DIECINUEVE
Georgia
E l trayecto en avión desde el pequeño aeropuerto del condado hasta Portland había durado apenas una hora, pero para mi estómago, el viaje se estaba sintiendo como una caída libre interminable.
Estábamos a viernes por la tarde. El coche de alquiler que Luke conducía con una sola mano se deslizaba suavemente por las carreteras arboladas en dirección a West Linn, uno de los suburbios más exclusivos y adinerados del área metropolitana de Portland.
Yo iba sentada en el asiento del copiloto, con la mirada fija en el paisaje verde que pasaba a toda velocidad al otro lado de la ventanilla, mientras el pulgar de mi mano derecha no dejaba de jugar frenéticamente con el borde de la uña de mi índice.
Estaba atacada de los nervios. Literalmente histérica.
El fin de semana que teníamos por delante no era una simple escapada romántica.
El motivo oficial de nuestro viaje era que Luke debía asistir a la cena anual de empresarios y filántropos del estado de Oregón.
Se celebraba la noche siguiente, sábado, en un impresionante salón de eventos a las afueras de Portland, y congregaba a buena parte de los hombres y mujeres más ricos, influyentes y poderosos de la costa oeste.
Era un evento en el que el apellido Holloway y el fideicomiso de sus abuelos tenían un peso aplastante.
El código de vestimenta era de estricta etiqueta, lo que significaba que en el maletero del coche viajaba un vestido de gala que me había costado más que el alquiler de tres meses de mi cabaña, y que me iba a obligar a moverme en un círculo social que estaba a años luz de la sala de Urgencias.
A esa misma cena también iban a asistir la madre y el padrastro de Luke.
Y ese era el verdadero motivo por el que sentía que me faltaba el aire.
Habíamos volado un día antes para que yo pudiera conocer formalmente a Lily, su madre, y pasar tiempo con ellos en su casa antes del circo del sábado.
Lamentablemente, no iba a poder conocer a toda la familia.
Rosalie, la hermana pequeña de Luke, estaba en Europa.
Se encontraba inmersa en un viaje de tres semanas recorriendo Italia de norte a sur, un regalo de cumpleaños con todos los gastos pagados que el propio Luke le había hecho por su veintiún cumpleaños.
Sabía lo importante que era Lily para Luke, la relación estrecha que tenían y lo mucho que Luke respetaba y quería a su madre. Por lo tanto, la aprobación de Lily era igual de importante para mí. Y eso me tenía al borde de un colapso nervioso.
Un cartel en el arcén nos dio la bienvenida a los límites de West Linn. Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me había quedado seca como el papel de lija.
—No tienes por qué estar nerviosa, Gia —murmuró Luke de repente.
No apartó la vista de la carretera, pero su mano derecha abandonó el volante, cruzó el espacio entre los dos asientos y se posó sobre mi muslo, apretándolo con una firmeza reconfortante.
—No estoy nerviosa —repliqué rápidamente, con un tono un poco más agudo de lo normal.
Quería sonar serena, profesional, no quería que se me notara que en realidad estaba a un paso de la hiperventilación. Quería causar una buena impresión. Quería que su familia viera que yo era digna de estar a su lado.
Lily Preston sabía que yo había abandonado a su hijo doce años atrás.
Lo había sabido recientemente, sí. Pero aun así debía ser difícil de asimilar que yo había sido la causa de la infelicidad de Luke durante más de una década.
Tenía que odiarme. Cualquier madre en su sano juicio odiaría profundamente a la mujer que le había destrozado el corazón a su hijo y lo había dejado tirado en el momento más oscuro de su vida.
Luke se echó a reír entre dientes. Fue un sonido gutural, bajo, que reverberó en su pecho.
—No mientas, doctora Robbins. Estás vibrando en el asiento —se burló suavemente, acariciándome la pierna con el pulgar—. Respira. Lily te va a adorar.
Giró el volante para tomar una salida hacia una zona residencial bordeada de inmensos robles y muros de piedra.
—Dudo mucho, muchísimo, que me vaya a adorar, Luke —murmuré, clavando la vista en la guantera, hablando más para mí misma que para él.
Luke volvió a reírse, esta vez con más ganas, mientras frenaba el coche y accionaba el intermitente para entrar en una propiedad privada.
Los enormes portones de hierro forjado estaban abiertos de par en par.
El coche se deslizó por un camino de grava blanca que crujía bajo los neumáticos.
Todo era bonito, limpio y caro. Todo tenía pinta de caro.
Levanté la vista y el estómago se me cayó a los pies.
La casa era enrome, en el mejor de los sentidos.
Era una mansión de dos plantas de estilo clásico, con un porche delantero inmenso sostenido por columnas blancas impecables.
Estaba rodeada de un césped cortado con precisión y una extensión de terreno en la parte trasera que se perdía en la arboleda, dejando dolorosamente claro que estábamos a años luz de Wildwater Falls y sus caminos de tierra.
Era el escenario perfecto para una dinastía, no para una chica de un pequeño pueblo de las montañas.
—De verdad que no sé por qué te ríes tanto ni qué te hace tanta gracia de toda esta situación —le espeté, incapaz de contener el tono de enfado mientras él apagaba el motor.
Luke se giró en el asiento. Tenía una sonrisa ladeada dibujada en el rostro.
—Me hace gracia porque eres la persona más decidida que conozco —me explicó, apoyando el brazo sobre el volante para mirarme de frente—.
Te he visto abrirle el pecho a un paciente con las manos desnudas en medio de un pasillo sin inmutarte, Gia.
Y me resulta infinitamente divertido ver que la temible jefa de Urgencias está atacada de los nervios, solo por conocer a mi madre.
Apreté los puños sobre mi regazo, fulminándolo con la mirada.
—Tu madre no es cualquier persona, Luke —le solté, con la voz temblando por la indignación —.
Esto no es como atender a un borracho agresivo en el turno de noche de Urgencias.
No es un puto protocolo médico que me sepa de memoria.
Es tu madre. Es la mujer que te dio la vida.
La que te crio sola. Y, sobre todo, es la mujer que tuvo que limpiar el desastre y verte con el corazón hecho pedazos cuando yo te lo destrocé hace doce malditos años.
No tiene ningún motivo para sonreírme. Mucho menos para adorarme.
La sonrisa divertida desapareció del rostro de Luke.
La burla se evaporó de sus ojos ámbar, siendo reemplazada por una expresión de ternura.
Desabrochó su cinturón de seguridad, se inclinó hacia mí por encima de la ancha consola central y me acarició el pómulo con el pulgar. Su tacto era cálido y firme.
—Escúchame bien, Georgia —me pidió, con la voz baja y cargada de seriedad—.
Mi madre no te odia. Lily es una mujer dura, sí, pero es increíblemente comprensiva y ve mucho más allá de lo evidente.
De hecho... ella fue la primera persona en el mundo en hacerme ver que una mujer como tú jamás me habría abandonado de esa manera sin tener una muy buena razón.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Qué? —susurré.
—Lo que oyes —asintió Luke, acariciándome la mandíbula—. Ella fue la única que se paró frente a mí en el cenador del jardín de atrás y me dijo que te buscara. Me dijo que te escuchara. Lily fue la primera en ponerse de tu parte.
El nudo en mi estómago se aflojó un poco, pero el miedo no desapareció del todo.
—Aun así... —murmuré, cerrando los ojos y apoyando la mejilla en su mano—. Va a ser muy difícil mirarla a los ojos después de todo lo que te hice sufrir, Luke.
Él deslizó la mano desde mi mejilla hasta la nuca, rodeando mi cuello con sus dedos grandes, y me atrajo hacia él hasta que nuestras frentes chocaron suavemente.
—Todo irá bien —me prometió, respirando mi aire—. Solo tienes que salir de este coche, ser tú misma, y te prometo que mi madre se dará cuenta de todo en el primer minuto.
Parpadeé, perdiéndome en la intensidad dorada de sus ojos.
—¿Qué es "todo", Luke?
—Todo —repitió él, con una certeza inquebrantable, rozando mis labios con los suyos—.
Se dará cuenta de que tú eres mi mujer. La primera.
La única que ha importado y la única que voy a tener en esta vida.
Se dará cuenta de que me haces feliz, y solo por eso, te aseguro que mi madre va a quererte y a tratarte como a una más de nuestra familia.
Inspiré profundamente, dejando que sus palabras se asentaran en mi pecho. Asentí con la cabeza. Estaba lista.
—Vamos allá —dije, soltando el aire.
Luke me dio un beso rápido, retrocedió en su asiento y ambos abrimos las puertas del coche casi al unísono.
Salí, sintiendo el calor del atardecer de Portland golpeándome la piel.
Me alisé la tela del pantalón de sastre y la blusa de seda que había elegido meticulosamente para la ocasión, intentando que mis manos dejaran de temblar, y caminé hacia la parte delantera del capó para reunirme con él.
Luke me agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los míos, presentándonos como un frente unido.
Comenzamos a caminar hacia los anchos escalones del inmenso porche de madera blanca.
Pero antes de que pudiéramos llegar siquiera al primer escalón, la imponente puerta doble de madera se abrió desde el interior.
Me quedé paralizada, conteniendo la respiración.
Dejó paso a una mujer sencillamente impresionante.
Lily Preston apareció bajo el dintel de la puerta, proyectando un aura de sofisticación y elegancia que no necesitaba de grandes alardes.
Era alta y esbelta, envuelta en unos pantalones palazzo color arena y una blusa blanca inmaculada que caía con una elegancia impecable.
Su pelo, de un rubio oscuro salpicado de reflejos cobrizos, estaba cortado en una media melena perfecta justo por debajo de las orejas, enmarcando un rostro anguloso y severamente hermoso.
Pero lo que me impactó de verdad, fueron sus ojos.