Hollow (Wildwater Falls 6) DIECISÉIS #2
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DIECISÉIS #2

—Pero ese momento nunca llegó. Te juro que lo intenté, Gia.

Intenté ser un buen marido. No me perdía ninguna celebración, ninguna fecha importante, era atento e intentaba cuidar de ella en todo lo que necesitaba...

pero no había chispa. Faltaba lo más importante.

No existía esa necesidad visceral de estar juntos, ni la sensación de estar consumiéndome vivo cuando nos tocábamos, como me pasa contigo.

Fue algo increíblemente injusto, porque ella era una buena mujer.

Merecía a alguien que la mirara como yo te miro a ti.

Gia dudó un momento. Jugó nerviosamente con el borde de la camisa de franela que llevaba puesta, clavando la mirada en el agua antes de hacer la pregunta que seguramente llevaba rondándole la cabeza desde el amanecer.

—¿Y el tatuaje? —murmuró, casi con miedo a escuchar la respuesta—. ¿A tu esposa no le molestaba tener mi nombre delante de los ojos todos los días?

Inspiré hondo y desvié la mirada hacia la línea de abetos al otro lado del agua.

—Supongo que sí —admití, sintiendo el escozor de la culpa—.

Era el recordatorio constante de que siempre habría alguien más.

El fantasma en la habitación. Pero ella jamás lo mencionaba.

Jamás me pidió que lo borrara o que lo modificara.

Ella conocía perfectamente la situación, Gia.

Yo se lo había contado todo. Lo sabía todo con detalles.

Me pasé una mano por el pelo, recordando la tensión silenciosa de aquellos tres años.

—Pero era evidente que le molestaba y que le dolía.

A veces, la pillaba mirando el tatuaje fijamente cuando yo salía de la ducha, o cuando estábamos en la cama.

Era como si, en esos momentos, fuera más consciente que nunca de que estaba compartiendo su vida con un hombre que le pertenecía a un recuerdo.

Gia desvió la mirada al frente, mirando fijamente el agua. Parecía no querer escuchar los detalles de mi matrimonio, pero tampoco podía evitarlo. Yo necesitaba que ella entendiera lo que fue para mí casarme con alguien que no era ella.

—Al final, fue ella la que pidió el divorcio —concluí, con un tono neutro —.

Un día volví de un turno de cuarenta y ocho horas en la línea de fuego, y estaba sentada en la mesa de la sala, con las maletas hechas y los papeles del divorcio sobre la mesa.

No hubo dramas. No hubo gritos, ni reproches, ni platos rotos.

Solo una aceptación silenciosa de que nuestro matrimonio era una farsa.

Miré mis propios pies, hundiéndose en el agua helada que ya apenas sentía.

—Y te aseguro que eso fue peor que si me hubiera pegado un tiro. Me hizo sentirme como una auténtica mierda. Me sentí como la peor persona del mundo por haber utilizado a una buena mujer como un parche para intentar curar una herida que solo tú podías cerrar.

El silencio cayó sobre nosotros.

Observé a Gia. Se había quedado mirando al vacío de la poza, perdida en sus propios pensamientos.

Sus manos estaban apretadas en puños sobre sus muslos, delatando un nerviosismo evidente.

Parecía que los engranajes de su cerebro estaban girando a una velocidad vertiginosa, asimilando todo lo que le acababa de decir, decidiendo, en ese preciso instante, si iba a ser valiente o si iba a volver a esconderse detrás de sus muros.

Sabía que necesitaba otro empujón. Un último empujón para saltar al vacío.

Saqué los pies del agua, me giré hacia ella y le agarré las manos con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos.

—Te he contado esto porque quiero que entiendas una cosa, Georgia —le dije, exponiendo claramente mis intenciones —. Si te he traído aquí, si estoy sentado en esta roca, es para luchar por ti. Me da igual lo que haya pasado, me da igual el daño. Pero no puedo luchar a ciegas.

Apreté sus manos frías entre las mías.

—Te pido que seas sincera contigo misma y que seas sincera conmigo. Dime la verdad. Dime por qué te fuiste esa noche. Dime qué cojones pasó de verdad. No voy a obligarte a hablar, Gia. Tiene que salir de ti. Tienes que ser honesta, porque es la única manera de que podamos sobrevivir a esto.

La miré, ofreciéndole mi corazón en las palmas de las manos, esperando que, doce años después, ella por fin estuviera dispuesta a hacer lo mismo.

✽✽✽

Alcé el brazo sobre el colchón, movido por el instinto adormilado de rodear su cintura y tirar de ella hacia mi pecho, pero mi mano solo encontró sábanas frías.

Abrí los ojos de golpe. La luz pálida y azulada de la primera hora de la mañana ya se colaba por la ventana de la cabaña.

El día anterior había sido una tregua silenciosa en la que nos habíamos dedicado a pasear, a relajarnos y a charlar de cualquier cosa intrascendente.

Habíamos hablado de los planes del hospital, de política, de nuestras películas favoritas, bordeando cuidadosamente el abismo de nuestro pasado.

Yo sabía que necesitaba darle tiempo, dejar que ella marcara el ritmo hasta llegar al punto en el que yo me encontraba.

Y cuando cayó la noche nos fuimos a la cama juntos, sin ropa, sin prisas.

Habíamos hecho el amor con una lentitud reverencial, reconociéndonos la piel, sintiéndonos el uno al otro hasta caer rendidos.

Pero ahora la cama estaba vacía.

Me incorporé rápidamente, apoyando el peso sobre un codo mientras el edredón resbalaba por mi pecho desnudo. Entonces la vi.

Gia estaba sentada frente a mí, en la vieja silla de madera del rincón.

Llevaba puesta la misma camiseta gris de algodón que había usado la primera noche.

Tenía las piernas recogidas contra el pecho, abrazando sus rodillas, y el pelo caoba completamente revuelto.

Tenía los ojos hinchados, inyectados en sangre, empañados por las lágrimas contenidas, y la mirada clavada en mí con una fijeza que delataba que llevaba horas dándole vueltas a algo oscuro y pesado.

—¿Gia? —La voz me salió ronca por el sueño—. ¿Estás bien?

Ella asintió muy despacio, tragando saliva.

—He estado despierta desde antes del amanecer —dijo. Su voz era un susurro rasposo —. Ha llegado el momento de ser valiente, Luke.

El corazón me dio un vuelco. La atmósfera de la cabaña cambió en un milisegundo. Me moví para apartar las sábanas, con la intención inmediata de acercarme y arrodillarme frente a ella, pero Gia levantó una mano temblorosa en el aire, frenándome en seco.

—No. Por favor, no te muevas —me suplicó, con los ojos llenos de pánico —. Necesito que te quedes ahí. Necesito que no me interrumpas y, sobre todo, necesito que no me toques. Porque si te acercas, si me tocas ahora mismo... me voy a desmoronar y no podré hablar. Y necesito sacarlo todo de una vez.

Me quedé congelado. Lentamente, volví a recostarme contra el cabecero de la cama, manteniendo las manos a la vista sobre el edredón.

—Tenías razón, Luke —empezó Gia, apretando los brazos alrededor de sus rodillas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—.

Mi marcha a Portland hace doce años fue una huida.

Una huida cobarde y desesperada. No me fui por ambición médica.

No me fui por falta de amor. Y te juro por mi vida que no te abandoné porque no te quisiera.

Te quería más que a nada en el mundo. Más que a mí misma.

Apreté la mandíbula, esperando el golpe.

—Todo ocurrió la noche que murió Marvin —soltó.

Me quedé inusualmente quieto, sin atreverme a parpadear, concentrando todos mis sentidos en ella.

—Aquella noche yo estaba en mi habitual turno de prácticas en Urgencias —continuó Gia, obligándose a sostener mi mirada a pesar de que las lágrimas ya amenazaban con desbordarse—.

Era un turno de madrugada, aparentemente tranquilo.

Solo había dos médicos adjuntos de guardia y yo para cubrir toda la sala.

Pero de repente, las puertas se abrieron de golpe.

Entró un aviso por un accidente de tráfico múltiple en la interestatal.

Coche contra camión. Varios heridos críticos que requerían atención inmediata y cirugía urgente.

Los dos médicos de guardia tuvieron que irse directamente a quirófano y a la sala de trauma mayor.

Yo me quedé prácticamente sola en la planta para estabilizar y atender al resto de pacientes que iban llegando.

Gia hizo una pausa. Cerró los ojos y tomó una bocanada de aire temblorosa. Desvió la mirada hacia la ventana, como si estuviera reviviendo aquella noche.

—Todo estaba más o menos controlado. Estaba haciendo triajes rápidos. Unos pocos casos de gripe estomacal, una caída sin importancia. Hasta que apareció Ian Collins cruzando las puertas de urgencias. Llevaba a Avery inconsciente en sus brazos.

Fruncí el ceño al oír el nombre de los hermanos Collins.

—Avery se había tomado una sobredosis accidental de somníferos —relató Gia, y su voz adoptó esa cadencia fría que usan los médicos para distanciarse del trauma—.

Estaba cianótica, sin respuesta. La metí en el box de reanimación inmediatamente.

Empecé el protocolo. No había forma de remontarla, Luke.

Sus constantes caían en picado. Estuve horas peleando con su cuerpo.

Y justo cuando estaba en plena reanimación, con las manos sobre Avery...

las puertas de urgencias volvieron a abrirse.

Otra ambulancia. Otro código rojo. Otra sobredosis.

El aire abandonó mis pulmones. Mis dedos se clavaron en la tela del edredón con tanta fuerza que las costuras crujieron. Empezaba a conectar los puntos. Y sabía que no me iba a gustar el resultado.