VEINTIUNO #2
—No, no, no —gruñí, apartando a Hannah, subiéndome al pequeño taburete de plástico y posicionando el talón de mis manos sobre el esternón de la chica—. Inicio compresiones. Pásale un miligramo de adrenalina intravenosa.
Empecé a hundir mi peso sobre su pecho, intentando forzar a su corazón vacío a seguir bombeando.
Mis músculos quemaban por el esfuerzo, el sudor me resbalaba por la frente, pero no paré.
Hannah se colocó en la cabecera, insuflando oxígeno a través de la bolsa resucitadora de forma coordinada con mis compresiones.
Pasaron dos minutos de reanimación desesperada. Nada.
Pasaron cinco minutos. Volví a comprobar el ritmo. Seguía plana.
—No quiero parar —mascullé entre dientes, volviendo a hundir mis manos sobre el pecho, sintiendo el crujido de las costillas bajo mi peso.
No podía parar. Me negaba en redondo a perder a una niña de dieciséis años en esta camilla. No iba a dejar que su vida se escapara por culpa de la imprudencia y la velocidad de un niñato que creía controlar un coche en los barrancos de Wildwater.
Hannah mantuvo el ritmo de la bolsa de ventilación. Me miró a los ojos, consciente de mi desesperación.
—La hemorragia es demasiado grande, Gia. Se ha vaciado —me advirtió Hannah, con una calma triste pero serena—. El corazón no responde porque no hay sangre que mover. La hemos perdido.
—¡Una adrenalina más! —ordené, ignorándola, comprimiendo más fuerte, negándome a ver la realidad.
Hannah me miró con lealtad. Iba a permanecer a mi lado, ventilando a la niña hasta que yo parara. Ella sabía que yo necesitaba agotar hasta la última gota de esperanza antes de soltar a esa paciente.
—Seguiré insuflando oxígeno contigo todo el tiempo que necesites, Gia —me susurró Hannah por encima del sonido de las alarmas—. Seguiré a tu ritmo. Pero sabes que ya no hay nada que hacer. La hemos perdido.
El agotamiento físico me golpeó de repente.
Seguí comprimiendo durante veinte segundos más, hasta que mis brazos empezaron a temblar por el sobreesfuerzo.
Levanté la vista del pecho inerte y miré a Hannah por encima del rostro de la chica.
Los ojos castaños de la mejor cirujana de trauma reflejaban la misma desolación que me estaba inundando a mí.
Tenía razón. La habíamos perdido.
Me detuve de golpe. Aparté las manos ensangrentadas de su pecho.
El silencio descendió sobre el box, roto únicamente por el pitido agónico y continuo de la línea plana del monitor.
Me quedé congelada un par de segundos, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando, mirando el rostro ensangrentado y extremadamente joven de la chica.
Alcé la vista hacia el reloj digital de pared.
—Hora de la muerte: diez cuarenta y dos —certifiqué con voz ahogada.
Hannah asintió y se bajó de la cabecera, cerrando los ojos un instante en señal de respeto por la pérdida. Me miró con una compasión sincera y silenciosa, sabiendo exactamente cómo te vaciaba por dentro perder a un menor en la mesa de trauma.
Di un paso atrás, apartándome de la camilla. El aire en el box de reanimación se volvió de pronto escaso.
Sentí que los pulmones se me contraían. Empecé a respirar superficialmente. Sabía perfectamente lo que me estaba pasando; la taquicardia galopante y el hormigueo en las yemas de los dedos eran síntomas de manual. Había otro ataque de ansiedad en camino. Necesitaba salir de allí.
Me arranqué la bata de protección amarilla de un tirón, rompiendo los lazos de la espalda, y me quité los dobles guantes de nitrilo sudados, tirándolo todo al contenedor rojo de riesgo biológico.
Sin decir una palabra, salí al pasillo de Urgencias. Entré en piloto automático, con la vista fija en el linóleo del suelo, caminando de forma mecánica hacia el refugio de mi despacho. Escuché los pasos de Savannah y Hannah siguiéndome de cerca. Ambas intuían que estaba a punto de romperme.
Justo cuando estaba a menos de diez metros de la puerta de mi despacho, en la zona semiabierta del control administrativo, oí una voz aguda y peligrosamente familiar.
—¡Ay, por Dios bendito! ¡Este hospital ha mejorado mucho desde que estás aquí, Gigi!
Me detuve en seco. La voz que habría desead no volver a escuchar jamás en mi puta vida resonó a mi izquierda.
Evelyn Robbins acababa de llegar al pueblo, haciendo acto de presencia directamente en mi lugar de trabajo. Estaba plantada en medio de Urgencias, vestida como si fuera a asistir a un desfile de modas, saludándome efusivamente con la mano desde la sala de espera.
Al ver que me detenía, Evelyn clavó su mirada en Savannah, que venía caminando un paso por detrás de mí, aún con su bata manchada de sangre de la reanimación fallida.
—Nana, hija mía... —murmuró mi madre, con un desdén mal disimulado, inspeccionando a mi hermana de arriba abajo con una mueca de desagrado que no se molestó en ocultar—.
Sigues igual de desaliñada que siempre. Pensé que el divorcio y estar con ese gorila de los Collins te habría obligado a empezar a cuidar tu aspecto un poco más, pareces una enfermera de segunda clase.
La bilis me subió directamente por el esófago.
La niña muerta de dieciséis años en la camilla. La sangre en mis manos. La línea plana pitando en mi cabeza y la toxicidad inagotable de mi madre llenándolo todo.
Sentí que no podía más. Las paredes del pasillo empezaron a cerrarse sobre mí.
La ignoré. Ignoré su presencia, ignoré su saludo y decidí que no tenía la fuerza mental ni física para lidiar con el ser que me había parido en ese preciso momento.
Me giré hacia Hannah y Savannah, agarré a mi hermana por el brazo, apretándolo.
—Sacadla de mi departamento —les pedí con una voz rota y temblorosa, mirando a Hannah a los ojos—. Alejadla de mí. Ahora mismo.
Antes de que Evelyn pudiera dar un solo paso hacia nosotras, abrí la puerta de mi despacho de un empujón, me metí dentro y cerré de un portazo. Le eché el pestillo metálico.
Me dejé resbalar de espaldas contra la madera de la puerta hasta caer sentada en el suelo, con las rodillas recogidas contra el pecho y sentí que me ahogaba de verdad.
El aire había desaparecido de la habitación. Era como si alguien hubiera sellado herméticamente el despacho y hubiera extraído hasta la última molécula de oxígeno.
Intenté tragar saliva, pero tenía la garganta cerrada por un nudo.
«Inhala en cuatro tiempos, aguanta cuatro, exhala en cuatro».
Repetí mentalmente la técnica de respiración, pero mi cuerpo se negaba a obedecer a mi cerebro. El diafragma lo tenía bloqueado, rígido como una tabla. Mis pulmones solo conseguían hacer respiraciones cortas, agudas y erráticas que no hacían más que aumentar mis niveles de dióxido de carbono.
Como médico sabía exactamente lo que le estaba pasando a mi cuerpo. Pero eso no evitaba que sintiera que me estaba muriendo.
El hormigueo empezó en las yemas de los dedos y se extendió rápidamente hasta mis labios. Estaba hiperventilando.
Me llevé las manos al cuello de la casaca médica azul. Me asfixiaba. Tiré del cuello en V con tanta fuerza y desesperación que escuché el desgarro de las costuras, exponiendo mis clavículas y mi pecho cubierto de un sudor frío, buscando un aire que no llegaba a mis pulmones.
Cerré los ojos con fuerza, pero eso solo empeoró las cosas.
El rostro mortalmente pálido de la niña de dieciséis años se superpuso con crueldad al rostro de Avery Collins.
Dieciséis años. Mi incapacidad para salvarlos a todos.
Y justo encima de esa imagen, Evelyn, siempre exigiendo, siempre criticando, siempre consumiendo todo el oxígeno a su alrededor.
Una opresión brutal me aplastó el pecho, un dolor tan agudo y real que pensé que mi propio corazón estaba sufriendo un infarto. Estaba perdiendo el control. Iba a morir allí mismo, en el suelo de mi despacho.
Solo podía pensar en una cosa. En una sola persona. Luke . Lo necesitaba.
Moví mis manos temblorosas y busqué a tientas en el bolsillo de mi pantalón.
Saqué el teléfono móvil. La pantalla se encendió, pero mi visión periférica se estaba oscureciendo; veía como a través de un túnel oscuro y borroso.
Mis dedos temblaban con una violencia incontrolable, víctimas de los espasmos musculares de la falta de oxígeno.
Intenté apretar sobre su nombre. Fallé. El teléfono se me resbaló y golpeó el suelo.
Solté un gemido ronco y lo volví a recoger.
Al segundo intento, mis dedos torpes pulsaron la aplicación de correo.
Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas, cegándome.
Al tercer intento, aterrorizada por la posibilidad de desmayarme antes de lograrlo, mi pulgar conectó finalmente con el icono verde de su nombre.
Fui incapaz de sostener el aparato en la mano. Le di al botón de manos libres y dejé el teléfono tirado en la alfombra, justo a mi lado, mientras me encogía sobre mí misma, jadeando en busca de aire, con el corazón galopando en mi pecho.
Dio un tono. Dos.
— ¿Gia? —La voz grave de Luke llenó el despacho. Sonaba profesional, de fondo se escuchaba el leve eco de una sala grande.
—L-Luke... —jadeé. El sonido que salió de mi boca fue un ronquido agónico —. No... no puedo... respirar.
El silencio al otro lado de la línea duró un segundo. El cambio en Luke fue inmediato.
— ¿Gia? ¿Qué pasa? —Su voz perdió cualquier rastro de formalidad. El ruido de una silla arrastrándose violentamente contra el suelo y el sonido de unos pasos rápidos resonaron en el altavoz—. ¿Dónde estás? ¡Háblame!
—D-Despacho... —logré articular, llevándome una mano al pecho, apretando la tela rota—. M-Me ahogo...
— Estoy en camino. Llego en tres minutos, nena. Aguanta —me ordenó, y escuché el chasquido de una puerta abriéndose de golpe.
—No... no cuelgues... por favor. No me dejes… sola —le supliqué, aterrorizada.
— No voy a colgar. Jamás te voy a dejar, Gia. Estoy contigo. Escucha mi voz —me prometió. Su tono se volvió repentinamente sosegado y grave —. Concéntrate en mi voz, nena. Solo escúchame a mí. Coge aire despacio... Venga. Inhala conmigo.