Hollow (Wildwater Falls 6) DIECISÉIS #4
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DIECISÉIS #4

La culpa que ella había cargado durante doce años era demasiado pesada para un solo ser humano. La había aplastado. Pero, desde mi perspectiva, lo que peor llevaba de toda esta maldita tragedia era que no me dio ni una sola opción de demostrarle quién era yo.

Me froté la cara con las manos, sintiendo la aspereza de mi propia barba, y dejé escapar un suspiro largo que formó una nube de vapor en el aire frío.

Ya tenía las respuestas. Ya sabía la verdad.

Y ahora tenía que volver ahí dentro y sacar a la mujer que amaba del agujero en el que llevaba doce años enterrada en vida.

Regresé sobre mis pasos, cruzando el prado con una determinación férrea, y volví a entrar en la cabaña.

Gia estaba exactamente en el mismo lugar donde la había dejado.

En la vieja silla de madera del rincón. Llevaba mi camiseta de algodón gris, que le caía holgada ocultando su cuerpo, y seguía con las piernas recogidas debajo de ella, abrazando sus propias rodillas en un gesto instintivo de protección.

Tenía la mirada completamente perdida en un punto fijo del suelo, pero se sobresaltó violentamente cuando oyó la puerta cerrarse a mis espaldas.

Se incorporó un poco, tensando los hombros, y me miró. Sus ojos avellana estaban empañados, rodeados de rojo, esperando el golpe de gracia.

El corazón me latía con fuerza contra las costillas. Estaba nervioso, más nervioso que en cualquier salto en paracaídas sobre un incendio, porque necesitaba ser capaz de expresar lo que sentía correctamente. Quería que todo quedara meridiana y absolutamente claro entre nosotros.

Crucé la habitación con pasos lentos y me senté en el borde del colchón revuelto, justo frente a ella. Nuestras rodillas estaban a escasos centímetros de rozarse. Apoyé los antebrazos sobre mis muslos, me incliné hacia adelante y la miré directamente a los ojos.

—Estoy muy enfadado contigo, Georgia —fue lo primero que dije. Mi voz sonó baja, grave y sin un ápice de duda.

Gia dejó escapar un pequeño gemido roto. Se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos, y el gesto de dolor, de derrota, fue tan evidente que casi me hace retroceder. Casi. Pero me obligué a mantener la posición.

—Escúchame. He dicho que estoy enfadado, pero no por lo que tú te crees —continué, forzándola a que me prestara atención—.

No estoy enfadado porque salvaras a Avery.

No estoy enfadado por tus decisiones médicas.

Estoy cabreado porque no me diste opción a opinar sobre tu marcha.

Estoy enfadado porque huiste sin darme la puta oportunidad de demostrarte que yo habría estado a tu lado.

Porque no confiaste ni lo más mínimo en mí con todo lo que pasó esa noche.

Ella bajó la mano lentamente, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

—Entiendo de dónde viene esa desconfianza, Gia.

Joder, lo entiendo —le aseguré, suavizando un poco el tono, intentando que viera que comprendía sus heridas—.

Sé cómo te criaste. Sé perfectamente que tu crianza estuvo en manos de Evelyn Robbins.

Una madre narcisista que condicionaba cualquier muestra de afecto o amor.

Te enseñó que, al primer error, al primer fracaso, serías castigada.

Asumiste que yo haría exactamente lo mismo.

Gia sollozó en silencio, dándome la razón.

—Pero yo no era tu madre, maldita sea —le reproché con una intensidad que hizo vibrar el aire entre nosotros—.

Y lo que más me cabrea de todo esto... lo que me vuelve loco de dolor, es que vivieras doce malditos años sola.

Aislada en Portland. Castigándote a ti misma en silencio por la muerte de Marvin.

Lo que más me enfurece es que tú sola te autoimpusiste esta penitencia de mierda, fuiste tu propio juez y tu propio verdugo, y no dejaste entrar a absolutamente nadie para que te ayudara a cargar con ello.

Me pasé una mano por la nuca, recordando mis propios años en el purgatorio.

—Yo viví una vida de mierda sin ti, Gia.

Una vida vacía, triste y automática. Echándote de menos cada jodido día que amanecía.

Pero, al menos, tuve a Ethan. Tuve a mi madre, a mi hermana, tuve a los chicos de la base, tuve amigos y una familia postiza que me sostuvo.

Intenté seguir adelante. Intenté casarme y construir algo, aunque fuera un fracaso estrepitoso.

Yo me permití intentar vivir. ¿Pero tú? —Negué con la cabeza, sintiendo un dolor agudo en el pecho por ella—.

Tú te condenaste de la peor forma posible.

A la soledad más absoluta. Sin dejar entrar a nadie en tu vida.

Sin confiar en que alguien pudiera amarte a pesar de tus sombras.

Solo pagando una culpa eterna que estaba exclusivamente dentro de tu cabeza.

Gia me estaba mirando fijamente, muy quieta, paralizada en la silla mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas sin que hiciera el más mínimo esfuerzo por detenerlas.

Hice una pausa larga.

Entonces, me enderecé en el borde de la cama y abrí los brazos de par en par, ofreciéndole el único refugio que siempre había sido suyo.

—Ven aquí —le ordené en un susurro ronco—. Ya es hora de dejar de pagar una condena que no mereces.

Gia no lo dudó.