DIECINUEVE #2
Eran unos ojos ámbar, exactamente iguales, con la misma tonalidad felina, que los de su hijo.
Y en ese preciso instante, esa mirada estaba clavada en mí, analizándome de arriba abajo, penetrantemente, como si pudiera leer directamente los secretos de mi alma y evaluar si yo era verdaderamente digna del hombre cuya mano aferraba con desesperación.
Me quedé congelada a los pies de las escaleras del porche, con el pulso martilleándome en la garganta.
Lily nos observó desde el umbral con una calma que habría intimidado a cualquiera. Sin embargo, Luke no dudó ni un solo segundo. Apretó mi mano con firmeza, tiró suavemente de mí para que subiera los escalones y acortó la distancia con su madre.
—Hola, mamá —la saludó Luke, inclinándose para darle un beso rápido en la mejilla, con una naturalidad que contrastaba con mi rigidez—. Te presento a Georgia. Mi mujer.
El aire se me atascó en los pulmones. Mi mujer.
No dijo «mi pareja», ni «mi novia», ni mucho menos «una vieja amiga».
Lo soltó con una contundencia tan rotunda, que no dejaba el más mínimo resquicio de duda sobre mi posición en su vida.
Sentí cómo el rubor me subía por el cuello hasta teñirme las mejillas.
Me sorprendió la intensidad de su declaración, pero al mismo tiempo, me infundió un valor tremendo.
Lily bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas y luego la subió hasta mis ojos. Una sonrisa educada, pero genuina, curvó sus labios perfectamente pintados.
—Bienvenida a nuestra casa, Georgia —saludó Lily, extendiendo una mano hacia mí con elegancia—. Luke me ha hablado muchísimo de ti últimamente. Pasa, por favor. El viaje con este calor debe haberos dejado agotados.
Le estreché la mano. Su agarre era firme, seguro de sí mismo.
Al sostenerle la mirada, busqué instintivamente cualquier rastro del rencor que yo estaba convencida de que me guardaba.
Pero no lo encontré. No percibí hostilidad en ella, ni frialdad, ni desconfianza.
Lo que sí vi arder en el fondo de esos formidables ojos ámbar fue una curiosidad inmensa.
Era evidente que Lily tenía un millón de preguntas formándose en su cabeza, pero se contuvo.
Respetaba a su hijo lo suficiente como para no inmiscuirse abiertamente ni someterme a un interrogatorio en el umbral de la puerta.
Pasamos al interior de la casa, y el vestíbulo me dejó sin palabras. Era un espacio amplio, bañado en luz natural, con suelos de madera noble y obras de arte que exudaban un gusto exquisito.
Lily ejerció de anfitriona perfecta y nos hizo un pequeño y rápido tour por las zonas principales de la planta baja.
—Esta es la biblioteca de Marcus, el salón principal, y por aquí llegamos al comedor de diario y la cocina —nos iba explicando Lily, guiándonos por los pasillos espaciosos.
Al llegar a la inmensa cocina de mármol blanco, una mujer de mediana edad con una sonrisa amable nos estaba esperando.
—Georgia, te presento a Ruth, la mujer que nos ayuda a mantener esta casa en pie —dijo Lily, presentándola con cariño. Le devolví el saludo a Ruth con una sonrisa, sintiéndome extrañamente cómoda—. Ruth, por favor, encárgate de que instalen el equipaje de Luke y de Gia en la habitación de Luke.
Subimos a la segunda planta y entramos en la habitación. Era un espacio inmenso, con ventanales que daban a los jardines traseros, decorado en tonos oscuros y masculinos, pero conservando algunos trofeos y fotografías enmarcadas de los años de juventud de Luke que me hicieron sonreír.
En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas y nos quedamos completamente solos, dejé escapar un suspiro largo y pesado, dejando caer los hombros como si acabara de correr un maratón.
Luke se acercó a mí por la espalda y me rodeó la cintura, apoyando la barbilla en mi hombro.
—¿Lo ves? No ha sido tan terrible —me susurró al oído, divertido por mi evidente alivio.
Me giré entre sus brazos y lo miré, apoyando las manos en su pecho.
—No, no lo ha sido. Tu madre es amable y encantadora, Luke. Pero se nota a la legua que esa mujer tiene muchísimas preguntas y dudas sobre mí.
Luke se encogió un poco de hombros, restándole importancia, y me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Si quieres responder a esas preguntas, depende única y exclusivamente de ti, Gia —me aseguró con una calma absoluta—.
Y si no quieres hacerlo, también está bien.
Sé que mi madre tiene dudas, pero jamás cruzará los límites que le marquemos.
Puedes quedarte a solas con ella en una habitación sin problemas, y te juro que mi madre jamás será grosera o maleducada contigo. No es su estilo.
Asentí, dándole la razón. La diferencia entre Lily y mi propia madre, Evelyn, era un abismo. Mientras Evelyn usaba la manipulación y el veneno, Lily usaba el respeto y la elegancia.
—Vamos a deshacer las maletas —sugerí, dándole un beso rápido en la barbilla—. Tenemos que sacar los trajes de etiqueta para que no se arruguen para la cena de mañana y necesito quitarme este olor a avión de encima antes de bajar a almorzar.
Después de refrescarnos, cambiarnos de ropa por algo más cómodo y colgar cuidadosamente mi vestido de gala y el esmoquin de Luke en el enorme vestidor, bajamos al comedor acristalado de la parte trasera de la casa.
La mesa estaba puesta para tres. El almuerzo transcurrió con una fluidez asombrosa.
Era evidente que yo era bienvenida en la casa de la madre de Luke; Lily se dirigía a mí continuamente, integrándome en la conversación y tratándome con una cercanía que me hizo bajar las defensas por completo.
No me trataba como a una extraña, sino como a alguien que ya formaba parte de su círculo de confianza.
—Marcus no podrá acompañarnos a comer, está inmerso en unas reuniones en el bufete —nos informó Lily mientras servían una ensalada ligera—. Llegará tarde, pero nos veremos todos por la noche en la cena.
—No te preocupes, mamá, ya me imaginaba que Marcus estaría liado con el trabajo —respondió Luke, dando un sorbo a su copa de agua—. ¿Y qué hay de la pequeña italiana? ¿Te ha llamado hoy?
La cara de Lily se iluminó al escuchar hablar de su hija.
—Hablé con Rosalie anoche. Se lo está pasando de maravilla con sus amigas universitarias.
Me ha contado que han decidido cambiar un poco la ruta y van a recorrer parte del norte de Italia en tren durante esta próxima semana.
Florencia, Milán, los lagos... Está entusiasmada.
Ojalá estuviera aquí para conocerte, Gia, pero creo que no va a querer volver a pisar Oregón en mucho tiempo.
Luke sonrió con verdadero cariño al hablar de su hermana pequeña. Se giró hacia mí y me guiñó un ojo.
—Te encantará conocerla. Es un torbellino, no se calla ni debajo del agua, pero es imposible no quererla.
—No lo dudo —le sonreí, sintiendo una punzada de calidez al ver el amor fraternal en los ojos de Luke.
Lily apoyó los codos suavemente sobre la mesa y me miró con interés renovado.
—He oído que has aceptado el puesto de jefa de Urgencias en el Regional, Georgia. Es un título impresionante. ¿Cómo lo llevas?
Me animé al instante al hablar de mi trabajo. Era mi terreno seguro, el lugar donde era yo misma sin filtros.
—Está siendo un reto maravilloso, Lily —le confesé, gesticulando un poco con las manos, olvidándome de los nervios—.
El nuevo puesto es una gran responsabilidad, porque la dinámica ha cambiado.
Ya no se trata solo de salvar vidas con mis propias manos en un box.
Ahora también me toca gestionar al personal, cuadrar los turnos para no agotar a los residentes, pelear por los suministros y asegurarme de que toda la maquinaria del departamento esté a punto y engrasada para cualquier emergencia que la montaña o los barrancos de Wildwater Falls decidan lanzarnos en plena temporada turística.
Lily me escuchó con atención, asintiendo lentamente, valorando la pasión que le ponía a mi profesión.
—Y dime, Georgia... —Lily ladeó un poco la cabeza—. ¿Ha supuesto mucha diferencia para ti trabajar en un hospital pequeño? Llevabas once años en Portland, en uno de los complejos hospitalarios más grandes del estado. Regresar a un hospital de pueblo debe haber sido un contraste enorme.
La pregunta flotó en el aire del comedor acristalado. Se notaba perfectamente que no había acritud ni mala intención en el tono de Lily, pero mi cerebro captó de inmediato que, para mí, esa pregunta encerraba muchísimo más de lo que aparentaba en la superficie.
Dejé los cubiertos sobre el plato y tragué saliva. Podía dar una respuesta genérica sobre logística, o podía abrirme en canal y ser honesta con la mujer que tenía enfrente.
Miré a Luke. Él me observaba en silencio, dándome el espacio para decidir.
Volví mi mirada hacia Lily y sostuve sus ojos ámbar.
—Estar de vuelta en el Hospital Regional es como regresar a casa, Lily —comencé, con una voz calmada pero cargada de una vulnerabilidad que no intenté esconder—. En más de un sentido.
Lily enarcó apenas una ceja, invitándome a continuar.
—Portland fue una gran escuela para mí. Aprendí a lidiar con el trauma masivo y a trabajar bajo una presión brutal —le expliqué, sintiendo que un nudo se formaba en mi garganta, pero obligándome a hablar con claridad—. Pero realmente... mi alma y mi corazón siempre han estado en Wildwater Falls.
La mujer al otro lado de la mesa no apartó la vista de mí, escuchando cada inflexión de mi voz. Continué, porque sentía en lo más profundo de mi ser que debía explicarme mejor, que le debía a esta mujer la verdad o parte de ella.