DIECIOCHO #3
Caminaba más lenta, con una cadencia perezosa.
No rompió el contacto visual conmigo en ningún momento.
Sus ojos ardían con un desafío mudo. Con cada paso que daba hacia mí, la sangre abandonaba mi cerebro para acumularse violentamente en el sur, hasta el punto de que sentí, de forma muy real, que mi pene iba a reventar la cremallera de los vaqueros.
Las parejas empezaron a reunirse a mi alrededor.
Cuando Hannah llegó hasta la altura de Caleb, no esperó a que se sentara en su propia silla.
Pasó un brazo fuerte alrededor de la cintura de su mujer, tiró de ella con firmeza y la encajó de pie, directamente entre sus piernas abiertas, obligándola a apoyarse contra el borde de su taburete alto.
Se miraron a los ojos, completamente embelesados, y vi cómo Caleb se inclinaba, le susurraba algo inaudible al oído que la hizo ruborizarse, y luego le devoró la boca con un beso profundamente posesivo.
Savannah se acercó a Ian. Pero antes de que llegara a un metro de distancia, él perdió la poca paciencia que le quedaba.
Ian alargó la mano, la hundió bajo el pelo de Savannah y la agarró por la nuca.
Tiró de ella hacia adelante, haciéndola chocar directamente contra su pecho ancho.
Se miraron con una intensidad que sacaba chispas, y Savannah, con la respiración agitada, le pasó una mano por el centro del pecho, rindiéndose al contacto.
Gia seguía acercándose, arrastrando los pies con esa sonrisa maliciosa en los labios.
No esperé a que llegara a la mesa.
Me levanté del taburete de un salto, pateándolo hacia atrás, y di tres zancadas largas hacia ella, interceptándola en medio del pasillo que formaban las mesas.
Me detuve a escasos centímetros de su cuerpo.
El calor que irradiaba su piel sudada tras el baile me golpeó de lleno, mezclado con el olor de su perfume.
No la toqué. Mantuve las manos apretadas a mis costados, resistiendo el impulso, porque sabía que, si la tocaba allí mismo, acabaría follando con ella encima de la barra del bar.
Me incliné hacia adelante, rozando su oreja con mis labios, y le susurré, con una voz tan ronca y baja que sonó como un gruñido, solo dos palabras:
—Baño. Ya.
Me separé un milímetro para ver su reacción. Vi cómo las pupilas de sus ojos avellana se dilataban al instante, tragándose el iris. Sus ojos se calentaron, ardiendo de lujuria.
Gia no dudó. Se mordió el labio inferior para contener una sonrisa, se dio media vuelta sobre sus talones y, sin mirar atrás, enfiló el pasillo trasero que conducía a la zona de los aseos.
La seguí de cerca, observando el movimiento hipnótico de su trasero bajo la tela vaquera con cada paso que daba.
Gia llegó al fondo del pasillo y empujó la puerta del baño adaptado, el mismo en el que habíamos estado la otra vez. Entró rápidamente y se hizo a un lado.
Crucé el umbral tras ella, cerré la puerta de un golpe seco con el talón y giré la cerradura, escuchando el clic metálico. El ruido de la música quedó amortiguado, sustituido por el zumbido de los fluorescentes y nuestras propias respiraciones agitadas.
No perdí el tiempo en preámbulos.
La agarré por los hombros, le di la vuelta y le pegué la espalda contra mi pecho, posicionándonos ante el espejo. Mi mano derecha voló directamente a su garganta, pude sentir bajo la yema de mis dedos cómo su pulso latía de forma salvaje, desbocado, golpeando contra su piel.
Mi mano izquierda bajó por su costado, se coló audazmente por debajo del dobladillo de la minifalda vaquera y agarró la tela de sus bragas.
—Me has puesto a cien con tu espectáculo ahí fuera, Georgia —le susurré al oído, frotando mi erección dura como la roca contra la curva de sus nalgas, haciéndole sentir exactamente el nivel de mi desesperación—.
Tengo la polla más dura que nunca en mi vida.
Así que vas a tener que solucionar este problemilla que has creado. Ahora mismo.
Gia se removió inquieta contra la pared. Suspiró, echando la cabeza hacia atrás para apoyarla en mi hombro, y se frotó con lentitud contra mi entrepierna, buscando la fricción a través de la tela, echando más gasolina al fuego.
—¿Qué quieres como compensación, Luke? —susurró, con la voz rota y jadeante, girando un poco el rostro para que sus labios rozaran mi mejilla.
Sentí que me iba a volver loco de deseo. La visión de su cuello expuesto bajo mi mano, la humedad que ya sentía traspasando la tela de su ropa interior y la provocación en su voz me rompieron los frenos.
—Quiero escucharte —gruñí contra su piel, dándole un mordisco suave en el lóbulo de la oreja—. La música está alta, nadie ahí fuera puede oír tus gritos. Quiero que no te reprimas, que me digas lo que quieres y que grites mi nombre cuando te corras. Fuerte, Gia.
Se lo dije al mismo tiempo que mi mano izquierda apartó la tela de sus bragas a un lado y mis dedos desnudos encontraron finalmente su centro. Estaba empapada, resbaladiza y completamente abierta, latiendo de necesidad, lista para recibirme sin dudarlo.
✽✽✽
Cuando empujé la puerta del baño adaptado y salimos de nuevo al pasillo trasero, el ruido ensordecedor del local nos golpeó devolviéndonos a la realidad.
Gia caminaba medio paso por delante de mí, abriéndose camino entre la multitud hacia nuestra mesa.
A pesar de sus mejores esfuerzos por alisarse la minifalda y recomponerse el top negro, tenía esa inconfundible y devastadora cara de recién follada.
Su piel estaba encendida, irradiando un calor y un sonrojo que nada tenían que ver con la temperatura del bar.
Su media melena caoba estaba gloriosamente desordenada por el roce contra mi hombro, y sus labios...
Dios, sus labios estaban rojos, hinchados y húmedos.
Y yo era plenamente consciente de que mi aspecto no debía distar mucho de esa misma imagen.
Gia me había agarrado del pelo con una fuerza salvaje, tirando de mis mechones mientras me devoraba la boca con la desesperación de alguien que se está ahogando.
Aún sentía el escozor de sus uñas en mi cuero cabelludo y el sabor de su lengua en mi boca.
Llegamos a la mesa y nos sentamos en nuestras respectivas sillas con una fingida naturalidad que no engañó absolutamente a nadie.
Ian le dio un trago lento a su cerveza, mirándonos con los ojos entrecerrados y una diversión silenciosa bailando en sus pupilas.
Savannah se mordió el labio inferior para reprimir una carcajada, mientras Caleb y Hannah intercambiaban una mirada rápida y elocuente.
Sabían exactamente de dónde veníamos y qué acabábamos de hacer, pero tuvieron la decencia de no hacer ningún comentario en voz alta.
Me acomodé en la silla, pasando un brazo por el respaldo de Gia, y me di cuenta de que había un asiento vacío.
—¿Dónde se ha metido Mac? —pregunté, frunciendo el ceño al notar su ausencia.
Caleb se encogió de hombros, apoyando los antebrazos sobre la mesa de madera.
—Recibió un mensaje hace un par de minutos —respondió, con un tono casual—.
Miró la pantalla, se le puso una sonrisilla bastante sospechosa en la cara y se largó del bar casi corriendo.
Ni siquiera se despidió. Parece ser que el amargado de mi hermano también tiene a alguien escondido por ahí que le reclama.
Esbocé una sonrisa de medio lado. Bien por él.
El camarero se acercó a la mesa y pedimos una nueva ronda. Pedí una cerveza sin alcohol para mí, ya que me tocaba conducir, y un refresco con hielo para Gia, que aún estaba intentando recuperar una respiración normal.