Hollow (Wildwater Falls 6) DIECISÉIS
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DIECISÉIS

Luke

L a luz de la mañana ya inundaba por completo el interior de la cabaña, dibujando rectángulos dorados sobre los tablones de madera del suelo. Después de la tormenta de la primera hora del día, nos habíamos quedado remoloneando bajo el edredón.

Apoyé la cabeza en el cabecero de la cama, trazando círculos perezosos en el hombro desnudo de Gia mientras ella descansaba contra mi pecho.

—Deberíamos ir a la poza —sugerí en voz alta, rompiendo el silencio tranquilo que nos envolvía.

Gia levantó la cabeza de golpe y me miró como si me hubiera vuelto loco. Su pelo caoba, enredado por mis manos, le caía sobre la cara.

—¿A la poza? —repitió, incrédula—. Luke, estamos a finales de primavera. El agua baja directa de los picos nevados. Seguramente estará helada.

Solté una carcajada baja, disfrutando de la arruga de indignación que se le formaba en el entrecejo.

—No seas gallina, Georgia. Solo te estoy proponiendo dar un paseo y mojar un poco los pies. Te prometo que no estoy tan loco como para meterme de cuerpo entero en aguas de deshielo a estas alturas del año.

Ella entornó los ojos, evaluando mi nivel de locura, pero finalmente dejó escapar un suspiro rendido y una pequeña sonrisa.

Nos levantamos y nos turnamos de nuevo para pasar por la única ducha de la cabaña. Cuando salí del baño, con unos vaqueros limpios y una camiseta gris de manga corta, me encontré a Gia hurgando con frustración en la maleta que Sloane había preparado para ella.

Al final, se había vestido con lo único que había encontrado mínimamente decente para la luz del día: unos shorts vaqueros tan minúsculos que parecían pintados sobre su piel, y un top de tirantes de un verde bosque profundo que se ajustaba a sus pechos como un guante.

Me quedé apoyado en el marco de la puerta del baño, cruzado de brazos, admirando el paisaje.

Al menos, Sloane había tenido la decencia y la buena idea de meter en la bolsa unas zapatillas de caminar adecuadas para el terreno de la montaña.

Sin embargo, conocía a Gia mejor que a mí mismo. Al verla frotarse los brazos desnudos de forma inconsciente, supe que iba a tener frío en cuanto pusiéramos un pie en la umbría del bosque. Y no quería que se sintiera incómoda.

Caminé hacia mi propia bolsa, saqué una camisa de franela de cuadros oscuros, gruesa y desgastada por el uso, y se la tendí.

—Póntela por encima —le ofrecí, manteniendo un tono casual—. Ahí fuera corre una brisa que corta la piel, y con ese top te vas a congelar antes de llegar al primer recodo del sendero.

Gia miró la camisa y luego a mí. Asintió, aceptando la prenda con un murmullo de agradecimiento.

Me di la vuelta y me senté en el borde de la cama para calzarme las botas, dándole espacio. Pero mientras me ataba los cordones, levanté la vista un segundo y, por el rabillo del ojo, capté un movimiento que me paralizó.

Gia se había quedado de pie en el centro de la estancia.

Antes de meter los brazos por las mangas de mi camisa, levantó la tela gruesa de franela, hundió el rostro en el cuello de la prenda y aspiró profundamente, cerrando los ojos.

Se estaba empapando de mi olor. Fue un segundo, un acto minúsculo, casi imperceptible, antes de ponérsela por los hombros y empezar a remangarse las mangas que le venían demasiado largas.

Una sonrisa secreta se extendió por mi cara. Verla oliendo mi ropa era un gesto tan íntimo que me puso a mil por hora.

—Conozco una de las rutas que rodean la poza —le sugerí, poniéndome en pie y agarrando un par de botellas de agua—. La que sube por el risco este. La hicimos mil veces aquel verano.

—Me parece bien —aceptó Gia, ajustándose el cuello de la camisa.

Salimos de la cabaña y el aire puro de la montaña nos golpeó el rostro.

Empezamos a caminar por el sendero estrecho que se abría paso entre los abetos gigantescos.

Le cedí el paso para que fuera delante, cerrando yo la marcha.

Era una excusa perfecta para poder observarla a placer sin que se diera cuenta.

Mis ojos se clavaron en sus largas piernas, expuestas por el dobladillo deshilachado de esos minúsculos shorts vaqueros.

Observé el balanceo de sus caderas, su culo redondo y sugerente moviéndose con cada paso firme, y su media melena caoba rozando la tela de cuadros de mi camisa sobre sus hombros.

Absolutamente todo en ella me excitaba. Y lo que me volvía aún más loco era saber que, debajo de esa tela, no llevaba ropa interior y su piel aún conservaba las marcas de mis manos.

Caminamos en un silencio asombrosamente pacífico.

El único sonido que nos acompañaba era el crujido de nuestras zapatillas sobre las agujas de pino secas, el canto lejano de algún pájaro, nuestras respiraciones acompasadas y el rumor constante del agua cayendo, que se iba haciendo más fuerte a medida que nos acercábamos a nuestro destino.

Cuando llegamos de nuevo a la poza, el paisaje nos dejó sin aliento, exactamente igual que hace doce años. El agua cristalina y de un azul profundo reflejaba la pared de roca y los árboles que la rodeaban.

Nos sentamos juntos en una gran roca plana y lisa que sobresalía en la orilla. Me descalcé rápidamente, quitándome las botas y los calcetines, y Gia me imitó, dejando sus zapatillas a un lado. Al unísono, deslizamos los pies hasta hundirlos en el agua.

El frío fue como un latigazo.

Gia dio un respingo, encogiéndose de hombros y estremeciéndose con violencia al sentir la temperatura glaciar del deshielo calándole los huesos.

—Joder, Luke, está helada —se quejó, intentando sacar los pies, pero yo le puse una mano en la rodilla, deteniéndola.

—No seas gallina, Gia —me burlé con una sonrisa torcida, apretando ligeramente su pierna—. A los diez segundos dejas de sentir los dedos y se vuelve hasta agradable.

Ella me fulminó con una mirada cargada de desafío, alzando la barbilla. Jamás se había acobardado ante mí. Nunca había bajado la mirada frente a una provocación mía, me encantaba que esa parte de ella no hubiera cambiado.

Miré a nuestro alrededor. Justo junto a la base de la roca en la que estábamos sentados, crecía un pequeño grupo de trilios silvestres. Me incliné, partí el tallo de uno de ellos con cuidado y volví a enderezarme.

Hice girar la flor blanca entre mis dedos pulgar e índice, sintiendo el peso de la mirada de Gia sobre mis manos.

Me giré hacia ella, acortando la distancia en la roca.

Con lentitud, le pasé un mechón de pelo por detrás de la oreja, rozando la piel suave de su cuello y acariciando el lóbulo donde colgaba el pendiente de plata que le había regalado.

Luego, con un gesto suave, le coloqué el trilio fresco en el pelo, exactamente igual que siempre solía hacer durante aquel verano.

Nuestras miradas se quedaron suspendidas la una en la otra. El aire entre los dos se volvió espeso y cargado de melancolía.

Sabía que ella lo recordaba. Lo veía en el brillo húmedo de sus ojos avellana, en la forma en que sus labios temblaban levísimamente. Recordaba cada momento, cada tarde en esta roca, cada instante vivido juntos. Igual que yo.

—Durante doce años, lo único que tuve fueron estos recuerdos, Gia —le confesé en voz baja, dejando que mi mano cayera desde su pelo hasta su mejilla, acariciándola con el pulgar—.

Estos instantes juntos. Me alimenté de ellos.

Fueron lo único que me ayudó a sobrellevar el vacío que dejaste cuando desapareciste.

Gia cerró los ojos al sentir mi tacto, como si mis palabras le dolieran físicamente.

—Era un vacío constante —continué, con una sinceridad descarnada que nunca le había mostrado a nadie—.

Un agujero en el centro del pecho que absolutamente nada lograba llenar.

Ni la adrenalina de los incendios forestales más cabrones del estado, ni el apoyo incondicional de mis amigos. Ni mi familia. Nada servía.

Ella abrió los ojos, mirándome con una culpa que amenazaba con devorarla. Tragué saliva, pero Gia fue más rápida.

—¿Y tu matrimonio? —preguntó, con la voz apenas audible por encima del ruido de la cascada—. Estuviste casado durante tres años, Luke. ¿Ella tampoco pudo llenarlo?

Me aparté un milímetro, retirando la mano de su mejilla para apoyarla en la roca. Sabía que esta conversación iba a llegar, y no pensaba esconderle absolutamente nada.

—No —respondí con rotundidad, mirando hacia el centro de la poza oscura—.

Cuando la conocí, yo estaba completamente perdido.

Era un desastre. No en un sentido físico, no me dio por beber, ni nada así.

Sabes que no es mi estilo. Pero sí que era un desastre emocional, todo me daba igual.

Ella se interesó por mí, parecía dispuesta a cuidarme y a sacarme de esa vida sin rumbo en la que me estaba ahogando.

Y yo... yo me aferré a ello como un cobarde.

Me aferré a su presencia como si fuera mi única posible salvación.

Solté un suspiro pesado, sintiendo el peso de mis propios errores aplastándome los hombros.

—Acepté casarme con ella a pesar de que siempre supe, desde el primer minuto, que no la amaba como un hombre debe amar a su mujer.

No la amaba como te amaba a ti. Pero tenía la esperanza desesperada de que eso cambiara en algún momento.

Quería creer que el tiempo, la convivencia y el roce acabarían por cambiar mi situación y me enseñarían a quererla.

Giré la cabeza y miré a Gia, buscando su comprensión. Pero su expresión estaba cerrada, no sabía qué pensaba ella de todo aquello.