VEINTE #3
Pero lo que me golpeó el pecho, dejándome momentáneamente sin aire, fue darme cuenta de que, a pesar de todo eso, a pesar de saberlo y vivirlo... esas dos palabras exactas, jamás habían salido de nuestras bocas en voz alta.
En ese instante, lo único que deseaba con todas mis fuerzas era llegar a casa, encerrarme con ella y hacer que me las dijera de viva voz.
Quería escucharla pronunciar esas dos palabras mirándome a los ojos, mientras la tenía completamente desnuda debajo de mí.
A poder ser, hundiéndome en su interior en el mismo instante en que las pronunciara.
Mis pulgares volaron sobre el teclado.
Luke: Yo también te amo, Gia. Y estoy deseando que me lo repitas en voz alta más tarde.
La respuesta fue casi instantánea.
Gia: Trato hecho, capitán.
Inspiré hondo, llenando mis pulmones de aire para despejar la neblina de deseo que me había nublado el cerebro, bloqueé el teléfono y me lo guardé en el bolsillo lateral del mono ignífugo. Ya tendría tiempo para mi mujer esta noche. Ahora tenía un bosque que salvar.
Empujé la puerta de la sala de reuniones anexa al centro de comunicaciones y entré.
La sala estaba iluminada principalmente por el resplandor de las pantallas tácticas.
Todos estaban ya allí, esperándome. Reconocí al comandante Harris presidiendo la mesa.
A su derecha estaba Clover Donovan. A la izquierda se sentaban los tres pilotos principales de la base: Caleb del equipo Alfa, y los pilotos de los equipos Beta y Charlie.
Al otro lado de la mesa, con rostros tensos y uniformes cubiertos de ceniza, se encontraban los tres capitanes de las brigadas de bomberos forestales del condado.
—Siento la tardanza —me disculpé con un asentimiento general—. Estaba recogiendo el equipo de vuelo en intendencia.
—Tome asiento, Holloway. Acabamos de empezar —indicó Harris, señalando una silla libre junto a Caleb.
En cuanto me senté, Clover Donovan tomó la palabra.
Era joven, pero se movía con la misma eficiencia que sus hermanos mayores.
Tecleó un par de comandos en su tableta y proyectó en la pantalla principal del fondo unas imágenes satelitales de alta resolución y mapas topográficos termográficos de la zona.
—Estos son los dos focos principales en la cresta norte —explicó Clover, usando un puntero láser para señalar dos enormes manchas de un rojo brillante que se expandían hacia el este—.
Su evolución durante la madrugada ha sido agresiva.
La buena noticia es que actualmente no están cerca de zonas habitadas.
La mala noticia es que se encuentran en zonas boscosas de una densidad brutal, con barrancos muy pronunciados, lo que hace que el acceso por vía terrestre para la maquinaria pesada sea prácticamente imposible en el sector dos.
Clover cambió la diapositiva para mostrar el modelo predictivo del clima.
—El parte meteorológico es el verdadero problema —resumió con franqueza—.
Las rachas de viento del este van a mantenerse fuertes y constantes, entre cincuenta y sesenta kilómetros por hora.
La humedad relativa del aire ha caído por debajo del quince por ciento, y, según los modelos, no esperamos ni una sola gota de lluvia en los próximos tres días.
Asentí, procesando los datos. La situación era un desastre forestal en potencia,
Me incliné hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, y me dirigí a los hombres del condado.
—Capitanes, ¿cuál es la situación actual de los equipos de tierra? ¿Con qué medios contáis en el perímetro?
El más veterano de los tres, un tipo con el rostro curtido por el sol y el humo, tomó la palabra.
—Tenemos cuatro cuadrillas de Hotshots intentando abrir líneas de defensa manuales en el flanco sur del primer foco, pero el fuego está coronando.
Está saltando por las copas de los árboles de forma explosiva —informó con frustración —.
Tenemos tres bulldozers parados en la carretera forestal cincuenta y dos porque el terreno es demasiado escarpado para que suban.
Básicamente, estamos haciendo un ataque defensivo para evitar que el flanco derecho se nos enganche y baje hacia el valle de Wildwater Falls.
El comandante Harris intervino para completar el cuadro.
—En cuanto a medios aéreos, tenemos a nuestros tres pájaros listos —señaló a Caleb y a los otros dos pilotos—.
Y el mando central me ha confirmado que la Guardia Nacional acaba de movilizar dos helicópteros Blackhawk con helibaldes de gran capacidad.
Estarán en nuestra zona de operaciones en menos de dos horas, junto con un avión cisterna de ala fija que hará rotaciones desde el lago.
Miré el mapa termográfico. El viento, la topografía y la carga de combustible dictaban las reglas del juego.
Me puse en pie, caminé hacia la pantalla y señalé las curvas de nivel del mapa.
—Bien, escuchadme. Un ataque directo a la cabeza del incendio con este viento y en fuego de copas es un suicidio.
No vamos a meter a nadie ahí —expuse, mirando a los capitanes de bomberos—.
Este es mi plan para los próximos cuatro días.
Nuestro objetivo primordial no es la extinción inmediata; es la estabilización y la contención de los flancos.
Deslicé el dedo por la pantalla, trazando una línea imaginaria en el lado inferior de la mancha roja.
—Vamos a usar una táctica de anclar y flanquear.
Necesito que vuestras cuadrillas de tierra establezcan puntos de anclaje seguros en la cola del incendio, donde la intensidad es menor, y vayan cerrando el flanco sur.
Si dejamos que ese flanco se expanda, el viento lo empujará directamente hacia las zonas habitadas del valle. Esa es vuestra prioridad en tierra.
—¿Y qué pasa con el frente principal que avanza hacia el norte? —preguntó uno de los capitanes, frunciendo el ceño—. Si lo dejamos correr, arrasará miles de hectáreas de bosque virgen.
—No lo vamos a dejar correr. Vamos a usar la montaña a nuestro favor —le aseguré, tocando el cuadrante norte del mapa—.
Conozco bien el comportamiento biótico y la orografía de este terreno.
Estamos hablando de un bosque denso de abetos de Douglas y pino ponderosa, pero justo en este sector norte...
la orografía se vuelve extremadamente escarpada.
Hay una transición abrupta hacia afloramientos rocosos de basalto y crestas de piedra pura.
Me giré hacia Caleb y los otros pilotos.
—Aquí es donde entramos nosotros con los medios aéreos.
El terreno rocoso es una barrera natural de combustible cero.
Si el equipo Alfa y yo dirigimos los bombardeos de retardante del avión cisterna y los Blackhawks directamente sobre las crestas justo por debajo del roquedal, y machacamos esa línea con descargas continuas, podemos encajonar la cabeza del incendio contra las rocas.
El fuego llegará allí, se quedará sin biomasa para quemar y se estrellará contra un muro.
Regresé a mi asiento, apoyando las manos en el respaldo.
—Si logramos estabilizar los flancos sur con las brigadas terrestres y ahogamos el avance norte contra las rocas con los medios aéreos, el incendio no tendrá a dónde ir.
Perderá intensidad. Y para cuando llegue el frente de bajas presiones y las lluvias que los meteorólogos prevén para mediados de la semana que viene, el fuego estará lo suficientemente débil como para que podamos entrar a rematarlo.
Los capitanes de bomberos se miraron entre sí, asintiendo lentamente, reconociendo la viabilidad y la precisión técnica del plan. No les estaba mandando a una misión suicida; les estaba dando una estrategia de contención experta.
El comandante Harris me miró. No dijo nada, pero el brillo de sus ojos delataba que estaba profundamente impresionado por la capacidad de leer la topografía, el clima y el comportamiento del fuego en menos de cinco minutos. Acababa de ahorrarles horas de conjeturas y posibles bajas.
—El plan me parece sólido, capitán Holloway —sentenció Harris —. Aprobado.
Asentí y me giré inmediatamente hacia Caleb, que ya se estaba poniendo en pie, ajustándose el mono de vuelo.
—Caleb, saca el Alfa Uno a la plataforma —le pedí —. Quiero hacer un reconocimiento sobre el terreno ahora mismo y marcar las rutas de aproximación para los hidroaviones antes de que el humo cierre la visibilidad del valle.
Caleb asintió con una sonrisa afilada.
—Vamos a volar.
Me puse el casco bajo el brazo y, con el plan de trabajo ya en marcha, el equipo Alfa salió de la sala de reuniones directo hacia el incendio.