Hollow (Wildwater Falls 6) QUINCE #3
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QUINCE #3

Se inclinó sobre mi rostro y me besó de forma perezosa. Pude saborearme a mí misma en sus labios.

—Hola —susurró contra mi boca, sonriendo levemente contra mis labios.

—Hola —le respondí, con una sonrisa lánguida, sintiendo que flotaba.

Noté la presión dura, ancha y caliente de su erección rozando mi entrada resbaladiza. Luke siguió repartiendo besos por mi cuello, pegando los labios sobre mi pulso acelerado, pero sus caderas comenzaron a frotarse contra mí, burlándose, dejándome sentir toda su envergadura sin llegar a entrar.

Se incorporó levemente. Rasgó el envoltorio del preservativo con los dientes, se lo puso con movimientos rápidos y fluidos, y volvió a posicionarse sobre mí. Sin dejar de besarme, hundió las caderas y me penetró.

Lentamente. Centímetro a centímetro.

Me estiró, llenándome por completo con un gemido grave y gutural que le vibró en la garganta. Fue una conexión tan perfecta, que sentí que las piezas de mi vida volvían a encajar de golpe.

Cuando estuvo profundo en mi interior, se quedó completamente quieto. Apoyó la frente contra la mía, respirando el mismo aire que yo, con los ojos cerrados.

—Muévete —le supliqué, clavando las uñas en sus glúteos macizos.

—No —negó en un susurro ronco—. Estoy disfrutando de estar enterrado en el mejor lugar del planeta. Déjame sentirte un segundo, Gia. Estás tan estrecha y caliente...

Me sentía llena, estirada y completa, pero la inmovilidad era una tortura. Necesitaba que se moviera. Necesitaba la fricción. Así que lo provoqué. Alcé las caderas de golpe y me moví bajo él, frotándome de forma obscena, buscando el roce que mi cuerpo exigía a gritos.

Luke levantó la cabeza y me miró. El ámbar de sus ojos ardía con un desafío monumental.

—Estás siendo demasiado traviesa, Georgia.

Y entonces, empezó a follarme.

Lo hizo con fuerza. Con estocadas profundas, largas y demoledoras que nos hicieron rebotar contra el colchón.

Sin prisa, pero con un ritmo castigador y absolutamente perfecto que nos sincronizó de inmediato.

El sonido obsceno de nuestros cuerpos chocando, piel contra piel, llenó la quietud de la cabaña.

Sentí cómo la humedad se multiplicaba con cada embestida.

Por increíble que pareciera, apenas minutos después de haberme corrido, la tensión de otro orgasmo empezó a construirse en la base de mi espina dorsal. Y esta vez iba a ser abrasador.

El calor estaba incendiando mi piel. Los besos de Luke bajando por mi mandíbula, su lengua, el roce afilado de sus dientes dejando leves marcas sobre mi clavícula.

Mis sentidos estaban completamente sobreestimulados.

Su olor, los gruñidos ásperos que hacía cada vez que se hundía hasta la raíz, la forma en que sus manos me aferraban las caderas...

todo era tan excitante, tan erótico, tan desmesuradamente bueno.

Tan bueno, que la idea de haber vivido doce años sin él me pareció la mayor tragedia de mi vida.

Luke aceleró. El ritmo se volvió salvaje. Cambió ligeramente el ángulo de penetración, levantando mis caderas con sus manos grandes para que los huesos de su pelvis frotaran el punto exacto de mi clítoris con cada estocada.

—¡Luke! —grité, perdiendo la cabeza, arañándole la espalda con desesperación.

Sentí que me rompía en mil pedazos.

El orgasmo me barrió como un huracán de fuego, infinitamente más fuerte que el anterior.

La contracción muscular en mi interior fue tan intensa que le arranqué un rugido.

Fue tan bueno que creí que iba a desmayarme allí mismo.

Grité, arqueándome contra él, perdiendo el control por completo mientras mi cuerpo lo ordeñaba sin descanso.

Luke explotó justo un segundo después. Soltó un rugido ronco y primitivo, hundiendo las caderas en una última estocada brutal y corriéndose en mi interior con espasmos violentos que sacudieron su cuerpo.

Enterró la cara en el hueco de mi hombro, respirando de forma agónica, y mordió mi piel con fuerza en medio del clímax.

Clavó los dientes lo suficiente como para marcarme, pero sin hacerme daño real.

Sabía que me dejaría un moretón visible que tardaría días en desaparecer, y no podría importarme menos.

Quería llevar su marca. Quería que todo el mundo supiera que le pertenecía.

El silencio de la mañana volvió a adueñarse de la cabaña, interrumpido solo por nuestras respiraciones erráticas. Luke dejó caer todo su peso sobre mí, escondiendo el rostro en mi cuello durante varios minutos hasta que su corazón dejó de martillearme el pecho.

Se alzó lentamente sobre los codos. Apartó un mechón de pelo cobrizo y húmedo de mi cara, pegado por el sudor, y me miró con una seriedad que me robó el último aliento que me quedaba. La luz del sol ya llenaba la cabaña, iluminando la firmeza de sus facciones.

—Eres mía —sentenció, con una voz baja y territorial. —. A partir de este puto momento, eres mía.

Acarició mi mejilla con el pulgar, limpiando el rastro seco de mis lágrimas.

—No me importa nada más, Gia. Me da igual el tiempo que hemos perdido, las mentiras o el dolor.

Encontraremos la forma de solucionarlo todo.

Lo arreglaremos juntos. Pero te juro por mi vida que no voy a dejarte marchar jamás.

Y si te atreves a huir de mí otra vez, te aseguro que te seguiré a donde sea y te traeré de vuelta.

Lo miré, sintiendo que las lágrimas volvían a agolparse en mis ojos, pero esta vez eran lágrimas de alivio, de redención y de un amor tan inmenso que me desbordaba. Levanté la mano, acaricié su pómulo áspero, trazando la línea de su mandíbula, y le sonreí con el alma entera.

—Ya he acabado de huir, Luke. Estoy en casa.