DIECISIETE #5
—Ya lo sé. Y en otras circunstancias la ignoraría y la mandaría por donde ha venido.
Pero no hay que olvidar que Evelyn arrasa con lo que toca.
Si la dejo suelta por el pueblo irá a buscar a Savannah, solo por la diversión de intentar hundirla y luego se enterará de nuestra relación y eso se convertirá en su obsesión y ya no me la podré quitar de encima...
—Savannah ya no es una adolescente asustada, Gia —me interrumpió Luke con suavidad, pero con una convicción férrea—.
Savannah es una mujer adulta. Se ha enfrentado a cosas mucho peores que las críticas de Evelyn.
Y estoy completa y absolutamente seguro de que la propia Savannah puede poner a su madre en su lugar en cuestión de segundos.
Y si ella decide no hacerlo... tiene a Ian Collins durmiendo en su misma cama.
Y te aseguro que Ian no va a permitir que esa mujer perturbe la paz de Savannah.
Me quedé callada. Sabía que tenía razón, yo misma había llegado a esa conclusión semanas antes. Pero ahora yo no estaba sola y me aterraba la idea de que Luke y mi querida madre estuvieran en la misma sala.
—Y en cuanto a ti... —Luke bajó un poco más el tono de voz, acariciándome la mejilla con los nudillos —.
Tú no tienes que hacer ningún puto control de daños, mi chica valiente.
Con solo decir una sola palabra, te juro que me encargaré de ella.
Hablaré con Evelyn antes de que ponga un pie en el pueblo y haré que te deje en paz para el resto de tus días.
No volverá a enviarte un mensaje en ese tono en lo que le quede de vida.
Lo miré fijamente, procesando la frialdad de su oferta.
Me di cuenta, con un escalofrío recorriéndome la espina dorsal, de que lo decía completamente en serio.
Luke tenía el dinero, la influencia, los abogados y la intimidación física y verbal necesaria para destruir cualquier asomo de confianza de mi madre.
Con una sola llamada, podría hacer que Evelyn Robbins no volviera a cruzar el límite del condado.
Dudé. Dios, dudé muchísimo.
Sería tan jodidamente fácil rendirme, cerrar los ojos y dejar que Luke se encargara de todo.
Pero, en el fondo, sabía que era una pésima idea.
Negué con la cabeza, deslizando mi mano por su pecho hasta posarla sobre su corazón.
—No, Luke. Te lo agradezco en el alma, de verdad. Pero no.
—Gia, no tienes por qué lidiar con su toxicidad sola —insistió, frunciendo el ceño, claramente insatisfecho con mi negativa.
—Lo sé —le aseguré, regalándole una media sonrisa—.
Y sé que podrías aplastarla. Pero... no quiero que te mezcles con mi madre.
No quiero que Evelyn se acerque a ti. Es una mujer superficial, manipuladora y profundamente clasista.
Si la dejo que se enfrente a ti, no solo intentará atacarte para hacerme daño, sino que, en el instante en que se dé cuenta de quién eres realmente...
en el instante en que vea que mi pareja es el heredero de un holding millonario, dueño de medio hospital, con un capital infinito a su disposición...
—solté un suspiro de agotamiento mental solo de imaginarlo—.
Va a redoblar sus putos esfuerzos para meterse en mi vida.
Va a intentar trepar socialmente usándote a ti, fingiendo ser la suegra perfecta frente al hombre rico.
Se pegará a nosotros y no me la sacaré de encima jamás.
Luke escuchó mi razonamiento sin parpadear. Apretó los labios en una línea fina, tragándose la frustración de no poder solucionar mi problema de un plumazo.
—De acuerdo —asintió finalmente, acariciándome la mandíbula con el pulgar—. Es tu madre y es tu decisión cómo manejar este asunto. Respetaré los límites que quieras marcar con ella.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, levantando la cabeza del cojín del sofá para acortar la distancia entre nuestros rostros.
—Pero que te quede una cosa muy clara, Georgia —susurró, con una promesa irrompible latiendo en su voz—.
Mi ayuda sigue y seguirá en pie. Pase lo que pase, y diga lo que diga esa mujer, estoy aquí.
A tu lado. Y en el mismo instante en que me digas que no puedes más, o en el instante en que esa mujer intente pasarse de la raya contigo y faltarte al respeto delante de mí...
intervendré. Y te aseguro que a mí no me temblará el pulso para cerrarle la puerta en las narices. ¿Entendido?
El calor me inundó el pecho, desplazando por completo la ansiedad que el mensaje de Evelyn me había provocado.
Nunca, en toda mi vida, alguien había estado dispuesto a interponerse entre mi madre y yo.
Siempre había sido yo quien recibía los golpes para proteger a los demás.
Saber que ahora tenía a este hombre guardándome la espalda me daba una fuerza imparable.
Me arrastré un par de centímetros hacia arriba, sintiendo la dureza y el calor de su cuerpo debajo de mí.
—Entendido —susurré.
Acaricié la punta de su nariz con la mía propia, frotándolas con un gesto lleno de ternura y complicidad, y me incliné un milímetro más.
Posé mis labios sobre los suyos y le di las gracias con un beso suave, lento y profundo, perdiéndome en su sabor y dejando que su abrazo me hiciera olvidar al resto del mundo una noche más.