DIECIOCHO
Luke
E l ambiente en el interior de The Switchback bullía con esa energía ruidosa y vibrante típica de los viernes a principios de verano. El aire acondicionado del local luchaba por mantener a raya el calor de la tarde y alrededor de nuestra mesa, la atmósfera era increíblemente cálida y familiar.
Estábamos sentados en una de las mesas grandes del fondo, rodeados de vasos de cerveza empañados y raciones de comida a medio terminar. A nuestra izquierda estaban Savannah e Ian; frente a nosotros, Caleb y Hannah.
Me recosté contra el respaldo de madera de la silla, dándole un trago lento a mi cerveza, y dejé que mi mirada se deslizara hacia la mujer que estaba sentada a mi derecha.
No podía quitarle los ojos de encima. Era una adicción que no tenía intención de curar.
Gia llevaba puesta una minifalda vaquera que se ajustaba a sus caderas y dejaba al descubierto un par de piernas interminables que me volvían loco, combinada con un top negro de tirantes que se ceñía a cada curva de su pecho.
Yo había optado por unos simples vaqueros oscuros y una camiseta de manga corta verde oliva que se adaptaba a mis hombros.
Estaba preciosa. Estaba tan jodidamente sexy, con el pelo caoba rozándole los hombros y riéndose abiertamente de un comentario de Caleb, que las palmas de las manos me hormigueaban con la necesidad de tocarla.
Habíamos avanzado muchísimo en estas dos últimas semanas.
Gia había sido valiente. Había empezado a ir a terapia para enfrentarse al trauma y superar la culpa paralizante por la muerte de mi padre, Marvin.
Ambos sabíamos que el problema subyacente seguía ahí, acechando para estallar en cualquier momento.
En las dos sesiones que había tenido con su terapeuta, la había visto decidida a desenterrar esa parte oscura de su mente, dispuesta a aprender a gestionar la ansiedad y esos malditos ataques de pánico que la habían estado consumiendo en su aislamiento en Portland.
Verla luchar por sí misma, por su salud mental y por nosotros, me había ofrecido una versión nueva y mejorada de la Gia de la que me enamoré.
Me sentía cada vez más seguro. Estaba plenamente confiado en que, esta vez, no iba a hacer las maletas y abandonarme cada vez que las cosas se pusieran difíciles.
Aun así, no era estúpido. Sabía que había puntos negros en el horizonte de nuestra relación, y el más inminente tenía nombre y apellidos: Evelyn Robbins.
La perspectiva de la llegada de su madre al pueblo me revolvía el estómago.
Me preocupaba cómo la toxicidad de esa mujer iba a afectar a Gia y a la estabilidad que estábamos construyendo.
Pero esa noche, rodeados del ruido del bar, me prometí a mí mismo mantener a los demonios a raya.
Solo quería verla exactamente como estaba en ese momento: relajada, feliz y radiante, bromeando con sus amigos.
El grupo me había aceptado como a uno más con una naturalidad que me sorprendió.
Ian Collins y yo habíamos establecido una amistad sólida en tiempo récord.
Lo mismo ocurría con Caleb Donovan. El respeto mutuo entre nosotros había sido inmediato.
Conocer a Savannah en profundidad también había sido una grata sorpresa.
Me esperaba a una mujer dulce necesitada de protección constante por parte de su hermana o de su pareja.
Pero nada más lejos de la realidad, Savannah era una mujer dulce y amable, pero no era una persona débil, era alguien capaz, inteligente, resuelta y talentosa.
Entendía la fascinación de Ian por ella, era la combinación perfecta de dulzura y firmeza.
Por otro lado, Hannah se había ganado un nuevo nivel de respeto por mi parte, pocas veces me había topado con alguien tan inteligente y decidida, me recordaba a Gia en algunos aspectos.
Estábamos a punto de levantar la mano para pedir la segunda ronda de cervezas de la noche cuando la puerta de The Switchback se abrió y apareció Cormac Donovan.
Cormac tenía esa típica actitud de exmilitar y cirujano de urgencias: serio pero relajado, con unos ojos que escaneaban el perímetro de forma vigilante y una sonrisa sarcástica dibujada en la comisura de los labios.
La sonrisa de alguien que ha visto de todo, quizá demasiado.
Se acercó a la mesa con paso firme. Chocó los puños con su hermano mellizo, Caleb, en un saludo silencioso y una fuerte palmada en el hombro a Ian.
Luego, se inclinó y le dio un beso sonoro en la mejilla a Hannah, otro a Savannah, y, finalmente, se detuvo junto a la silla de Gia.
Se inclinó sobre ella. Gia le sonrió, girando un poco el rostro, y Cormac le depositó un beso en la mejilla que, a mi juicio, duró un segundo de más.
Me puse tenso al instante. Los músculos de mi mandíbula se apretaron hasta crujir.
No me gustaba ni un pelo esa cercanía que Mac tenía con mi chica. Ya tenía bastante con aguantar el hecho de que, por necesidades laborales, estuvieran todo el día trabajando codo con codo en la sala de Urgencias.
Sin pensarlo, levanté el brazo derecho y lo pasé por encima del respaldo de la silla de Gia. No fue un movimiento abiertamente agresivo, pero era una declaración de intenciones clarísima. Quería dejarle meridiana y absolutamente claro que la doctora Robbins no estaba disponible. Ni ahora, ni nunca.
Cormac se enderezó y su mirada se cruzó con la mía por encima de la cabeza de Gia.
Sus ojos, de ese sorprendente color turquesa que compartían todos los Donovan, brillaron con diversión.
Intercambiamos una mirada sostenida. Mac era plenamente consciente de que yo estaba marcando mi territorio, y le divertía enormemente mi actitud.
Pude ver en su media sonrisa que estaba disfrutando a mi costa.
Gia notó el repentino cambio en la mesa. Inclinó la cabeza hacia mí, rozando sus labios contra mi oído.
—Tranquilízate, fiera —me susurró, con un tono cargado de diversión—. Estás mirando demasiado fijamente a Mac. Parece que vayas a saltar por encima de la mesa para morderle la yugular.
Giré un poco la cabeza para mirarla a los ojos, acercando mi boca a su oreja hasta que sentí el roce de su pelo en mis labios.
—No me gusta ni un pelo esa cercanía que tiene contigo, Gia —le susurré de vuelta, con la voz ronca, sin molestarme en ocultar mis absurdos celos—. Ni esas confianzas que se toma para acercarse tanto, tocarte o darte besos en la mejilla.
Gia me miró de frente, con los ojos avellana brillando de adoración y una sonrisa de satisfacción curvándole los labios.
—No importa nada de eso, Luke —me aseguró en un murmullo que solo yo pude oír, deslizando una mano sobre mi muslo por debajo de la mesa—. Porque mis labios solo van a besar los tuyos.
Me incliné sobre ella y le di un beso. La besé con la presión exacta para reclamar su boca, saboreando la cerveza en sus labios, solo porque podía hacerlo a la vista de todos. Solo porque quería.
Me separé de ella y volví a recostarme en la silla, sin quitar el brazo de su respaldo.
Cormac, que ya había arrastrado una silla para sentarse junto a Caleb, no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de pincharme.
—Oye, Luke, como miembro destacado de la junta de accionistas de este nuestro amado hospital...
—empezó Mac, apoyando los codos sobre la mesa de madera y entrelazando los dedos, mirándome con una inocencia completamente fingida—.
Creo que deberías proponer que compren camas más grandes para las salas de descanso de Urgencias.
O directamente remodelarlas y hacerlas más amplias.
Levanté una ceja, sin mover un solo músculo.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es el argumento médico para semejante inversión, doctor Donovan? —repliqué, arrastrando las palabras.
—El argumento es puramente logístico —respondió Cormac, sonriendo abiertamente—. Es que Gia y yo hemos tenido que compartir esa cama más de una vez durante las guardias eternas de Urgencias, y déjame decirte que el espacio es bastante deficiente para dos personas.
Me tensé como la cuerda de un arco.
Gia intervino rápidamente, soltando una risa cristalina antes de que yo pudiera abrir la boca.
—Déjate de rollos, Cormac —le reprendió mi chica, divertida, lanzándole un posavasos de cartón que le rebotó en el pecho—. Jamás hemos estado los dos tumbados en esa misma cama a la vez y lo sabes perfectamente.
Mac atrapó el posavasos en el aire, fingiendo estar ofendido.
—Es cierto, jefa, no a la vez —concedió Cormac, inclinándose hacia adelante, clavando sus ojos en los míos para soltar la estocada final—. Pero sí que hemos compartido sábanas. Cuando me toca el descanso justo después de ti, puedo jurar que tu olor se queda impregnado en la almohada.
Fue la gota que colmó el vaso.
Sentí cómo me cabreaba de verdad. No dije una sola palabra.
Mantuve el rostro impasible, una máscara de hielo que había perfeccionado en las reuniones de la junta, saqué mi teléfono móvil del bolsillo de los vaqueros, abrí la aplicación de correo electrónico y empecé a teclear a una velocidad vertiginosa.
Gia se asomó por encima de mi hombro, frunciendo el ceño al ver la pantalla de mi teléfono.
—¿Qué demonios estás haciendo, Luke? —me preguntó, confundida.
—Estoy solucionando el problema en la sala de descanso de Urgencias, doctora Robbins —comenté, sin apartar los ojos de la pantalla, con un tono plano y profesional—.
Acabo de enviar un correo a la administración del hospital.
He ordenado que mañana a primera hora retiren las camas e instalen literas individuales en todas y cada una de las salas de descanso médico del edificio. Problema de espacio y olores resuelto.
Le di al botón de enviar y guardé el teléfono en el bolsillo, cruzándome de brazos.
Gia se quedó mirándome, alucinada, con la boca ligeramente abierta, sin saber qué decir.