera; a mí ya no iba a afectarme.
Justo cuando los labios de Luke empezaban a presionar los míos con más urgencia y sus manos bajaban hacia mis muslos, el sonido inconfundible de unos neumáticos crujiendo sobre la grava del camino de entrada nos interrumpió.
—Llegan tarde, pero no lo suficiente —murmuró Luke contra mi boca, arrancándome una sonrisa.
Nos separamos a regañadientes, me alisé la ropa y salimos juntos al porche de madera.
Ethan y Leah acababan de aparcar el coche junto a mi todoterreno. Cuando ella bajó del asiento del copiloto, ayudada por la mano siempre solícita de su marido, sonreí. El embarazo de Leah era ahora más que evidente; la barriga de casi ocho meses se marcaba orgullosa bajo su vestido ligero.
Luke y yo bajamos rápidamente las escaleras para ayudarlos.
—¡Bienvenidos al bosque! —saludó Luke, dándole un abrazo rompehuesos a su mejor amigo antes de acercarse a Leah y envolverla en un abrazo mucho más cuidadoso y protector.
Yo me acerqué a saludarlos con una sonrisa cordial, ofreciéndole mi mano a Ethan y dándole dos besos a Leah.
La última vez que había visto a aquella mujer fue en el aparcamiento de The Switchback , durante una charla que me había dejado más descolocada y llena de dudas que nunca.
Pero hoy, Leah irradiaba felicidad al verme allí, al lado de Luke, como si estuviera genuinamente aliviada de ver que nos habíamos reconciliado.
Como ambos ya conocían la cabaña de su última estancia, Luke y Ethan se encargaron de cargar las pesadas maletas y subirlas hacia la habitación, mientras yo guiaba a Leah hacia el frescor de la cocina.
—Ven, te enseño la cocina —le dije, abriendo las puertas de los armarios y la nevera—. Os hemos dejado la despensa llena de básicos, fruta, lácteos y algo de carne, así que de momento no tienes que preocuparte por arrastrarte a hacer la compra.
Leah se llevó una mano al pecho, suspirando de puro alivio.
—Dios mío, Georgia, no sabes cuánto te lo agradezco. Solo de pensar en tener que ir al supermercado del pueblo hoy mismo me daban ganas de llorar.
—Ni hablar de eso. Además, el lunes tengo el día libre —le ofrecí, apoyándome en la isla de la cocina—. Si quieres, puedo acompañarte al pueblo en mi coche. Te enseñaré dónde está el supermercado, la farmacia, y los lugares que os puedan ser útiles este verano.
—Me encantaría —Leah sonrió, acariciándose el vientre con un gesto instintivo—. Y también necesito reservar una cita con un médico para llevar el seguimiento de la recta final. Sé que en un pueblo pequeño a lo mejor es complicado...
—De eso nada. Yo me encargaré de todo —la tranquilicé de inmediato—. Trabajo en el hospital, hablaré con el departamento de obstetricia el lunes a primera hora. Te conseguiré una cita con el mejor especialista que tengamos y programaré tus analíticas para que no tengas que hacer colas ni esperar.
Leah me miró con una gratitud inmensa, los hombros cayéndole un par de centímetros al liberarse de esa carga.
—No sabes lo mucho que te lo agradezco, Georgia. En serio. Me alegro inmensamente por todo esto —murmuró, mirando hacia el pasillo—. Por Luke y por ti.
Le dediqué una sonrisa sincera.
—No quería quedarme en Redmond sola cuando Ethan tomó la decisión de presentarse voluntario para los incendios —continuó Leah, sirviéndose un vaso de agua del grifo—.
Lo charlamos abiertamente durante días sobre si él debía quedarse en la base de allí o no, pero al final ambos decidimos que lo mejor era venir los dos a Wildwater Falls.
Volveremos a casa antes del nacimiento de la niña, pero necesito tenerlo todo en orden aquí por ahora.
—Es totalmente comprensible —le aseguré, asintiendo con empatía—. Y, sinceramente, me parece admirable que ambos decidierais trasladaros de pueblo con un embarazo tan avanzado. No muchas parejas lo harían.
Leah se encogió de hombros, con una naturalidad aplastante, y le dio un sorbo al agua.
—Bueno, es que con Ethan todo es siempre fácil. Somos un equipo. No tiene absolutamente nada que ver a cuando estaba casada con Luke, donde, de entrada, yo ya asumía que me iba a quedar en casa sola esperándolo.
La frase se quedó flotando en el aire de la cocina.
Leah lo dijo con evidente humor, con la misma ligereza con la que comentaría el clima.
Pero yo dejé de respirar.
Mis dedos, que estaban rozando el borde de la encimera de granito, se quedaron paralizados. Un zumbido sordo y agudo se instaló en mis oídos.
La miré fijamente.
Mi mente unió los puntos a una velocidad vertiginosa. Leah... Leah era la mujer que me había hablado de aquel matrimonio fracasado en el aparcamiento.
Y ahora me estaba diciendo que ella era la exmujer.
—¿Qué? —susurré, con un hilo de voz tan tenso que casi se rompe—. Por favor, repite lo que acabas de decir.
Leah bajó el vaso de agua lentamente. Su sonrisa se desvaneció al ver mi expresión. La confusión cruzó su rostro, seguida instantáneamente por el puro y absoluto horror. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Gia... —balbuceó Leah, llevándose la mano libre a la boca—. Oh, Dios mío. Tú... tú no lo sabías. Pensaba que, a estas alturas, con Luke viviendo contigo, él ya te habría... Pensaba que sabías que yo era su exmujer.
No podía moverme. Estaba estupefacta, clavada al suelo de la cocina.