Hollow (Wildwater Falls 6) VEINTIUNO
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VEINTIUNO

Georgia

H abían pasado poco más de dos semanas desde que las columnas de humo negro oscurecieron el cielo del valle de Wildwater Falls y provocaron que Luke volviera a la acción.

Fueron días de un agotamiento brutal. Tardaron casi una semana en lograr rodear y extinguir los dos fuegos que devoraban la cresta norte, y, en gran parte, todo fue gracias al plan de acción y contención que Luke había trazado sobre los mapas.

Tras la extinción del fuego principal, Luke no se marchó a casa.

Por decisión propia y petición expresa del comandante Harris, se había quedado como miembro activo de la Base de Rescate, coordinando el monitoreo satelital preventivo y preparando a las cuadrillas forestales de tierra por si la temporada estival decidía castigarnos con otro fuego.

Y todas las previsiones apuntaban en esa dirección.

Los dos incendios se habían saldado con más de tres mil hectáreas de bosque calcinadas, una cicatriz negra que tardaría décadas en sanar, pero el balance más importante era que no hubo que lamentar ni una sola baja civil ni entre los bomberos.

Actualmente, Luke dividía su tiempo, que era escaso y valioso, entre la Base de Rescate aéreo y su plan de reestructuración de la nueva academia.

Yo lo veía cada mañana y cada noche. Sabía dónde estaba su verdadera pasión.

Verlo regresar de la base con el pelo despeinado y los hombros tensos después de haber estado a bordo del Alfa Uno, haber dirigido una maniobra sobre el cañón y poner todos sus conocimientos al límite, me encogía el corazón de orgullo y de miedo.

Y yo estaba inmensamente orgullosa de él. Aunque la verdad inconfesable fuera que me moría de miedo cada vez que había saltado del helicóptero para meterse en el frete del incendio.

Pese a todo, habíamos logrado alcanzar una especie de normalidad.

Los incendios estaban controlados, y el flujo de pacientes en mi departamento había regresado a la tónica habitual del verano: una saturación constante de turistas de ciudad que se aventuraban a hacer senderismo por las traicioneras crestas de Wildwater Falls sin calzado adecuado, sin brújula y sin ser mínimamente conscientes de lo implacable que puede llegar a ser la montaña.

Durante esos últimos quince días, además de atender la sala de Urgencias, Savannah, Cormac y yo nos habíamos dejado la piel trabajando en los despachos junto con Sloane para implementar el nuevo centro de comunicaciones de Urgencias.

Encadenábamos los turnos con las reuniones técnicas, conscientes de que poner ese sistema en marcha antes de acabar el verano garantizaría una coordinación al milímetro con los helicópteros de la base, salvando horas vitales.

Y en medio de todo ese estrés, la relación con Luke no solo se había consolidado, sino que iba viento en popa. La intimidad que habíamos forjado, el nivel de confianza y la dinámica doméstica en mi cabaña eran un sueño hecho realidad.

Sabía con absoluta certeza que jamás podría vivir sin él.

Y aún más importante: me había prometido a mí misma que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a sacrificar absolutamente nada que amenazara con separarnos.

Luke era mi prioridad. Daba igual lo que viniera, daba igual lo fea que se pusiera la vida o a quién tuviéramos que enfrentarnos, lo íbamos a hacer juntos.

Incluso su madre se había convertido en un pilar sorprendente.

Lily y yo habíamos desarrollado una relación al margen de Luke.

Empezó de forma tímida durante la semana de los incendios; los mensajes para saber si yo tenía noticias de la base o si él me había escrito desde el helicóptero rompieron el hielo.

Ahora hablábamos casi a diario. Lily me escribía para preguntarme cómo había ido mi guardia, se interesaba genuinamente por mí y por cómo gestionaba la presión del hospital.

Era un interés materno tan puro, tan desprovisto de condiciones, que a veces me daban ganas de llorar solo de leer sus mensajes.

Caminaba por el largo pasillo alfombrado que conectaba el área administrativa con las dobles puertas del área clínica de Urgencias, concentrada en leer los últimos informes que había estado revisando con Sloane. Era martes. Se suponía que iba a ser una mañana tranquila, sin grandes sobresaltos.

De repente, el silencio del pasillo se rompió. Mi busca empezó a pitar de forma incontrolable y estridente. Un segundo después, los altavoces del techo chasquearon.

— Atención, doctora Robbins. Acuda de inmediato al control de Urgencias. Alerta Trauma Mayor.

Aceleré el paso, casi corriendo. Al cruzar las puertas batientes y entrar en mi departamento, dejé los informes sobre el mostrador de enfermería de un golpe.

—Dime qué tenemos, Sav —le exigí a mi hermana, acercándome al monitor de registro.

Savannah levantó la vista de la pantalla, con el rostro serio y la voz profesional y rápida.

—Dos ambulancias de soporte vital avanzado en camino, llegada en cuatro minutos —me informó—.

Accidente de tráfico grave en la ruta cincuenta y cuatro, la que sube hacia los picos.

El vehículo se ha salido de la vía y se ha despeñado por el barranco por un aparente exceso de velocidad.

El equipo de excarcelación ha tardado una hora en sacarlos de los amasijos.

—¿Cuántos heridos?

—Dos pacientes. Muy jóvenes, Gia —Savannah me miró a los ojos con preocupación—. Un chico de dieciocho años y una chica de dieciséis. Ambos politraumatizados, inestables.

—Maldita sea —murmuré, poniéndome en marcha de inmediato—. Activa la alerta de trauma masivo. Llama a Hannah para que baje volando, y diles que necesito a Logan aquí abajo también. Que vayan preparando dos quirófanos de trauma.

Mientras me ponía la bata impermeable de protección y los guantes de nitrilo dobles, Cormac apareció a mi lado, ajustándose su propio equipo con movimientos rápidos y tensos.

Savannah le repitió el parte médico de forma telegráfica.

Nos posicionamos juntos en la bahía de ambulancias, esperando bajo el sol de la mañana mientras el sonido de las sirenas se acercaba, rompiendo el aire.

Las dos ambulancias entraron derrapando en la bahía. Las puertas traseras se abrieron de golpe y el caos estalló.

Los técnicos sanitarios bajaron las camillas a toda prisa, gritando los partes médicos mientras empujaban a los heridos por los pasillos hacia los boxes de trauma crítico uno y dos.

—Yo me quedo con la chica, era la copiloto y es la más inestable —le indiqué a Mac con un grito, dirigiéndome a la primera camilla.

—Yo asumo el caso del chico —asintió Cormac, desviándose hacia el otro box con su equipo de residentes.

Entré corriendo en la sala de trauma uno. Al acercarme a la camilla, el escenario era devastador. La chica, apenas una niña con la cara manchada de sangre y los ojos cerrados, estaba mortalmente pálida.

—Chica de dieciséis años, impacto lateral de alta energía.

Inconsciente desde que llegamos. Vía aérea asegurada con tubo endotraqueal en el lugar del accidente —voceó el técnico sanitario, transfiriendo los cables al monitor de la pared—.

Tensión a 60/40 y bajando, taquicárdica a 140.

Fractura abierta de fémur derecho y abdomen en tabla, muy distendido.

Sospecha de rotura esplénica o hepática masiva.

Le hemos pasado dos litros de Ringer, pero no remonta.

—De acuerdo. Transfusión masiva, ya. Unidades de O negativo de la nevera, pasadlas a presión con el calentador de fluidos —ordené, cogiendo el ecógrafo portátil a la vez que Savannah conectaba las vías centrales—. Hago ecografía FAST.

Pasé el transductor de la máquina de ultrasonidos por el abdomen de la chica. La imagen en la pantalla era negra.

—Mierda. Hemorragia interna masiva. El abdomen está lleno de sangre, necesita estabilización y laparotomía de urgencia ya —grité, viendo cómo la línea de la tensión arterial en el monitor seguía cayendo en picado.

En ese momento, las puertas del box se abrieron de golpe y Hannah entró a la carrera. Logan asomó la cabeza un segundo por la puerta antes de dirigirse al box contiguo para evaluar las posibles lesiones espinales del chico.

—¿Qué tenemos? —preguntó Hannah, poniéndose un par de guantes, asumiendo el control quirúrgico del tórax.

—Trauma abdominal severo. Exanguinación activa. Le estoy pasando sangre por dos vías a máxima presión, pero se nos escurre por el sumidero.

Las alarmas del monitor empezaron a pitar con más urgencia, un sonido agudo y repetitivo que taladraba los nervios. El ritmo cardíaco de la chica empezó a volverse errático en la pantalla.

Al otro lado del cristal que separaba los boxes, vi a Mac y a Logan trabajando frenéticamente sobre el cuerpo del chico de dieciocho años.

Estaban logrando estabilizarlo lo suficiente.

Logré captar a Logan ordenando una inmovilización rígida completa antes de que ambos empujaran la camilla a la carrera, saliendo del box en dirección a los ascensores quirúrgicos para estabilizar su columna vertebral antes de que la médula colapsara por completo. Habían salvado el primer asalto.

Pero nosotros no.

—Las constantes caen, doctora —avisó Savannah, inyectando más medicación por la vía.

—La velocidad de transfusión es insuficiente —advirtió Hannah, evaluando la pérdida de sangre—. El volumen ha bajado tanto que el corazón ya no tiene con qué funcionar, doctora Robbins. No le llega retorno venoso.

—Aumenta la presión, exprime esas bolsas de sangre con las manos si hace falta —le ordené a un enfermero residente, negándome a darme por vencida, enfocando toda mi experiencia en esa camilla.

Un pitido largo, continuo y aterrador rompió el caos. La línea verde del monitor se volvió completamente plana.

—Asistolia. Ha entrado en parada —gritó Savannah, preparándose para anotar los tiempos.