DIECISIETE
Georgia
M e abroché el último botón de la bata blanca con una lentitud inusual, respirando el inconfundible olor a desinfectante y ropa limpia que impregnaba el Wildwater Regional Trauma Center.
Debería estar agotada. Apenas habíamos pegado ojo durante nuestra última noche en la cabaña, y el viaje de regreso al pueblo había estado cargado de promesas murmuradas, caricias robadas en los semáforos y una sensación de irrealidad que aún no se me había disipado.
Pero en lugar de fatiga, sentía una energía eléctrica recorriéndome cada terminación nerviosa del cuerpo.
Me colgué el fonendoscopio alrededor del cuello y saqué el teléfono móvil del bolsillo de mi pantalón médico para comprobar la hora antes de empezar mi turno.
La pantalla se iluminó, revelando una cascada de notificaciones.
Eran tres mensajes nuevos. Todos de él.
Me apoyé contra la puerta metálica de mi taquilla, mordiéndome el labio inferior para reprimir el suspiro que amenazaba con escaparse de mi garganta.
Nos habíamos despedido hacía exactamente cuarenta y cinco minutos en el aparcamiento del hospital, tras un beso que casi me hace olvidar cómo caminar en línea recta, y Luke ya me había enviado tres mensajes.
Desbloqueé la pantalla, sintiendo que el calor me subía por el cuello.
Luke: Buenos días, preciosa. Ya te echo de menos. Que tengas un buen turno.
Mi corazón dio un salto ridículo. Pero fueron los dos mensajes siguientes los que me provocaron un incendio instantáneo.
El segundo y el tercer mensaje describían, con una precisión anatómica y un lenguaje tan sucio como excitante, exactamente en qué postura me iba a follar contra la puerta de mi cabaña en el mismo instante en que yo cruzara el umbral.
Detallaba lo que su boca iba a hacer con mi cuerpo hasta dejarme ronca, y cómo pensaba cobrarse con creces las horas que íbamos a pasar separados.
El calor en mis mejillas era abrasador. Bloqueé el teléfono de golpe, como si la pantalla quemara, y me lo guardé en el bolsillo con las manos temblorosas.
Levanté la vista hacia el pequeño espejo colgado en el interior de la puerta de mi taquilla.
La mujer que me devolvía la mirada parecía otra persona.
Atrás había quedado la sombra de la Gia atormentada por la ansiedad y devorada por la culpa.
Mis ojos avellana brillaban con una luz que no veía desde hacía doce años.
La sonrisa de tonta que se me había dibujado en el rostro era imborrable a esas alturas de la mañana.
Cerré la taquilla con un golpe suave y salí al pasillo, caminando hacia la sala principal. Mis pasos eran ligeros, casi flotaba sobre el linóleo. Sentía que me habían quitado una losa de toneladas de peso de encima de los hombros.
Al girar la esquina y llegar al mostrador de control y triaje del puesto principal de enfermería, el bullicio habitual del inicio de turno ya estaba en marcha. Teléfonos sonando, residentes revisando historiales y el murmullo constante de los monitores.
Me acerqué al mostrador con una energía arrolladora.
—¡Buenos días a todos! —saludé en voz alta, con un tono tan inusualmente animado que un par de enfermeros de la vieja guardia giraron la cabeza, sorprendidos.
Savannah estaba de pie tras el mostrador de triaje, revisando unos cuadrantes en su tableta.
A su lado, impecable y elegantemente vestida con un traje de chaqueta gris, se encontraba Sloane.
Mi mejor amiga levantó la vista de unos informes al escuchar mi tono de voz y, al ver mi expresión, una sonrisa lenta y profundamente satisfactoria se extendió por sus labios.
Savannah, sin embargo, se quedó petrificada.
Mi hermana pequeña bajó la tableta lentamente, apoyándola sobre el mostrador, y se quedó mirándome fijamente, escudriñando mi rostro como si estuviera intentando diagnosticarme una enfermedad mental aguda. Parpadeó un par de veces, incrédula.
—¿Qué pasa? —le pregunté, apoyando los codos sobre el mostrador, incapaz de borrar la sonrisa de mis labios—. ¿Por qué me miras así, Sav?
Savannah entrecerró los ojos.
—¿Quién demonios eres tú y qué has hecho con mi hermana?
—preguntó mi hermana, cruzándose de brazos, con un tono cargado de sospecha, pero con un brillo divertido en los ojos—.
En serio, Gia. Llevo viéndote llegar a este hospital a primera hora de la mañana desde que volviste de Portland, y siempre entras con cara de querer asesinar a alguien con un bisturí oxidado.
¿Dónde está mi hermana la gruñona y por qué estás irradiando luz como si te hubieras tragado el sol?
No pude contenerlo. Me eché a reír.
Fue una carcajada abierta. El sonido resonó en el control de enfermería, tan raro y genuino que Savannah abrió los ojos como platos, alzando las cejas casi hasta el techo, absolutamente asombrada.
Sloane se cruzó de brazos imitando a mi hermana y me miró con una elegancia maliciosa.
—Bueno, Savannah, me parece bastante evidente —comentó Sloane, con su tono cordial pero cargado de veneno divertido—. Parece que alguien ha estado liberando tensiones acumuladas durante todo el fin de semana. Alguien ha tenido un retiro en el bosque muy... productivo.
El rubor volvió a apoderarse de mi cara, pero no aparté la mirada.
Savannah miró a Sloane, confundida por un segundo, y luego su mirada volvió a clavarse en mí.
Sus ojos avellana, tan parecidos a los míos, buscaron la confirmación en los míos.
Savannah era la única persona en el mundo, además de mí, que conocía la verdad sobre lo que ocurrió la noche que murió Marvin.
Ella sabía el peso que me había estado aplastando.
Me enderecé y solté el aire en un suspiro largo y tembloroso, pero inmensamente feliz.
—Luke y yo hemos estado solucionando nuestros problemas —dije por fin, bajando el tono de voz para que solo nos escucharan ellas dos.
La expresión de Savannah cambió de forma drástica. La diversión dio paso a una intensidad protectora. Me miró de forma interrogativa, conteniendo la respiración, haciendo la pregunta sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Asentí lentamente con la cabeza, manteniendo el contacto visual con mi hermana. Le regalé una sonrisa suave. Sin articular sonido, le dije que sí. Se lo había contado absolutamente todo a Luke. Y él me había perdonado, me había comprendido y me había hecho suya de nuevo.
Los ojos de Savannah se llenaron de lágrimas al instante.
—Oh, Gia... —susurró mi hermana.
Rodeó el mostrador a toda prisa, acortó la distancia que nos separaba y se lanzó a mis brazos.
Me abrazó con una fuerza abrumadora, apretándome contra ella.
Le devolví el abrazo, cerrando los ojos, sintiendo la gratitud inmensa de tenerla en mi vida.
Ella había sido mi roca cuando yo no era más que ruinas, y sabía perfectamente lo que este paso significaba para mí.
Cuando nos separamos, Savannah se secó discretamente una lágrima de la mejilla, radiante de felicidad por mí.
Sloane nos observó desde el otro lado del mostrador, con una postura impecable y una sonrisa de satisfacción que delataba lo mucho que disfrutaba de este momento.
—De nada, Georgia —sentenció, levantando un vaso de café de cartón a modo de brindis silencioso.
Me giré hacia ella, apoyando una mano en la cadera.
—Debería estar enfadada contigo, Sloane —la reprendí, aunque el tono de voz me traicionaba—. Por orquestar un secuestro en toda regla, pasándole información a Luke.
Sloane enarcó una ceja perfecta, sin que le afectaran en nada mis palabras.
—Pero, en lugar de eso... —continué, suspirando, me acerqué a ella y la envolví en un abrazo —. He decidido darte las gracias.
Sloane se rio y me devolvió el apretón antes de separarse.
—No hay de qué, doctora Robbins.
—Por lo que sí debería estar furiosa es por la selección de ropa que hiciste al prepararme el equipaje —le recriminé, señalándola con el dedo índice, entrecerrando los ojos—.
¿En qué maldito universo todo un repertorio de tangas minúsculos de encaje y shorts vaqueros por las ingles es el vestuario adecuado para pasar el fin de semana en una cabaña aislada en medio del bosque?
Savannah soltó una carcajada cristalina, tapándose la boca con la mano al imaginarse el contenido de mi maleta.
Sloane se rio con más fuerza.
—Ay, Gia, por favor —replicó Sloane, negando con la cabeza, divirtiéndose a mi costa—. El objetivo de ese equipaje no era dar bucólicos paseos por el bosque. El objetivo era que no llevaras la ropa puesta durante mucho tiempo. Y, por lo que veo en tu cara fue un rotundo éxito.
Sacudí la cabeza, sintiendo que el calor volvía a encenderme las mejillas, pero no pude evitar reírme también. Tenía toda la razón del mundo. Su estrategia, por muy maquiavélica que fuera, había funcionado a la perfección.
Me giré hacia Savannah, que me estaba mirando con una sonrisa suave, con los ojos llenos de una emoción profunda al ver que, por fin, había aclarado las cosas con el hombre de mi vida. Le devolví la sonrisa.
—A Luke y a mí aún nos queda un largo camino por delante —le confesé en un susurro, reconociendo la realidad.
Las heridas de doce años no desaparecían en dos días, por muy intensos que hubieran sido—.
Tenemos que reconstruir muchas cosas. Volver a confiar.
Pero... siempre será un camino hacia delante.
Jamás volveremos a dar un paso hacia atrás. Ya he terminado de huir.
Savannah volvió a abrazarme por los hombros, apoyando la cabeza contra la mía.
—Estoy muy orgullosa de ti, Gia —susurró mi hermana—. Y te advierto que estoy deseando conocer mejor a Luke. El hombre que es ahora.
Iba a responderle con una broma cuando un sonido agudo cortó la paz de la mañana.
Mi busca empezó a pitar con insistencia. Medio segundo después, el busca de Savannah y el busca general del control de enfermería se unieron al coro de alarmas. El ambiente relajado se evaporó en un segundo.
La adrenalina se apoderó de mi torrente sanguíneo, borrando cualquier rastro de la Gia enamorada y dando paso inmediato a la doctora Robbins.