VEINTIUNO #3
Intenté seguir el ritmo que él me marcaba desde el teléfono tirado en el suelo.
Su voz me iba guiando, firme y constante, obligando a mi cerebro a tener un punto de referencia.
Oí los pasos rápidos resonando a través del teléfono.
Luke estaba en el edificio. Estaba en el hospital y no tardaría en llegar a mí.
— Eso es, Gia. Lo estás haciendo bien. Un poco más despacio... Exhala... —me animaba, mientras el sonido de las puertas de seguridad cerrándose resonaban de fondo—. Ya casi estoy. Sigue respirando por mí. Estoy en las escaleras.
El oxígeno empezó a llegar a mi cerebro en pequeñas dosis. La sensación de asfixia inminente y el dolor en el pecho empezaron a ceder milímetro a milímetro gracias a su guía constante. Podía respirar un poco mejor.
Pero el temblor de mi cuerpo no cesó, se transformó en sacudidas violentas. Empecé a llorar. Fue un llanto descontrolado, feo y ruidoso. Sollozos que me desgarraban la garganta.
— Ya estoy aquí. Ya he llegado —anunció Luke por el altavoz, con la respiración agitada por la carrera.
Escuché pasos pesados amortiguados por la moqueta del pasillo y, un segundo después, vi la sombra de sus pies bajo la rendija de la puerta.
— Gia, estoy al otro lado de la puerta —me dijo Luke a través del teléfono, tan cerca que su voz real se mezcló con la del altavoz—. Voy a colgar para poder abrazarte. Ábreme.
La llamada se cortó.
Apoyé las manos en el suelo y, arrastrándome sobre mis propias rodillas, me aparté de la puerta. Levanté una mano temblorosa, agarré el pomo y giré el pestillo.
La puerta se abrió inmediatamente.
Luke estaba allí. Iba vestido con su traje de negocios impecable, camisa gris y chaqueta oscura, pero su expresión era absolutamente salvaje.
Tenía los desorbitados, la mandíbula tensa y el pelo revuelto.
Al verme en el suelo, llorando de forma desconsolada y con el cuello de la casaca arrancado, no hizo ninguna pregunta.
Cerró la puerta a sus espaldas con un golpe de talón y se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, justo frente a mí.
—Ven aquí —susurró, con una voz ronca que se rompió.
Me agarró con una ternura infinita, casi como si estuviera hecha de cristal, y me levantó del suelo para meterme entre sus brazos.
Me abrazó, envolviéndome por completo con su cuerpo grande y sólido.
Me apretó contra su pecho, escondiendo mi rostro en el hueco de su cuello, rodeando mi cabeza con una mano y aplastando mi espalda con la otra.
Al notar el tacto de su cuerpo, al sentir el calor de su piel y aspirar el inconfundible olor a bosque y a la colonia cara de Luke, me aferré a él con todas mis fuerzas.
Clavé los dedos en la tela de su chaqueta a medida, enterrando la cara en su camisa de seda, y lloré.
Sollocé contra su pecho, empapando su ropa, liberando toda la angustia y la oscuridad que me habían acorralado.
Luke no dijo nada para callarme. Me sostuvo. Me acunó, besándome el pelo, susurrando palabras ininteligibles de consuelo contra mi sien, acariciándome la espalda con un ritmo lento y repetitivo que terminó de regular mis pulsaciones.
—Gracias... —logré balbucear minutos después, sin soltar la solapa de su chaqueta—. Gracias por venir, Luke.
Su mano se detuvo en mi espalda. Se apartó lo justo para mirarme a los ojos. Sus pupilas doradas estaban dilatadas. Y todo el amor que sentía por mí brillaba ahí, descarnado, sin sombras, sin medias tintas. Todo ahí para que yo pudiera verlo.
—No tienes que darme las gracias por esto, Georgia.
Jamás —me riñó en un susurro grave, acariciándome la mejilla hinchada y secando una lágrima con su pulgar—.
Yo siempre voy a ir donde tú me pidas. Esté donde esté, haciendo lo que esté haciendo, y pase lo que puto pase en el mundo, si tú me llamas, yo estaré ahí.
Negué débilmente con la cabeza, cerrando los ojos ante la intensidad de su mirada, sintiéndome pequeña y rota.
—No te merezco... —sollocé.
—No vuelvas a decir eso —me cortó al instante, agarrándome la barbilla para obligarme a mirarlo. Su tono no admitía réplica—. Por supuesto que lo mereces, Gia. Mereces esto y muchísimo más. Y me voy a pasar el resto de la vida demostrándotelo, hasta que te lo creas.
Me volvió a apretar contra su pecho.
Nos quedamos allí, en el suelo de la alfombra, abrazados en silencio durante largos y eternos minutos. Luke me sostuvo, actuando como mi escudo humano, absorbiendo mis temblores hasta que las sacudidas desaparecieron y mi respiración volvió a ser lenta y regular.
Solo cuando ambos empezamos a sentir que se nos entumecían las piernas por la postura en el suelo, Luke se movió.
Se puso en pie de un movimiento fluido y, sin soltarme, me levantó en brazos sin aparente esfuerzo.
Caminó un par de pasos y se sentó en una de las grandes butacas de cuero de mi despacho, manteniéndome sentada de lado sobre su regazo.
Acomodé la cabeza en su hombro, agotada, pero sintiéndome por fin a salvo.
Luke me acarició el brazo, besó la cima de mi cabeza y, con muchísima cautela, preguntó:
—¿Quieres explicarme qué ha sucedido para que te pusieras así?
Negué con la cabeza automáticamente. Oculté la cara en su cuello, sintiendo un cansancio aplastante. No quería hablar de ello. Quería borrar las últimas dos horas de mi cerebro.
Nos quedamos en silencio, solo escuchando el leve zumbido del aire acondicionado. Pero, de pronto, el silencio se me hizo insoportable. Necesitaba purgarlo.
—Evelyn ha aparecido en el hospital —dije, con la voz plana, ronca por el llanto—. Y ha llegado justo... justo diez minutos después de que yo perdiera a una chica de dieciséis años en la mesa de trauma por una hemorragia masiva. Hice todo lo que pude, Luke. Pero no pude... no pude salvarla.
Sentí el cambio en su cuerpo de forma instantánea.
Todos los músculos debajo de mí se tensaron.
Los brazos de Luke se endurecieron como el acero alrededor de mi cuerpo y su pecho se infló al tomar una respiración contenida.
Entendió perfectamente la conexión. Entendió que perder a una niña, sumado a la irrupción de mi madre, era una bomba de relojería para mi salud mental.
Luke tragó saliva, se estaba conteniendo por mí. Sabía que lo que más deseaba en el mundo era salir a buscar a Evelyn y echarla del pueblo para siempre. Me acarició la espalda y me besó la frente.
—¿Crees que puedes continuar con el turno, mi amor? —me preguntó con suavidad, dándome una salida—. Porque si no puedes, ahora mismo salgo ahí, hablo con Hannah y con Sloane y te llevo a casa.
Inspiré hondo, llenando mis pulmones con su olor. Me sentía infinitamente más fuerte con Luke ahí, abrazándome en esa butaca. No iba a dejar que Evelyn y la fatalidad ganaran la partida y me obligaran a abandonar mi puesto. Yo era la jefa de Urgencias y no iba a volver a huir.
—Puedo hacerlo —le aseguré, enderezándome un poco en su regazo, mirándolo a los ojos con determinación—. Pero... necesito unos minutos más aquí. Contigo. Para acabar de recomponerme.
Luke asintió, me rodeó con ambos brazos y me apretó contra él.
—Tómate todo el tiempo que necesites, Gia. No me muevo de aquí.
✽✽✽
El agua helada del grifo del pequeño lavabo de mi despacho me devolvió a la realidad.
Me sequé el rostro con una toalla de papel, frotando con cuidado para borrar la hinchazón de los ojos y cualquier rastro de las lágrimas que acababa de derramar.
Respiré hondo. El aire volvía a llenar mis pulmones con normalidad, fluido y constante.
Me había cambiado de ropa, poniéndome una casaca médica limpia de repuesto del armario de mi despacho para sustituir la que había desgarrado durante el ataque de pánico.
Alisándome la tela azul marino sobre el pecho, me giré hacia Luke. Él estaba apoyado en el marco de la puerta del baño, observándome. Le dediqué un asentimiento mudo. Él me devolvió el gesto, me ofreció su mano y, entrelazando sus dedos con los míos, salimos juntos del despacho.
El pasillo de Urgencias seguía vibrando con la actividad habitual.
Nos acercamos al puesto central de enfermería.
Savannah y Hannah estaban allí, de pie tras el mostrador, apoyadas sobre la encimera y revisando en silencio el denso papeleo legal y los informes médicos del accidente.
Al escuchar nuestros pasos, ambas mujeres levantaron la vista de las carpetas y se giraron hacia mí.
Sus rostros reflejaban una preocupación genuina y profunda.
Solté la mano de Luke un segundo antes de llegar al mostrador, asumiendo mi rol, y esbocé una sonrisa débil, consciente de que aún debía estar pálida.
—Siento mucho haberos dejado colgadas de esa manera —me disculpé, mirando a Hannah y luego a mi hermana—. Ha sido una reacción muy poco profesional por mi parte.
Hannah negó con la cabeza al instante, restándole importancia con un gesto de la mano, mientras Savannah rodeaba el mostrador para acercarse a mí. Mi hermana me escudriñó el rostro, evaluando mis pupilas y mi respiración con ojo clínico.
—Gia, ¿estás bien para seguir con tu turno? —me preguntó Savannah, con la voz cargada de cautela—. Sloane y Hannah pueden cubrir la jefatura. Si necesitas irte a casa, vete. Nadie te va a juzgar por ello.
La tentación fue inmensa. Pero la mujer que era ahora, la jefa de Urgencias que había decidido dejar de huir de sus demonios, se impuso. Yo no era una persona que se escondiera o se acobardara cuando las cosas se ponían feas. Tenía una responsabilidad, un equipo que liderar y una vida que afrontar.
Cuadré los hombros y tomé el toro por los cuernos.
—Estoy bien, Sav. De verdad —le aseguré con firmeza—. Me quedo. Voy a terminar mi turno.
Savannah pareció aliviada por mi determinación y asintió.
Me giré hacia la jefa de trauma.
—Hannah, ¿cuál es el estado del chico? —pregunté, cambiando el chip al modo profesional.