DIECISIETE #4
Las horas de madrugada, recostados sobre las almohadas en la oscuridad de la habitación, se habían convertido en nuestro confesionario privado.
Habíamos llenado el vacío de esos doce años compartiendo anécdotas, vivencias absurdas, los viajes que habíamos hecho, y la gente que habíamos conocido a lo largo de esa década y que, de un modo u otro, habían marcado nuestras vidas.
Me había hablado muchísimo de su madre, Lily, y de su hermana Rosalie. Me había desgranado el complejo laberinto de la herencia de sus abuelos, detallándome las cláusulas del fideicomiso que lo convertían en el heredero universal de todo el patrimonio familiar.
A cambio, yo le había hablado de mis propios fantasmas.
Le había contado lo que había supuesto tener a mi madre, respirándome en la nuca durante toda mi residencia médica en Portland.
Le expliqué que, aunque vivíamos en apartamentos diferentes, Evelyn siempre se había pegado a mi vida y a mis éxitos profesionales como una sanguijuela, alimentando su narcisismo a través de mí.
Y vi de primera mano cómo Luke, al escuchar lo que Evelyn me hacía sentir y la presión psicológica a la que me sometía, se tensaba por completo.
Una ira fría y protectora ardían en sus ojos ámbar cada vez que imaginaba a mi madre entrometiéndose en todo.
La vida había sido inmensamente buena para mí en estos últimos diez días. Había sido más que buena; había sido espectacular. Sentía que volvía a ser yo misma.
El documental de la televisión cambió de escena, iluminando el salón con destellos azules.
Luke seguía con la cabeza girada hacia la pantalla, pero su atención estaba cien por cien centrada en mí.
Una de sus manos grandes y cálidas se deslizaba por mi espalda con lentitud, y la otra estaba enredada en mi pelo.
Sus dedos masajeaban mi cuero cabelludo con un ritmo profundo e hipnótico, rascando suavemente la base de mi nuca, provocándome escalofríos de placer que me tenían al borde del sueño más absoluto.
Justo cuando mis ojos empezaban a cerrarse, la vibración de mi móvil sobre la mesa de centro me sobresaltó.
Solté un gruñido de protesta, negándome a moverme de la calidez del pecho de Luke.
—Déjalo —murmuró él, besándome la coronilla—. Si es del hospital, te llamarán por el busca de emergencias.
—Podría ser Savannah —repliqué, arrastrando las palabras con pesadez.
Alargué un brazo, estirándome con pereza sobre el cuerpo de Luke, y agarré el teléfono. Le di la vuelta a la pantalla, entrecerrando los ojos ante el brillo repentino que me deslumbró.
No era Savannah.
El nombre que aparecía en la pantalla de notificaciones hizo que mis músculos se tensaran instintivamente de los pies a la cabeza.
Evelyn: Estaré en Wildwater Falls dentro de tres semanas para pasar unos días.
Supongo que ya tendrás la segunda habitación de tu cabaña lista para mí.
Y espero que te hayas replanteado tu ridícula decisión de prohibirme quedarme contigo, Gigi.
No te comportes como una adolescente rencorosa.
Mañana te llamo para confirmar los horarios de mi llegada. Besos.
Leí el mensaje de texto dos veces. El ceño se me frunció con tanta fuerza que me dolió la cabeza.
El cambio brusco en mi lenguaje corporal no pasó desapercibido. Luke dejó de masajearme el pelo y bajó la vista hacia mí.
—¿Qué sucede, Gia? —preguntó. Su voz había perdido el tono perezoso y adormilado, ahora sonaba alerta y protector.
Resoplé, frustrada porque mi madre hubiera logrado contaminar la paz de mi salón desde cientos de kilómetros de distancia, y giré la muñeca para mostrarle la pantalla del teléfono.
—Es ella. Evelyn.
Luke frunció el ceño. Sus ojos rápidos escanearon el mensaje de texto en apenas un par de segundos.
Apretó la mandíbula y apartó la mirada de la pantalla para clavarla en mí.
—¿Qué piensas hacer? —me preguntó. Su tono era bajo, pero cargado de tensión.
Inspiré hondo, dejando caer la cabeza contra su clavícula.
—Lo que hago siempre, Luke —respondí con resignación, bloqueando el teléfono y dejándolo caer sobre la mesa—.
Tragar saliva y hacer control de daños. Evitaré por todos los medios que se acerque a Savannah.
Escucharé sus críticas pasivo-agresivas sobre mi ropa, mi casa y mis decisiones vitales, y contaré los malditos minutos hasta que se canse de hacer el papel de madre abnegada, regrese a Portland y nos deje en paz a las dos.
Y en medio de todo eso, rezaré para que no se dé cuenta que eres un rico heredero y decida pegarse a ti como la sanguijuela desalmada que es.
Luke se quedó en silencio durante unos segundos. Sus manos bajaron hasta mi cintura, agarrándome por las caderas para acomodarme mejor sobre él, y me miró con seriedad.
—Ya no tienes que hacer eso, Georgia —sentenció —. Ya no tienes que ser la protectora de todo el mundo. Tienes que dejar de cargar con el peso del mundo sobre tus hombros.
Negué con la cabeza, acariciando la tela de su camiseta.