DIECISÉIS #5
Se levantó de la silla con la urgencia de alguien que lleva doce años ahogándose y acaba de encontrar oxígeno.
Se lanzó literalmente a mis brazos. Su cuerpo impactó contra mi pecho con una fuerza brutal, subiéndose a mi regazo y aferrándose a mí con brazos y piernas, enredando sus extremidades alrededor de mi torso como si yo fuera lo único que la mantenía anclada a la tierra.
La envolví con mis brazos, apretándola contra mí con tanta fuerza que casi le quito el aire, enterrando mi rostro en su cuello. Su llanto estalló de nuevo, pero esta vez era un llanto de liberación. Lloró contra mi hombro, empapando mi camiseta negra, temblando compulsivamente.
—Has estado cargando con algo que jamás deberías haber cargado, Gia —le susurré al oído, acariciándole la espalda con firmeza, trazando su columna vertebral una y otra vez—. Mi chica valiente.
Ella se aferró aún más a mi espalda, clavándome las uñas, intentando fundirse conmigo. Pero yo necesitaba que me escuchara con claridad. Necesitaba que viera la verdad, la que su mente traumatizada no le había dejado ver.
—Mírame —le pedí, aflojando un poco el abrazo y agarrándola por los hombros.
Gia se resistió un segundo, pero finalmente separó su rostro de mi cuello. Me miró. Tenía las mejillas húmedas y los ojos devorados por la emoción.
—Escúchame bien, como médica y como la mujer que amo —le dije, midiendo cada palabra—.
Marvin llegó al hospital sin casi ninguna posibilidad.
Una sobredosis de esa magnitud, el tiempo que tardó la ambulancia...
ni toda la puta atención médica del hospital regional, hubieran podido salvarlo.
O quizá sí. Pero hubieras perdido a Avery y vete a saber a quién más.
Gia soltó un jadeo tembloroso, negando levemente.
—Sí, Gia. Es la verdad —insistí con firmeza, agarrándole el rostro con ambas manos, obligándola a centrarse en mí—.
Tú tomaste la única decisión posible. Salvaste a Avery.
Una chica que cometió un error terrible con unos somníferos aquella madrugada, que necesitaba ayuda desesperadamente.
Y gracias a ti, gracias a que no te separaste de ella, Avery ha acabado convirtiéndose en una de las mejores enfermeras de cirugía y quirófano que este estado ha conocido.
Hoy tiene una familia, tiene a Logan y a un bebé precioso, y es jodidamente feliz. Tú le diste esa vida.
Acaricié sus pómulos con mis pulgares, limpiando sus lágrimas.
—El resultado de aquella noche fue exactamente el que tenía que ser, Gia.
Marvin llevaba años lidiando con graves problemas de salud mental.
La culpa de aquel maldito accidente de autobús donde él era el conductor lo había destrozado por dentro.
Eran unos problemas oscuros que yo, siendo su hijo, no supe ver a tiempo y no pude ayudarlo a que los resolviera.
Esa es mi carga. Esa es la culpa que yo también llevo en la espalda y con la que tengo que aprender a vivir. No tú.
Me incliné un poco más hacia ella, pegando mi frente a la suya, respirando su aliento entrecortado.
—Pero por encima de la medicina, por encima de mi padre y de cualquier culpa, quiero dejarte algo grabado a fuego en la cabeza —le susurré, con una devoción feroz—.
Pasara lo que pasara en ese box, y ocurriera como ocurriera...
yo nunca, jamás en mi puta vida, habría sacrificado lo mejor que me había pasado en el mundo.
Nunca te habría sacrificado a ti. Porque tú eras, y eres, mi futuro.
Y teniéndote aquí, en mis brazos, por fin siento que vuelvo a respirar de verdad.
Gia cerró los ojos, soltando un sollozo ahogado, y la vi desmoronarse definitivamente.
No esperé ni un segundo más. La besé.
Besé las lágrimas saladas que caían por sus mejillas.
Besé sus párpados, su nariz, la comisura de sus labios temblorosos, y finalmente, tomé su boca con una voracidad animal.
La besé con toda el hambre de doce años, absorbiendo su sabor, su olor, reclamándola como mía.
Fue un beso profundo, desesperado y sanador, que selló la herida abierta que casi nos desangra a los dos.
—Estamos juntos, Gia —le prometí contra sus labios, acariciándole la nuca, cuando tuvimos que separarnos para coger aire—. Esta vez, para siempre.
Ella asintió frenéticamente, con los ojos brillando de una incipiente felicidad que creí que nunca volvería a verle.
—Pero escúchame —añadí, mirándola con seriedad—. Iremos día a día. Nos queda mucho camino por delante para volver a ser sólidos, Georgia. Llevamos demasiado tiempo rotos. Necesitamos reconstruir las bases desde los cimientos y volver a ganar esa confianza para que nunca más vuelvas a huir de mí.
Gia no respondió con palabras. Solo se aferró a mí con más fuerza, enterrando el rostro en el hueco de mi cuello, rodeando mi cintura con sus piernas desnudas y apretándome con una desesperación maravillosa.
Me estaba diciendo, con cada fibra de su cuerpo tembloroso, que no quería soltarme.
Que no quería separarse de mí nunca más.