Hollow (Wildwater Falls 6) DIECISÉIS #3
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DIECISÉIS #3

—Yo era la única médico disponible en esa sala.

Y ni siquiera era un médico de verdad. Era una simple estudiante en prácticas —explicó Gia, con la voz rota—.

No quise dejar a Avery. No podía dejarla.

Era una niña de dieciséis años, Luke. Una adolescente que se me estaba muriendo entre las manos.

Mi único pensamiento era que debía salvar a esa niña.

Les grité a los sanitarios de la ambulancia que se hicieran cargo del nuevo paciente.

Les ordené que lo metieran en el box de al lado, que lo mantuvieran ventilado y que me dieran tiempo.

Y seguí con la reanimación de Avery. No pregunté nada más, borré de mi mente la presencia del otro paciente.

Gia se llevó una mano a la boca, intentando ahogar un sollozo, pero se obligó a continuar, clavando sus ojos avellana de nuevo en los míos.

—Tras otra hora de infierno, conseguí estabilizar a Avery. Volvió a respirar con normalidad. La preparamos para llevarla a observación. Me lavé las manos, me sequé el sudor y salí al pasillo para hacer la ronda y ver al paciente de la segunda ambulancia.

El nudo en mi garganta era tan grande que me impedía tragar. Sabía exactamente lo que iba a decir.

—Cuando entré en el otro box —susurró Gia, dejando que las lágrimas cayeran libremente por sus mejillas—, uno de los médicos adjuntos que había bajado de cirugía ya estaba allí.

Estaba mirando el reloj y certificando la hora de la muerte del paciente de la sobredosis.

Ni siquiera me hizo falta acercarme a la camilla.

Lo vi desde la puerta. Era él, Luke. Era Marvin. Era tu padre.

Cerré los ojos con fuerza. Un zumbido sordo se instaló en mis oídos.

—Yo maté a Marvin —sentenció Gia. La crudeza de sus palabras fue como un disparo a bocajarro en el interior de la cabaña—.

Por mi culpa murió. Murió a escasos tres metros de mí.

No lo atendí. Ni siquiera lo miré cuando cruzó las puertas de mi sala de urgencias.

Murió completamente solo, sin la atención de un médico. Te fallé.

Sentí su dolor atravesarme el pecho como una lanza. Sentí la fuerza destructiva de la culpa que llevaba doce años arrastrando, emanando de ella en oleadas que me asfixiaban. Quería abrir la boca, quería decirle que no fue su culpa, pero la garganta se me había cerrado por completo.

—Cuando vi su cadáver en la camilla... mi mente se colapsó.

Ese fue el día que sufrí mi primer ataque de ansiedad.

Pensaba que me moría. —prosiguió Gia, con la barbilla temblando descontroladamente—.

El único pensamiento que me taladraba el cerebro, la única voz que escuchaba en mi cabeza, era cómo demonios iba a mirarte a los ojos.

Cómo iba a explicarle al hombre de mi vida que yo había matado a su padre por no atenderlo.

Que lo había dejado morir en una camilla para salvar a otra paciente.

Gia se inclinó hacia adelante, agarrando el bajo de la camiseta que llevaba puesta con ambas manos. Mi camiseta.

—Y lo peor de todo, Luke... la realidad más cruda que no me dejaba respirar en pleno ataque de ansiedad...

es que, aunque hubiera sabido que era Marvin el que estaba en esa segunda camilla, aunque hubiera sabido que era tu padre...

yo habría acabado eligiendo a Avery de todos modos.

Era una niña. Era una adolescente. Los protocolos de triaje, me habrían obligado a priorizarla a ella.

Así que ahí lo tienes. Yo maté a Marvin.

Y si pudiera volver atrás en el tiempo, te juro que me odiaría por ello, pero no escogería otro camino, porque salvar a Avery fue la decisión médica correcta.

Sus palabras cayeron sobre mí como puñetazos.

Cada frase era un golpe directo a las costillas.

Entendía la medicina, entendía la prioridad de salvar a un menor, pero la imagen de mi padre muriendo solo, al otro lado de una cortina mientras la mujer que yo amaba salvaba a otra persona, era un peso demasiado masivo para procesarlo en un segundo.

Me quedé en un silencio sepulcral. Paralizado.

Gia se limpió una lágrima con el dorso de la mano y alzó la barbilla, interpretando mi silencio como una condena.

—Después de ver su cuerpo... y de sobreponerme a aquel ataque de ansiedad, solo vi una opción posible.

Desaparecer. No podía enfrentarme a ti. No podía soportar la culpa.

No podía permitirme ver cómo el amor infinito que siempre veía en tu mirada se convertía lentamente en odio, en desprecio o en asco.

Sabía que me culparías. Sabía que jamás entenderías mi decisión. Así que hice las maletas y hui.

La voz se le rompió, reduciéndose a un hilo ahogado.

—Hui a Portland y me castigué a mí misma. Pasé doce años reprimiendo cada día las ganas de llamarte, de buscarte, porque estaba convencida de que no merecía tu amor. No merecía el perdón ni el amor del hombre al que le había arrebatado a su padre en la sala de al lado.

Gia soltó una risa amarga y hueca que me rompió el alma.

—En estos doce años no he tenido ni una sola relación real.

Ni siquiera recuerdo nombres o rostros. Ni de amigos ni de...

nadie. Mantuve a todo el mundo a un millón de kilómetros de distancia.

Solo mantuve el contacto con Savannah y con Sloane.

Incluso acepté a Evelyn cerca de mí solo para mantenerla alejada de mi hermana, usándome como escudo humano para pagar mis pecados.

Me prohibí a mí misma poner un pie en Wildwater Falls.

Hasta que Sloane me hizo la oferta para regresar.

Necesitaba volver, Luke. Porque en Portland me estaba convirtiendo en una maldita cáscara vacía.

Era solo un recuerdo patético de la Gia que fui contigo.

Ya no sabía ni quién era. Me miraba en el espejo del hospital y no me reconocía.

Empecé a sufrir ataques de ansiedad casi a diario.

Todo se estaba volviendo destructivo y oscuro.

Así que decidí regresar. Y fue la mejor decisión que tomé en doce años.

O, al menos, eso creía hasta este momento.

El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor.

Sentí que necesitaba aire. Las paredes de madera de la cabaña se estaban cerrando sobre mí, comprimiendo el oxígeno.

Necesitaba respirar, necesitaba salir y necesitaba aclarar el torbellino de pensamientos que me estaba devorando.

Porque debajo de todo el dolor, debajo de la tragedia de mi padre, había una verdad innegable: ella había preferido destruirnos a los dos, había preferido abandonarme en el pozo más oscuro de mi vida y castigarse a sí misma durante doce años, antes que confiar en que yo podría entenderlo.

Si abría la boca ahora mismo, con la sangre hirviéndome y el shock nublándome el juicio, sabía que iba a decir algo de lo que me arrepentiría el resto de mi vida.

Me levanté de la cama de un salto. Ignoré sus ojos abiertos de par en par, aterrorizada de mi reacción.

Fui hacia mi bolsa de lona con movimientos mecánicos y rígidos. Me puse unos pantalones de deporte oscuros, me calcé las botas sin pararme a atar los cordones y me pasé una camiseta negra por la cabeza.

Gia no se movió de la silla. Se quedó allí, encogida, observando mi huida.

—Necesito espacio —le dije. Mi voz sonó irreconocible, exactamente el tono de un hombre que acaba de sufrir un trauma.

No esperé su respuesta. Me di la vuelta, crucé el salón y abrí la puerta principal de la cabaña.

Justo antes de tirar de la pesada puerta de madera para cerrarla a mis espaldas, el sonido desgarrador del llanto de Gia me alcanzó. La escuché romperse por completo en el interior, un sollozo agudo y desesperado que me atravesó.

Pero no me detuve. No me giré.

Caminé por el prado, pisando la hierba húmeda por el rocío y sorteando las matas de trilios blancos, sin detenerme hasta que llegué al borde de la poza.

El agua estaba cristalina en ese momento del día, reflejando el cielo pálido y la línea oscura de los abetos, pero yo no estaba viendo el paisaje.

Estaba viendo la sala de Urgencias de hace doce años.

Me pasé ambas manos por el pelo, tirando de las raíces con fuerza, intentando poner orden en mi cabeza.

La muerte de Marvin y la huida de Gia. Todo estaba conectado. Todo se reducía a esa maldita madrugada.

Al final, mi madre tenía toda la razón con lo que me dijo en aquel cenador de West Linn. Una mujer como Georgia no hace las maletas y desaparece de la noche a la mañana a menos que haya un motivo monumental detrás.

Me dejó tirado en el momento más oscuro, solitario y desesperado de mi vida.

Pero lo que Gia parecía no entender, era la raíz de mi devastación.

Yo no acabé destrozado arrastrándome por los suelos únicamente por la muerte de mi padre.

El suicidio de Marvin me rompió, por supuesto; pero lo que me aniquiló por completo, lo que me convirtió en un hombre vacío y amargado durante más de una década, fue que mi futuro acabó reducido a cenizas.

Todo ardió en cuestión de segundos con una simple y aséptica nota de despedida bajo un limpiaparabrisas.

Y lo que era infinitamente peor, lo que me hacía hervir la sangre de impotencia: no me dio opción a luchar.

Ella tomó la decisión por los dos.

Cerré los ojos, respirando el aire puro de la montaña, y me obligué a imaginar a aquella Gia.

A la Georgia Robbins de apenas veintidós años.

Una estudiante de medicina en prácticas, exhausta, cubierta de sudor tras horas de reanimación, asomándose a un box y descubriendo que el padre del hombre que amaba acababa de morir a tres metros de distancia.

Estaba aterrorizada. Aterrorizada de que yo la culpara.

Aterrorizada de que, al darle la noticia, el amor que le profesaba se transformara en odio.