DIECIOCHO #4
Cuando trajeron las bebidas, la conversación fluyó de forma natural, alejándose de las pullas para adentrarse en el terreno profesional.
Caleb, Ian y yo caímos fácilmente en esa clase de charla técnica que solo los que trabajan en emergencias extremas pueden disfrutar.
Estuvimos debatiendo sobre las diferencias en la aerodinámica de los saltos, las técnicas de aproximación de los smokejumpers en zonas de baja visibilidad y la brutalidad de los últimos incendios de sexta generación en los que mi unidad había intervenido en el estado vecino.
Me encantaba hablar de mi trabajo. Lo llevaba en la sangre y la adrenalina se me notaba en la voz.
—Lo que me resulta bastante raro es que no haya una unidad especializada en incendios forestales más cerca de Wildwater Falls, teniendo en cuenta la orografía del terreno —les comenté, dando un trago a mi cerveza sin alcohol.
Ian asintió, trazando círculos en la condensación de su vaso.
—Casi todos los bomberos y rescatistas de la base tenemos formación básica en control de incendios forestales —explicó Ian —.
Pero cuando la cosa se pone fea de verdad, cuando el fuego salta las copas de los árboles y se vuelve incontrolable, dependemos de que acudan las unidades estatales pesadas, como los smokejumpers de Redmond.
Y eso lleva un tiempo de respuesta que a veces no tenemos.
Asentí, procesando la información. Mi cerebro empezó a trabajar a toda máquina.
—Sería algo increíble poder incluir ese tipo de formación técnica avanzada en la nueva academia —cavilé en voz alta, mirando el líquido ámbar de mi vaso—.
Sé que vosotros estáis mucho más especializados en rescates médicos de alta montaña y en evacuación de trauma en helicóptero, pero en muchas ocasiones os toca entrar en zonas calientes para extraer a pacientes cercados por las llamas o evacuar a civiles de incendios.
Sería una mejora incalculable poder conocer a fondo las dinámicas de expansión del fuego, la lectura del clima y los protocolos de estabilización para grandes quemados en el propio terreno.
Las palabras salían de mi boca mientras las piezas del puzle ya se estaban ensamblando en mi cabeza. Podía traer instructores de Redmond. Podía financiar simuladores térmicos.
Gia, que había estado bebiendo su refresco en silencio, me miró de soslayo. Apoyó la barbilla en la palma de su mano y una sonrisa burlona curvó sus labios rojos.
—Ya estás planificándolo todo en esa cabeza tuya, ¿verdad? —me susurró, con un tono divertido que me calentó el pecho.
Solté una carcajada ronca, apretándola un poco más contra mi costado.
—Me conoces demasiado bien.
Una hora más tarde, el frío de la montaña entraba por las ventanillas ligeramente bajadas de mi todoterreno.
Estábamos de regreso a la cabaña de Gia.
Conducía con la mano izquierda apoyada relajadamente en la parte superior del volante, devorando los kilómetros de la oscura carretera que subía hacia Raven Ridge.
Mi mano derecha, sin embargo, estaba firmemente anclada en el muslo desnudo de Gia.
Era físicamente incapaz de tenerla tan cerca de mí y no tocarla; necesitaba el contacto de su piel para convencerme de que esto no era un sueño, de que no iba a despertarme de nuevo en mi casa de Redmond, solo y rodeado de silencio.
Gia estaba derretida contra el asiento del copiloto. Tenía la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, mirando las estrellas a través de los pinos, y tarareaba en voz muy baja la canción de rock que sonaba en la radio del coche.
Sentí un movimiento suave sobre el dorso de mi mano que descansaba sobre su pierna. Gia trazaba las venas, los tendones y los nudillos ásperos con la yema de sus dedos, en un patrón circular, lento y lleno de ternura.
El simple roce de sus dedos desató una reacción en cadena dentro de mí.
De repente, sentí un calor inmenso expandiéndose en el centro de mi pecho. Un nudo espeso de emoción me bloqueó la garganta.
Miré su perfil iluminado por la tenue luz del salpicadero. Estaba aquí. Era mía.
Por fin estaba exactamente donde quería estar.
Estaba con la única mujer que siempre había deseado, la única que me había visto de verdad.
Todo el infierno por el que habíamos pasado...
los doce años de separación, el duelo por mi padre, su aislamiento, la culpa, el miedo...
de repente, todo cobraba un sentido doloroso pero perfecto.
Todo ese sufrimiento nos había esculpido, nos había convertido en los adultos que éramos hoy, y nos había llevado a este preciso momento.
A este instante perfecto en el que solo estábamos nosotros dos. Nuestro contacto. Nuestra unión inquebrantable.
Sonreí a la carretera oscura, sintiendo una paz que no creí que fuera posible alcanzar en esta vida.
Pisé un poco más el acelerador, impaciente por llevar a mi mujer a casa, cerrar la puerta de la cabaña y aislar al resto del mundo.
Daba igual lo que viniera contra nosotros, si estábamos juntos podíamos enfrentar lo que fuera.
La noche en la montaña aún era joven, y a juzgar por la forma en que los dedos de Gia acababan de acariciar la parte interior de mi muslo, rozando la costura de mis vaqueros, estaba completamente seguro de que aún podíamos tener un par de orgasmos más.
O diez. Antes de que el sol volviera a salir sobre Wildwater Falls.