Hollow (Wildwater Falls 6) QUINCE #2
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QUINCE #2

Una vez más, el llanto estalló en mi garganta con una fuerza destructiva, exactamente igual que la tarde anterior en el coche, pero esta vez fue peor, porque el peso de lo que le había hecho a este hombre me aplastó sin piedad.

Casi no podía respirar. Me doblé sobre mí misma, ahogándome en los sollozos, cegada por las lágrimas.

Luke se movió rápido.

Me agarró por la cintura, me rodeó con sus brazos fuertes y me atrajo hacia él con desesperación. El impulso de su abrazo nos desequilibró a ambos y caímos de lado sobre la cama, aterrizando sobre las sábanas revueltas, con nuestros cuerpos desnudos entrelazados en un abrazo férreo.

Me aferré a sus hombros, escondiendo la cara en la curva de su cuello, sollozando sin consuelo.

Luke me apretó contra él con una fuerza abrumadora, enterrando el rostro en mi pelo, susurrando mi nombre una y otra vez, intercalando palabras de consuelo, dejándome llorar, dejándome descargar todo el dolor, la culpa y la vergüenza que nos había mantenido separados.

El llanto desgarrador que me había sacudido el cuerpo se fue apagando poco a poco, reduciéndose a pequeños hipos intermitentes que me hacían temblar. A través de la pequeña ventana de la cabaña, la luz pálida y azulada de la primera hora de la mañana empezaba a filtrarse tímidamente.

Con el rostro aún empapado en lágrimas, fui plenamente consciente de la posición en la que estábamos. Me encontraba tendida sobre el pecho de Luke, completamente desnuda. Él aún llevaba puestos los pantalones oscuros de pijama, y contra mi vientre desnudo, su erección latía con urgencia.

Respiré hondo, llenando mis pulmones con su olor y me incorporé despacio. Apoyé las palmas de las manos en sus pectorales y me deslicé hacia atrás hasta quedar arrodillada a horcajadas sobre sus caderas.

Luke no hizo el menor amago de detenerme.

Se quedó inusualmente quieto, observándome desde abajo con esos ojos ámbar que parecían brillar en la penumbra.

Con un movimiento lento, llevó su mano izquierda detrás de la cabeza para acomodarse sobre la almohada.

El gesto flexionó su bíceps y estiró la piel de su torso, dejando expuesto todo su costado izquierdo.

Alargué la mano, con los dedos temblándome, y tracé las líneas de tinta negra.

El trilio blanco. Mi nombre. Gia . Entrelazado en el tallo de la flor.

Tuve que apretar los dientes para contener una nueva oleada de lágrimas, pero esta vez no eran de tristeza.

Ese tatuaje lo significaba todo. Significaba que, bajo el rencor acumulado, aún había algo inmenso por lo que luchar.

Significaba que Luke Holloway siempre había sido mío, y yo de él. A pesar de mis estúpidos errores.

Acariciar esa tinta incrustada en su piel era tocar la prueba palpable de que su amor había sobrevivido a la peor de las traiciones.

La esperanza estalló en mi pecho; quizá, solo quizá, Luke sería capaz de perdonarme cuando descubriera que aquella noche en Urgencias elegí salvar a Avery y dejé morir a Marvin.

Mis dedos continuaron su recorrido. Acaricié su costado, sintiendo el relieve duro de sus costillas, y bajé hacia sus abdominales esculpidos.

La firmeza de su estómago se contrajo bajo mis yemas.

Subí lentamente hasta sus pectorales, rozando ese leve y oscuro rastro de vello que era increíblemente suave al tacto.

Quería memorizar cada centímetro de su cuerpo. Quería borrar el tiempo perdido.

Luke seguía observándome casi sin parpadear.

El silencio del amanecer en la cabaña solo se rompía por el rumor lejano de la cascada y el sonido de nuestras respiraciones agitadas.

El contacto con su piel y la solidez de su cuerpo bajo el mío, encendieron una chispa imposible de contener.

Me excité con una violencia que me dejó sin aliento, sintiendo con una claridad aplastante cómo él iba endureciéndose cada vez más, latiendo contra mi sexo desnudo a través de la tela de su pantalón.

—¿Qué pretendes, Gia? —preguntó Luke. Su voz fue un ronquido grave, áspero, que rasgó el silencio de la mañana.

Me incliné hacia adelante, clavando mis ojos en los suyos.

—Necesito que me toques —le confesé, con la voz temblando por la necesidad—. Necesito sentirte, Luke. Todo de ti. Ya no quiero más barreras.

Los músculos de su mandíbula se tensaron, marcando un perfil duro e implacable. Su mirada descendió hasta mis labios y volvió a subir.

—Si pasa esto, no habrá vuelta atrás, Georgia —me advirtió, pronunciando cada palabra con una intensidad que me puso la piel de gallina—. Doce años de mierda se acaban aquí. Si damos este paso, serás mía. Y yo seré tuyo. Con todas las consecuencias. ¿Lo entiendes?

Mantuve mis manos ancladas en sus abdominales, deslizando la punta de los dedos hasta rozar de nuevo los pétalos del trilio tatuado sobre su piel.

—Hazme tuya, Luke.

Luke se incorporó, me agarró por la cintura con ambas manos y, con un movimiento fluido, invirtió las posiciones. Mi espalda golpeó el colchón. Él se encajó perfectamente entre mis piernas abiertas, cerniéndose sobre mí como una tormenta.

—Quítate los pantalones —le exigí, tirando ciegamente de la cinturilla elástica de su pijama.

—No seas tan impaciente —gruñó, apartando mis manos con facilidad, inmovilizando mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano—. Vamos a hacer esto a mi manera.

Bajó la cabeza y atrapó uno de mis pezones con la boca.

Lo chupó con fuerza, tirando de la carne sensible, hundiendo las mejillas, y luego mordió ligeramente la punta con los dientes.

Grité su nombre en voz alta, arqueando la espalda como un arco tenso.

Él pasó inmediatamente al otro pecho para repetir la misma tortura exquisita.

Sentí ese roce afilado de sus dientes directamente en mi centro, como un cable conectado a mi clítoris, haciendo que me humedeciera por completo en cuestión de segundos.

El tacto de Luke, el calor de su boca y la destreza de su lengua me estaban enloqueciendo.

Me liberé de su agarre, subí las manos desesperada y las hundí en su pelo oscuro. Tiré de los mechones de su nuca con fuerza hasta obligarlo a levantar la cabeza de mi pecho.

—Por favor... bésame —le rogué, mirándole los labios húmedos, casi sin aliento—. Bésame ya.

Luke obedeció. Descendió sobre mi boca, rozando primero mis labios con una lentitud agónica, probándome, para luego lanzarse a devorarme por completo.

Metió la lengua en mi boca con una urgencia arrolladora, saboreándome, mordisqueando mi labio inferior y saqueando mi boca en un beso profundo, posesivo y sucio.

Le correspondí con la misma pasión, volcando en ese beso todo el anhelo de más de una década, enredando mis piernas alrededor de su cintura para aplastar mi sexo contra su erección.

Luke rompió el beso jadeando, con los ojos inyectados en deseo.

Se incorporó sobre las rodillas, agarró el borde de sus pantalones de pijama y se los quitó del todo de un solo tirón, lanzándolos fuera de la cama.

Alargó una mano hacia su neceser oscuro que descansaba sobre la mesita de noche, rebuscó en el interior con movimientos rápidos y sacó un preservativo, dejándolo sobre la sábana, justo a mi lado.

Me quedé mirándolo, hipnotizada. Lo vi por primera vez completamente desnudo bajo la luz del amanecer.

Estaba magnífico. Erguido con orgullo, masivo, con la piel brillante por una fina capa de sudor y esa mirada ámbar, animal y depredadora, traspasándome de lado a lado.

Era el hombre más hermoso que había pisado la tierra.

Volvió a acercarse. Apoyó las manos a ambos lados de mi cabeza y empezó a lamerme la piel del cuello.

Trazó un camino húmedo y tortuoso con la lengua, bajando por mi esternón, deteniéndose a lamer el centro de mi vientre, hasta llegar justo encima de mi monte de venus.

Abrí las piernas todo lo que pude, ofreciéndome por completo, y le agarré del pelo con ambas manos, anticipando el contacto.

Luke hundió la cara entre mis muslos y me dio un primer lametón largo, húmedo y profundo, recorriendo toda mi abertura desde abajo hasta la parte superior de mi clítoris.

Di un respingo violento, alzando las caderas por la sacudida de placer, pero Luke me mantuvo quieta. Plantó una mano grande y pesada en mi vientre, anclándome al colchón sin esfuerzo. Yo estaba jadeando, con el corazón desbocado amenazando con reventarme las costillas.

Él levantó la cabeza un segundo. Tenía la barbilla húmeda de mis propios fluidos. Me dedicó una media sonrisa lobuna y me miró directamente a los ojos.

—Disfruta del viaje, Gia.

Y entonces se sumergió de lleno. Empezó a lamerme, a chuparme y a succionar mi clítoris con una avidez que me destrozó de la mejor manera posible.

La presión exacta de su lengua, la succión constante y el calor de su boca me llevaron al borde del precipicio en tiempo récord.

Sentía que iba a explotar en cualquier momento, arañando las sábanas, rogándole en voz alta, perdiendo toda la vergüenza.

—¡Luke, por favor! —grité, enredando los dedos en su pelo.

Justo cuando estaba en el límite absoluto, Luke añadió un dedo. Me penetró sin esfuerzo aprovechando lo increíblemente húmeda y resbaladiza que estaba sin dejar de succionarme el clítoris.

Exploté.

Un orgasmo cegador me atravesó de los pies a la cabeza.

Grité su nombre, cerrando los ojos con tanta fuerza que vi estrellas, mientras mis paredes se contraían violentamente alrededor de su dedo.

Me temblaban tanto las piernas que, si no hubiera estado tumbada, me habría caído al suelo.

Pero Luke me mantuvo anclada, absorbiendo cada espasmo de mi cuerpo con su boca.

Tardé varios segundos en intentar recuperar una respiración remotamente normal. Luke sacó el dedo con lentitud, saboreando el momento. Subió arrastrándose por mi cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos por mi estómago y mis pechos, y volvió a encajarse entre mis piernas.