VEINTIDÓS #3
—¡Ni lo sueñes! —le repliqué, apoyando las manos en su espalda para intentar incorporarme—. No lo vas a tener tan fácil, Luke. Estoy muy enfadada.
Su mano volvió a alzarse y otra palmada, esta vez un poco más fuerte, aterrizó en mi nalga.
El golpe logró arrancarme un gemido involuntario que no pude ahogar a tiempo.
Luke soltó una carcajada que sacudió su hombro contra mi estómago.
—Pues por cómo acabas de gemir, nena... —se burló, con un tono cargado de arrogancia y promesas oscuras—, me parece a mí que sí que va a ser exactamente así de fácil.
Bufé, frustrada por mi propia traición física y porque él me conocía demasiado bien, pero ya no intenté resistirme. Me dejé colgar sobre su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo y la urgencia de sus pasos, mientras Luke se reía abiertamente y nos llevaba directamente a mi cabaña.
✽✽✽
El domingo por la tarde, el aire de Wildwater Falls olía a pinos y a tierra húmeda tras una breve tormenta de verano que había sido casi todo truenos y rayos y muy poca agua.
La noche anterior y toda la mañana del domingo las habíamos dedicado íntegramente a reconciliarnos tras la bomba que supuso enterarme de que Leah era la exmujer de Luke.
Había habido tensión, sí, y mucha sinceridad en el sofá de mi cabaña, pero sobre todo hubo sexo.
Muchísimo sexo compensatorio. El cabreo se había disuelto bajo sus manos.
Ahora, íbamos en el todoterreno de Luke, alejándonos de Raven Ridge en dirección a la casa de la familia Collins, situada en uno de los barrios más tranquilos del pueblo.
Era la cena de los domingos. Una cita semanal inamovible que reunía a Ian, Savannah, Avery y Logan bajo el techo de los padres de Ian y Avery: Catherine y David Collins.
dos pilares de la comunidad de Wildwater.
Su negocio familiar, una tienda especializada en material de alta montaña y deportes extremos, los había convertido en referentes.
Catherine era la matriarca por excelencia.
Una mujer hogareña, cariñosa, profundamente discreta y con un instinto maternal inmenso.
Había acogido a mi hermana Savannah como a una hija más desde el mismo día en que inició su relación con Ian hacía casi un año.
Y, gracias al cielo, Catherine había hecho extensiva esa misma hospitalidad hacia mí cuando regresé de Portland, por lo que se había vuelto habitual que yo también acudiera a algunas de estas cenas.
Por otro lado, David Collins, el padre, era un hombre cortado por el mismo patrón que su hijo Ian: sobreprotector, de pocas palabras y de mucha acción, que adoraba a su esposa y a sus hijos por encima de todas las cosas.
Luke aparcó el coche junto a la acera, detrás del familiar de Logan, y apagó el motor. Pero no hizo amago de quitarse el cinturón de seguridad. Se quedó con las manos apoyadas en el volante, mirando hacia el porche iluminado de la casa de los Collins, y soltó una exhalación pesada.
Me giré hacia él, extrañada por su actitud remolona.
—Creo que ahora entiendo un poco mejor la hiperventilación que sufriste en el coche cuando te llevé a conocer a mi madre a West Linn —confesó Luke, con una media sonrisa tensa.
Me eché a reír, soltando el anclaje de mi cinturón para poder girarme hacia él por completo, intentando relajarlo.
—Vaya, vaya. ¿Me estás diciendo que el gran e imperturbable magnate Luke Holloway, el terror de las juntas directivas, está asustado por conocer a una familia sencilla de un pueblo perdido en las montañas?
Luke se rio bajito, un sonido rasposo, giró la cabeza y me miró a los ojos.
—Si es importante para ti, Gia, también lo es para mí. Y los Collins... —Luke dudó un segundo, buscando las palabras—. Los Collins son importantes por muchísimos motivos.
Tragué saliva con dificultad. Sabía exactamente a qué se refería.
Lo que Luke no estaba diciendo en voz alta, pero yo sobreentendía a la perfección por la tensión en su mandíbula, era el elefante en la habitación.
Detrás de la puerta de esa casa nos esperaba Avery Collins.
La adolescente a la que yo salvé de una sobredosis accidental de somníferos exactamente la misma noche en que Marvin Anderson se quitó la vida con una sobredosis de analgésicos.
La situación, vista desde fuera, podía parecer retorcida, casi macabra y profundamente incómoda: Avery sobrevivió y Marvin murió, y yo fui la estudiante de medicina que tomó la decisión de a quién priorizar en la sala de Urgencias.
Deslicé mi mano por la consola central y agarré los dedos de Luke, apretándolos con firmeza.
—Luke... si no te sientes cómodo, no tenemos que entrar. Puedo decirle a Savannah que nos ha surgido un imprevisto en el hospital.
Él negó con la cabeza al instante y entrelazó sus dedos con los míos.
—No, Gia. Estoy bien con ello. Te lo prometo —me aseguró, con una sinceridad que le iluminó los ojos ámbar—.
Ha costado, pero lo que he asumido y aceptado con el paso del tiempo es que Marvin era una bomba de relojería.
Podría haber recibido ayuda psiquiátrica, podría haber mejorado su salud mental tras el accidente del aserradero antes de que yo naciera, podría haberla recibido años después tras el accidente de autobús, pero nada de eso era responsabilidad tuya.
Y, desde luego, no fue culpa tuya que aquella noche las ambulancias cruzaran la misma puerta.
Luke se inclinó hacia mí, acariciándome el dorso de la mano con el pulgar.
—Aquella noche, tomaste la mejor decisión posible, Gia.
Y la prueba irrefutable de que no te equivocaste está exactamente ahí, en el interior de esa casa.
Con una Avery adulta, siendo madre, y capaz de salvar vidas en un quirófano como la mejor instrumentista del estado.
Y yo no voy a dejar que mi pasado te impida disfrutar de tu familia y de tus amigos esta noche. ¿Entendido?
Las lágrimas amenazaron con asomar, pero parpadeé rápido, me incliné sobre el reposabrazos y le di un beso suave y profundo en los labios.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —le susurré.
—Lo sé. Y ahora vamos a cenar antes de que Ian salga a buscarnos.
Salimos del coche y caminamos hacia la casa. Al cruzar el umbral del porche y llamar a la puerta, fuimos recibidos inmediatamente por una afectuosa y sonriente Catherine Collins, que llevaba un delantal sobre la ropa y olía a especias y comida casera.
Nos invitó a pasar con efusividad. Hice las presentaciones formales en el amplio salón de la casa.
—Catherine, David, este es Luke Holloway. Luke, ellos son los padres de Ian y Avery.
David Collins le estrechó la mano a Luke con un agarre firme y evaluador, típico de los padres sobreprotectores, pero en cuestión de un par de minutos, Luke había logrado entablar una conversación amistosa y distendida con él sobre las rutas de montaña de la zona.
Rápidamente, Ian apareció por el pasillo con un par de cervezas en la mano y se unió a ellos con entusiasmo.
Era evidente que la amistad que había surgido entre los dos durante las horas de guardia en la base, y sobre todo en los recientes incendios, había ido creciendo y consolidándose en las últimas semanas.
Me encantó verlos así; me hacía inmensamente feliz que Luke tuviera por fin a un amigo de verdad como Ian en el pueblo.
El ambiente era cálido y ruidoso. Pude escuchar la risa cristalina de Savannah viniendo desde la cocina, donde estaba ayudando a Catherine y a Logan con los preparativos de la cena.
Fui hacia allí para unirme a ellos, pero al acercarme a la puerta acristalada que daba al porche trasero de la casa, me detuve en seco.
A través del cristal, vi a Avery sentada sola en el viejo balancín de madera del porche, moviéndose con un vaivén lento y rítmico.
Tenía a su bebé apoyado contra su pecho.
Dudé un segundo, con la mano suspendida sobre el pomo de la puerta, sintiendo un leve cosquilleo de ansiedad en el estómago, pero finalmente abrí la puerta y salí para saludarla.
El porche trasero era un remanso de paz, solo se oían algunos grillos en la lejanía el leve rumor del agua que acompañaba a todos los que pisaban Wildwater Falls. Avery levantó la mirada al escuchar mis pasos sobre la madera.
Tenía un carácter reservado, mucho más introvertida que su hermano Ian, pero siempre era extremadamente amable. Era una mujer afectuosa y, en el trabajo, no había nadie más preciso, rápido y letal que ella preparando el instrumental quirúrgico en todo el estado.
Me acerqué al balancín con pasos suaves.
—Hola, Gia —me saludó Avery en un susurro, dedicándome una sonrisa cansada pero cálida.
Señaló con la barbilla al pequeño bulto envuelto en una mantita que descansaba sobre su clavícula—.
Al pequeño David Carson le está costando dormir hoy, pero el aire fresco del porche y el movimiento del balancín parecen apaciguarlo.
—¿Te importa que me siente un rato? —le pregunté, señalando el espacio libre a su lado.
Avery negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano libre, invitándome.
Me senté con cuidado de no alterar el balanceo.
Observé al bebé, que dormía plácidamente con la boquita entreabierta contra la blusa de Avery.
Alargué una mano vacilante y le acaricié la mejilla sonrosada con el dorso del dedo índice, sintiendo la suavidad increíble de su piel, teniendo muchísimo cuidado de no despertarlo.
—Parece mentira... —murmuré, con una sonrisa sincera—. Resulta increíble el milagro que son los bebés, ¿verdad?
Avery bajó la vista hacia su hijo, apretándolo instintivamente un milímetro más contra su cuerpo.
—Sí. Lo son. Parecen un milagro —coincidió Avery, con la voz cargada de devoción maternal.
Levanté la vista del bebé y miré directamente a Avery. Miré a la increíble mujer en la que se había convertido y ella me devolvió la mirada con esos enormes y hechizantes ojos verdes claros, los mismos ojos que yo había visto vidriosos, casi sin vida doce años atrás en mi sala de Urgencias.
Supe en ese instante que no habría un momento mejor en toda mi vida para hacerlo.