DIECIOCHO #2
Un segundo después, la mesa entera rompió en carcajadas. Ian y Caleb se reían con tantas ganas que tuvieron que apoyar las cervezas en la mesa para no derramarlas. Hannah negaba con la cabeza, riéndose por lo bajo, y Savannah me miraba con una mezcla de horror y absoluta admiración.
Cormac soltó una risotada franca, echando la cabeza hacia atrás, y levantó su vaso hacia mí a modo de brindis.
—Joder, Holloway. A eso se le llama jodida eficiencia —admitió Mac, visiblemente divertido por haber logrado desquiciarme lo suficiente como para cambiar el mobiliario de todo un hospital.
Gia se acercó a mí, negando con la cabeza, y me susurró al oído.
—Estás completamente loco, ¿lo sabes?
—Soy el accionista mayoritario del puto hospital, Gia. Puedo poner hamacas si me da la gana —le respondí en voz baja.
Ella soltó una pequeña risa y me besó la mejilla con ternura, apaciguando a la bestia.
Cormac, que seguía con su racha de energía inagotable, se levantó de la silla y señaló con la barbilla hacia las dianas iluminadas al fondo del local.
—Oye, Luke. Te propongo una partida a los dardos —lanzó el reto, mirándome desde arriba—. Nadie en esta mesa quiere jugar nunca conmigo.
Lo miré de arriba abajo, evaluándolo.
—¿Y eso por qué es? —pregunté, alzando una ceja—. ¿Es porque haces trampas, Mac?
Cormac se llevó una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendido por la acusación.
—Yo jamás hago trampas. Soy un hombre de honor.
Caleb se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en la mano, y me miró con una expresión de aburrimiento.
—No le hagas caso, Luke. Más bien es que nadie quiere jugar con él porque nunca nadie puede ganarle —aclaró Caleb, señalando a su mellizo con el pulgar—.
Tiene un pulso de cirujano y la puntería de un francotirador.
Es aburrido hasta la muerte jugar con él sabiendo que siempre vas a perder de paliza.
Cormac sonrió de oreja a oreja. Una sonrisa amplia y retadora que le iluminó el rostro.
El gen competitivo que me había en mí se activó al instante. Me levanté de la silla de un salto, apartando mi vaso de cerveza, y me cuadré frente a él.
—Prepara los dardos, Donovan —le dije, sosteniéndole la mirada con la misma arrogancia—. Porque voy a batirte en tu propio juego.
Mac se echó a reír, le dio un sorbo rápido a su bebida y me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera hacia la zona de las dianas.
—Ven aquí, smokejumper —me retó, con los ojos brillando de anticipación—. Muéstrame de qué estás hecho.
✽✽✽
Cormac Donovan dio un paso atrás, bajó el brazo derecho con una fluidez insultante y se giró hacia mí. Una sonrisa ancha, arrogante y estúpidamente triunfal le iluminaba el rostro oscuro.
—Tres en el centro, Holloway —anunció Mac, señalando la diana con el pulgar por encima de su hombro—. Te dije que te iba a dar una paliza. Y yo soy un hombre de palabra.
Me crucé de brazos, fingiendo indignación mientras miraba el desastre de mi propia puntuación en la pizarra.
—Has tenido una potra increíble, Donovan —gruñí, arrastrando las palabras con falsa molestia—. Una simple racha de suerte. Si jugamos al mejor de cinco, te aseguro que te barro del mapa.
Mac soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza mientras recogía los dardos.
—Claro que sí, smokejumper . Lo que tú digas para proteger ese frágil ego de magnate que tienes. Acéptalo, te he destrozado.
Le sostuve la mirada un segundo antes de que la comisura de mis labios me traicionara y terminara esbozando una media sonrisa. La verdad es que, tras la humillante paliza que me acababa de dar en apenas quince minutos, habíamos hecho muy buenas migas.
Mientras caminábamos de vuelta hacia nuestra mesa, esquivando a los clientes del bar, me permití analizarlo.
Reconocía en Cormac un carácter sorprendentemente similar al de Gia.
Usaba el sarcasmo, la ironía y esa actitud de tipo duro y relajado como un chaleco antibalas.
Era su escudo. Una fachada brillante con un fondo oscuro que nadie podía ver a menos que él te abriera la puerta y te dejara entrar.
Mac parecía esconder mucho de sí mismo; blindaba sus verdaderas emociones, enterraba sus traumas bajo capas de eficiencia y jamás mostraba sus vulnerabilidades en público.
Pero, a pesar de esos muros, no me cabía la menor duda de que era alguien profundamente leal.
Era el tipo de hombre que te cubriría la espalda en medio del infierno.
Alguien en quien podías confiar ciegamente.
Alguien a quien le confiarías tu propia vida sin pensarlo dos veces.
Mac seguía regodeándose en su victoria, enumerando todas las formas en las que había machacado mi puntuación, y yo seguía fingiendo estar ofendido, lo que solo conseguía que se riera con más ganas.
Sin embargo, cuando llegamos a la gran mesa de madera del fondo, la conversación murió en nuestros labios.
Caleb e Ian estaban solos.
Me detuve en seco, frunciendo el ceño al ver las sillas vacías donde segundos antes estaban sentadas las tres mujeres.
Caleb estaba recostado en su asiento, con una botella de cerveza a medio terminar olvidada en la mano.
Ian estaba inclinado hacia adelante, con los codos apoyados sobre la madera y los nudillos blancos de la fuerza con la que apretaba su vaso.
Ninguno de los dos nos miró al llegar. Estaban completamente congelados, como dos estatuas de piedra, con la mirada fija como un láser hacia el centro de la pista de baile del local.
—¿Dónde demonios están las chicas? —pregunté, rompiendo el silencio de la mesa.
Caleb ni siquiera giró la cabeza. Se limitó a levantar una mano y señalar con el dedo índice exactamente hacia el punto que estaba monopolizando su atención y la de Ian.
Seguí la dirección de su dedo. Cormac hizo lo mismo a mi lado, y un segundo después, soltó un silbido bajo y prolongado que se perdió entre los graves de la música que atronaba en los altavoces.
—Joder. Qué vistas —murmuró Mac.
Cuando mis ojos ubicaron el punto de atención en medio de la multitud, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de forma simultánea.
Ahí estaban.
Hannah, vistiendo una falda vaporosa corta que se arremolinaba con cada movimiento y una blusa fluida semitransparente que dejaba muy poco a la imaginación, estaba bailando con los brazos elevados por encima de la cabeza, riendo a carcajadas.
Savannah, embutida en un vestido veraniego rojo sin espalda que se ceñía a su cintura, movía las caderas al ritmo de la música con una soltura que desmentía su habitual timidez.
Y Gia...
Gia estaba exactamente en el centro, entre ambas.
Llevaba esa maldita minifalda vaquera que apenas le cubría medio muslo y el top negro de tirantes.
Estaba bailando con los ojos completamente cerrados, la barbilla elevada hacia las luces del techo, exponiendo la larga y pálida línea de su cuello.
Tenía un brazo doblado por detrás de su cabeza, con los dedos enredados en su propio pelo caoba, tirando levemente de los mechones mientras su pelvis y sus caderas se balanceaban con un ritmo pecaminoso y arrastrado que encajaba a la perfección con la percusión de la música.
Las tres estaban bailando juntas. Despreocupadas. Desinhibidas. Y completa y absolutamente ajenas al revuelo monumental que estaban montando en el bar.
Porque no éramos los únicos mirando. La mitad de los tíos del local, leñadores, bomberos y turistas, estaban mirándolas como halcones a punto de lanzarse sobre sus presas. La otra mitad, directamente, estaba babeando sobre la espuma de sus cervezas de barril, sin disimular el hambre en sus ojos.
—Voy a ir a sacar a Savannah de ahí ahora mismo —murmuró Ian a mi izquierda —. Ahora mismo.
Pero no movió ni un solo milímetro de su cuerpo. Se quedó exactamente dónde estaba, clavado en la silla, completamente hipnotizado por el espectáculo visual que estaba montando su chica. Él no veía nada más, solo a ella, no le importaban los demás. Estaba extasiado con ella.
Caleb no dijo ni una sola palabra. Mantenía los labios apretados en una línea fina y no le quitaba los ojos de encima a Hannah. Parecía estar planeando. Planeando el después, el cómo llegar a casa lo antes posible con su esposa.
Yo, por mi parte, dejé de ver a la multitud. Dejé de escuchar a Mac riéndose por lo bajo. El resto de las personas del bar desaparecieron, desdibujándose como si no existieran, y el mundo entero se redujo única y exclusivamente a ella.
Jamás, en todo el tiempo que nos conocíamos, había visto a Gia así.
Ya no era solo que estuviera relajada y sonriente; era que jamás la había visto bailar de esa manera.
Estaba liberada. Estaba fluyendo, sintiendo la música en su propio cuerpo, reivindicando su derecho a disfrutar, a ser joven, a ser salvaje.
Estaba brillando y eso me encogió el corazón y me llenó de un orgullo tan vasto que me dejó sin aire.
Gia abrió los ojos.
Su mirada voló directamente a través de la multitud y se clavó con precisión en mis ojos. Fue como si, durante todo ese tiempo que había estado bailando con los ojos cerrados, hubiera sabido que yo estaría allí, en la mesa del fondo, mirándola casi sin pestañear.
Al establecer contacto visual, Gia no apartó la mirada. Al contrario.
Esbozó una sonrisa. Una sonrisa deliberadamente provocadora.
Sin apartar sus ojos avellana de los míos, levantó un poco más la barbilla, se frotó el pelo con la mano que tenía en la nuca y bamboleó las caderas con un golpe seco y arrastrado, marcando el compás de la guitarra eléctrica, frotando sus muslos de una forma que casi me hace reventar una vena del cuello.
Me quedé sin respiración. Me estaba provocando, ella sabía exactamente lo que me estaba provocando y además se lo estaba pasando en grande.
Los acordes finales de la canción sonaron en los altavoces y la melodía terminó.
Hannah y Savannah se rieron, aplaudieron y, agarrándose de la mano, se dieron la vuelta para regresar hacia nuestra mesa, abriéndose paso entre la gente.
Gia las siguió. Pero iba un paso por detrás.