DIECISIETE #3
—Voy a saborear absolutamente todo de ti primero, Gia —me recordó, pasando la lengua por la marca de sus dientes en mi nalga, haciéndome estremecer—. Y después, te follaré hasta que te olvides de tu propio nombre.
—Estás muy en plan mordisquitos hoy —protesté, murmurando contra la madera de la mesa, frustrada por la espera.
Como única respuesta, Luke levantó la mano y me cruzó la nalga izquierda con una palmada sonora, fuerte y ardiente que resonó como un látigo en la sala de reuniones.
El escozor repentino envió una sacudida de placer tan bestial a mi cerebro que sentí cómo me humedecía aún más, empapando mis propios muslos. Solté un gemido largo arqueando la espalda para ofrecerle un mejor ángulo.
Ese sonido hizo que Luke repitiera la palmada, esta vez en la nalga derecha, marcándola con un rojo furioso.
—Mírate... —murmuró Luke, con la voz cargada de un asombro lascivo, rozando la piel ardiente que acababa de golpear—.
Estás increíble así. Con el culo en pompa, rojo, suplicando por mi polla.
Tendremos que poner otras cosas en práctica cuando volvamos a casa si te vas a poner así de húmeda y salvaje con un par de palmadas, Georgia.
Removí el trasero impaciente, frotándome contra el aire, suplicando un contacto que no llegaba. Y entonces, el sonido metálico de la hebilla de su cinturón desabrochándose y el rasgado de la cremallera de su traje de sastre me hizo contener la respiración.
—¿Estás preparada? —me preguntó.
Al mismo tiempo, metió una mano entre mis piernas. Sus dedos largos y ásperos acariciaron mi abertura, comprobando lo extremadamente resbaladiza y empapada que estaba, untándose en mis propios fluidos.
—Sí... —jadeé, cerrando los ojos con fuerza.
Me agarró por las caderas, cuadró su posición detrás de mí y me penetró de una sola estocada, profunda, rápida y despiadada.
Me llenó por completo en un segundo, estirando mis paredes hasta el límite.
Grité, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la inmensidad de su erección rozaba mi punto más sensible.
Se quedó un momento completamente quieto en mi interior, dejando que mi cuerpo se ajustara a su tamaño. Volvió a inclinarse sobre mi espalda, me agarró la mandíbula y me besó con una fuerza abrumadora, lamiendo y mordiendo mis labios, compartiendo el mismo aliento agitado.
—Muévete... por favor, muévete —le supliqué contra su boca, arañando el barniz de la mesa.
Y entonces, Luke empezó un ritmo castigador.
No hubo preámbulos. No hubo lentitud. Fueron embestidas potentes, profundas y demoledoras. El sonido de su cuerpo vestido de traje chocando con mi piel desnuda resonaba como latigazos. Me lo estaba dando todo. No se estaba guardando absolutamente nada. Y me encantaba. Era mío y yo suya.
Sentía a Luke por todas partes. Sus manos grandes y rudas aferrando mis caderas; su boca caliente devorando mi cuello, mordiendo y chupando la piel; su pene grueso entrando y saliendo de mi interior con una fricción que amenazaba con volverme loca.
Sentía que me deshacía, que mi cuerpo se fundía con cada roce y cada embestida.
El placer escaló con una violencia desmesurada. Fue tan insoportable, tan agudo y concentrado en mi bajo vientre, que el orgasmo me arrolló casi de improviso. Me partió por la mitad.
Grité su nombre, perdiendo por completo el control, sintiendo cómo los espasmos brutales de mi clítoris y mis paredes vaginales se contraían alrededor de él, ordeñándolo con una fuerza que no había experimentado jamás.
Al sentirlo no tardó mucho más en llegar a su propio clímax.
Con una última embestida descomunal que me levantó de la mesa, se quedó clavado en lo más profundo de mi interior.
Sus manos se clavaron en mis caderas, inmovilizándome.
Echó la cabeza hacia adelante, gimiendo de forma gutural y rota en mi nuca, y se corrió dentro de mí.
Nos quedamos así durante varios minutos, apoyados sobre la mesa, con el sonido de nuestras respiraciones irregulares intentando recuperar el ritmo en el silencio de la sala de reuniones.
Cuando mis piernas dejaron de temblar lo suficiente como para sostenerme, giré un poco la cabeza hacia atrás. Encontré su rostro pegado al mío y le di un beso tierno y prolongado en la sien, empapada en sudor.
Luke levantó la cabeza, respirando hondo. Se incorporó lentamente, sacándose de mi interior con un sonido obsceno, y me arrastró con él, poniéndome derecha y girándome para que quedara frente a él.
Con un cuidado infinito que contrastaba con el salvajismo de hacía un minuto, me ayudó a vestirme. Me subió la ropa interior de algodón y los pantalones del pijama médico azul. Hice el amago de agarrar un pañuelo de papel, pero su mano se cerró sobre mi muñeca, deteniéndome.
—No te limpies —me ordenó, con la voz grave y los ojos brillando —. Quiero que pases todo el día sintiéndome dentro de ti. Quiero que lleves mi marca todo el turno, sabiendo a quién le perteneces.
Estaba en una nube. Mi cerebro nadaba en una neblina de endorfinas y dopamina, casi hipnotizada tras la intensidad brutal del orgasmo. Asentí, dándole la razón sin poder articular palabra.
Alargué los brazos, agarré con fuerza las solapas grises de su traje sastre hecho a medida y tiré de él, atrayéndolo hacia mí hasta darle un beso profundo y lento. Saboreé su boca hasta saciarme, al menos durante un rato. Perque Luke Holloway era adictivo.
Cuando nos separamos, me enmarcó la cara con sus dos manos grandes y cálidas. Me miró fijamente a los ojos, sin apartar la mirada, desnudándome el alma.
—Eres la cosa más jodidamente preciosa que he visto en toda mi vida, Georgia Robbins —me confesó, con una suavidad que me desarmó por completo.
Me emocioné. Fue inevitable. Se me llenaron los ojos de lágrimas al escuchar el tono de su voz, al sentirme tan inmensamente amada, pero parpadeé rápidamente para no derramarlas y arruinar el momento. Tragué el nudo de mi garganta y le sonreí con el alma entera.
Luke se inclinó y me dio un último beso dulce, apenas un roce de labios, y se apartó un paso, ajustándose el nudo de la corbata y abrochándose la americana.
—Deberíamos regresar al trabajo —murmuró, con una sonrisa ladeada y arrogante—. Yo aún tengo que lidiar con la reunión de la junta de accionistas y tú, jefa de Urgencias, debes volver a salvar vidas a tu departamento.
Asentí, alisándome la bata médica sobre el pecho.
Nos despedimos con otro beso rápido pero cargado de promesas, y salimos juntos de la sala de reuniones de la primera planta.
Al cerrar la puerta y enfilar el pasillo hacia las escaleras, tomé aire.
Las piernas me pesaban, mi entrepierna latía y sentía su calor dentro de mí con cada paso que daba.
Sonreí para mis adentros. No recordaba haber estado tan maravillosamente relajada en medio de un turno de emergencias en toda mi vida.
✽✽✽
El televisor del salón emitía un zumbido bajo, parpadeando con las imágenes de un documental sobre la vida salvaje que ninguno de los dos estaba viendo realmente.
Estaba tumbada encima de Luke en el sofá de mi cabaña.
Mi mejilla descansaba sobre su pecho, subiendo y bajando al ritmo acompasado de su respiración.
Estábamos entrelazados en una maraña de extremidades; pecho con pecho, mi pelvis encajada perfectamente contra la suya, y mis piernas enredadas con las suyas.
Solté un suspiro largo, y dejé que el peso de mi cuerpo se rindiera por completo.
Era mitad de semana, y los turnos de los últimos días en Urgencias habían sido una auténtica masacre.
El inicio de la temporada de verano siempre traía consigo una avalancha de senderistas domingueros, escaladores novatos y turistas incautos que subestimaban los barrancos escarpados que rodeaban el valle de Wildwater Falls.
Había pasado los últimos tres turnos reduciendo luxaciones de hombro, entablillando fracturas de tibia, cosiendo brechas y lidiando con insolaciones severas.
Tenía los pies doloridos y la espalda rígida.
Pero aquí, en mi salón, con los brazos de Luke Holloway rodeándome con fuerza, el estrés del hospital se desvanecía hasta convertirse en una neblina intrascendente.
Habían pasado poco más de diez días desde que regresamos de ala cabaña del bosque.
Y desde que volvimos al pueblo, no nos habíamos separado ni un solo segundo fuera del horario laboral.
Era como si, después de haber pasado doce años de vacío, ninguno de los dos estuviera dispuesto a perder un solo segundo lejos del otro.
Luke seguía concentrado en sus reuniones diarias con la junta de accionistas y en su agresivo plan de reestructuración de la base academia de rescate y la optimización del área de emergencias.
Y yo seguía al mando de mi departamento.
Pero, en cuanto cruzábamos las puertas de salida del hospital, el mundo exterior dejaba de importar.
Nuestra relación se había estado afianzando a una velocidad de vértigo, saltándose los preámbulos habituales. Habíamos entrado en una rutina doméstica con una facilidad casi aterradora, deslizándonos en la rutina del día a día como si lleváramos una década viviendo juntos.
Generalmente dormíamos en mi cabaña. Aunque la cabaña de Luke era más grande mi refugio era infinitamente más acogedor, y tenía unos enormes ventanales con unas vistas espectaculares del valle que a Luke le encantaban.
Se había apropiado de mi cocina desde la segunda mañana.
Luke se levantaba temprano y me cocinaba el desayuno mientras yo me preparaba para cada turno.
Incluso me preparaba meticulosamente el almuerzo en fiambreras y me llenaba el termo con mi café de tueste oscuro para que aguantara las largas horas de mi turno.
Para la cena, unas veces cocinaba él, otras lo hacía yo, pero la inmensa mayoría de las noches acabábamos cocinando juntos, rozándonos en el estrecho espacio frente a los fogones.
Y habíamos hablado. Dios, habíamos hablado muchísimo.