Hollow (Wildwater Falls 6) DIECISIETE #2
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DIECISIETE #2

Agarré el busca y leí el mensaje en la pantalla LCD.

—Código Rojo. Trauma Mayor —anuncié en voz alta, levantando la vista hacia mi equipo, mi tono volviéndose cortante, clínico y autoritario—.

Ambulancia del condado con llegada en tres minutos.

Tenemos un varón de cuarenta años. Accidente laboral en el aserradero de la zona norte.

Atrapamiento bajo maquinaria pesada. Posible traumatismo pélvico severo, hemorragia activa no controlada. Hipotenso. Taquicárdico.

Savannah asintió, su rostro transformándose en una máscara de eficiencia profesional.

—Preparo el box de trauma uno —dijo mi hermana, girándose hacia los monitores—. Aviso a banco de sangre para que tengan preparado el protocolo de transfusión masiva, O negativo, rápido. Solicito al doctor Pierce y a la doctora O’Malley para evaluación inmediata y preparo el ecógrafo portátil.

—Bien. Necesito dos vías periféricas de gran calibre y fluidos calientes en cuanto cruce las puertas.

Prepara el equipo de intubación rápida por si perdemos la vía aérea y llama a Rayos para placas portátiles de pelvis y tórax —ordené, abrochándome los botones de la bata con movimientos rápidos mientras me dirigía hacia los carritos de equipo de protección.

Sloane dio un paso atrás, asintiendo con aprobación al ver la maquinaria de nuestro departamento entrar en acción con una sincronización perfecta.

—El servicio de Urgencias es todo tuyo, doctora Robbins —dijo Sloane, recuperando su tono de directora médica, imponente y serena—. Te veo luego en mi despacho para la reunión de personal. Salva a ese hombre.

Asentí con un golpe de barbilla. Sloane se dio la vuelta y desapareció por el pasillo en dirección a la zona administrativa.

Me giré hacia Savannah, agarrando un par de guantes de nitrilo azules de la caja de la pared.

—Vamos a la bahía de ambulancias.

—Vamos.

✽✽✽

Dos días después del accidente en el aserradero, caminaba por el pasillo principal con el fonendoscopio rebotando contra mi pecho, leyendo con el ceño fruncido los informes de unas analíticas urgentes que acababan de subir del laboratorio.

Era un caso de pancreatitis aguda que amenazaba con complicarse.

Llegué al puesto central de enfermería, pasé la página del historial y se lo entregué a una de las enfermeras de planta.

—Los niveles de amilasa están por las nubes, Carol —le indiqué, señalando el valor subrayado —.

Ponle un gramo de paracetamol intravenoso, ajusta el suero fisiológico a un ritmo de mantenimiento alto y prepárale una vía para los antibióticos.

En un par de horas volveré a revisar su evolución.

Si el dolor abdominal empeora o la tensión cae, mándame un busca.

La enfermera asintió, tomando la carpeta para ejecutar las órdenes. Justo en el instante en que me daba la vuelta para seguir con mi ronda, el teléfono móvil que llevaba en el bolsillo de la bata vibró con insistencia.

Lo saqué, esperando un aviso del busca interno, pero la pantalla iluminada mostraba un mensaje de texto breve y directo

Luke: Ven a la sala de reuniones de la primera planta. Ahora.

Me quedé mirando la pantalla durante un segundo, sopesando el mensaje.

El tono escueto y mandón parecía urgente y algo serio.

Teniendo en cuenta la posición de Luke en la junta de accionistas, supuse que habría surgido algún problema burocrático de última hora con el nuevo proyecto de la sala de comunicaciones que estábamos implementando en Urgencias.

Suspiré, me ajusté el cuello de la bata médica y me dirigí hacia las escaleras que conectaban con la zona administrativa de la primera planta.

Recorrí el pasillo alfombrado, mucho más silencioso y aséptico que mi departamento, y empujé la pesada puerta de madera de la sala de reuniones principal.

Entré, preparada para discutir presupuestos y plazos de obra, pero me encontré con una sala completamente vacía.

Las persianas estaban bajadas, sumiendo la estancia en una penumbra fría.

Fruncí el ceño y di un paso hacia el interior, a punto de sacar el teléfono para llamarle.

La puerta se cerró a mis espaldas.

Antes de que pudiera girarme o articular una sola palabra, unas manos grandes, fuertes y posesivas me rodearon las caderas por detrás.

Un pecho inmenso y duro como el granito se apretó contra mi espalda, atrapándome.

El inconfundible olor bosque y al calor corporal de Luke me invadió los sentidos, anulando cualquier pensamiento lógico que me quedara sobre presupuestos.

—Quieta —me ordenó una voz ronca y peligrosamente oscura, murmurada directamente contra la piel de mi nuca.

El aliento caliente de Luke me erizó todo el vello del cuerpo. El contraste entre la tela áspera de mi pijama médico y la suavidad de su traje frotándose contra mí me hizo contener la respiración.

—Pensaba que pasaba algo urgente, Luke —susurré, intentando mantener la fachada de profesionalidad, aunque mi pulso ya se había desbocado en la garganta.

—Es una verdadera urgencia, Gia —me replicó en el mismo tono bajo, pegando sus caderas contra mis glúteos de forma deliberada—.

Mi polla está demasiado dura. Llevo toda la mañana en una sala llena de idiotas encorbatados pensando exclusivamente en ti, y necesito que alguien la alivie inmediatamente.

Y resulta que solo conozco un tipo de medicina muy, muy concreto para curarme.

Quise echarme a reír, pero la realidad era que estaba tan excitada como él. Su olor, la firmeza de su tacto rodeándome, la vibración de su voz posesiva en mi oído y la dureza que presionaba contra mi trasero a través de las capas de ropa me tenían al límite de mi propia cordura.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra su hombro ancho, y solté un suspiro tembloroso.

—Bueno, señor Holloway... —murmuré, cerrando los ojos—. Resulta que yo también tengo un grave problema y necesito desesperadamente mi medicina.

Luke soltó un gruñido gutural. Inclinó la cabeza y empezó a alternar pequeños mordiscos afilados con suaves besos húmedos a lo largo del tendón de mi cuello.

Su brazo izquierdo se apretó como una banda de acero alrededor de mi torso, inmovilizándome completamente contra él, atrapando mis brazos contra mis costados.

Su mano derecha, grande y experta, bajó hasta mi entrepierna y empezó a palparme y a frotar el centro de mi sexo por encima de la gruesa tela del pantalón de mi pijama médico azul.

La fricción exacta en mi clítoris me arrancó un gemido involuntario.

Intenté arquear mi culo hacia atrás, buscando frotarme con más fuerza contra su entrepierna, buscando desesperadamente más contacto, pero Luke me mantuvo totalmente inmóvil, ejerciendo su fuerza para controlarme mientras seguía asaltando mi cuello.

Sus dientes apresaron un pliegue de piel sensible justo debajo de mi mandíbula y succionó con fuerza, clavando los dientes.

—¡Luke, para! —protesté en un susurro ahogado, intentando zafarme de su agarre de acero—. Llevo la bata abierta, la gente lo va a ver...

—Shhh —me hizo callar, lamiendo la zona que acababa de morder, enviando una descarga directa a mi sexo—.

Quiero que se vea. Quiero que todo el puñetero hospital sepa que tienes dueño, Georgia.

Te voy a follar contra esta mesa, te voy a dejar temblando, y luego vas a continuar con tu turno y con tu día con mi semen derramándose dentro de ti.

Marcada de todas las formas posibles. ¿Me oyes?

—Dios... por favor, Luke... —le supliqué, sintiendo cómo las rodillas amenazaban con fallarme.

Sentía un dolor sordo, una pulsación caliente entre las piernas. Estaba tan excitada, tan empapada en mis propios fluidos, que sentía que podía llegar a correrme allí mismo si Luke decía una sola palabra más con esa voz de macho alfa territorial.

—Aguanta, Gia —me ordenó, apretando su mano derecha sobre mi sexo cubierto, torturándome con movimientos rítmicos y firmes por encima de la tela áspera—. Porque solo te vas a correr cuando tenga mi polla bien enterrada dentro de ti.

Siguió torturándome durante unos segundos agónicos, llevándome al borde del precipicio y alejándome de él.

—Inclínate sobre la mesa —me pidió de repente, soltándome el torso.

Di un paso torpe hacia adelante, apoyé las palmas de las manos sobre la madera pulida de la mesa de reuniones y me incliné, dejando mi trasero expuesto.

Luke se inclinó con el mismo movimiento, pegando su pecho impecablemente vestido contra mi espalda.

Me agarró por el pelo, con la firmeza suficiente para dejar clara su autoridad, pero sin tirar fuerte, me giró la cabeza hacia él y me besó profundamente.

Fue un beso brutal, devorador. Su lengua invadió mi boca mientras mordía ligeramente mis labios, saboreando mi desesperación.

Nos miramos a los ojos, a escasos milímetros de distancia. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras por la lujuria.

—Por favor... fóllame ya —le volví a pedir, con la voz rota y suplicante.

Luke sonrió, una curva oscura y depredadora que me robó el aliento.

Bajó su mano, acariciando el largo de mi espalda, trazando el contorno de mi columna a través de la bata médica hasta llegar a mis caderas.

Agarró la cinturilla del pantalón de mi pijama y la de mi ropa interior de algodón, y tiró hacia abajo.

Lo hizo lentamente, arrastrando la tela por mis muslos hasta las rodillas, dejándome completamente expuesta a él.

Sentí el contraste del aire frío de la sala de reuniones golpeando mi piel desnuda. Luke se quedó un instante en silencio, admirando mi culo expuesto y lo increíblemente húmeda y brillante que estaba mi entrada.

Se inclinó sobre mí y, sin previo aviso, me mordió una nalga. Luego pasó a la otra, hundiendo los dientes en la carne blanda de mi trasero.

—¡Luke! —me quejé, retorciéndome sobre la mesa, buscando su dureza—. Menos morder y más penetrar.

Luke se echó a reír, un sonido ronco y vibrante que resonó en la sala vacía.