CATORCE #2
Nos sentamos juntos en el viejo balancín de madera del porche.
Desplegué la manta y la pasé por encima de los hombros de ambos.
Sentí cómo Gia se tensaba instintivamente al notar la cercanía de mi cuerpo, pero un segundo después exhaló un suspiro, cedió y se refugió en el calor que compartíamos.
Estábamos muy cerca. Podía sentir el calor que irradiaba su pierna a milímetros de la mía, pero no llegábamos a tocarnos.
Manteníamos esa leve barrera física entre nosotros, una distancia que reflejaba la distancia emocional que aún nos separaba.
Nos quedamos varios minutos en silencio, meciéndonos muy despacio, observando el cielo salpicado de estrellas y escuchando los sonidos hipnóticos del bosque nocturno.
Le di un trago a la botella de cerveza que sostenía entre las manos.
—Una de las cosas que más echaba de menos cuando vivía en Redmond era este rumor constante —comenté en voz baja, dejando que mi voz se fundiera con el ruido del agua—.
El sonido del agua bajando por los bosques de Wildwater Falls.
Es un ruido de fondo que lo envuelve todo. Aquí casi nunca hay un silencio total.
Gia asintió, apretando los bordes de la manta con las manos.
—Ese fue uno de los motivos principales por los que preferí quedarme en una de las cabañas de Raven Ridge —confesó, mirando hacia la línea oscura de los árboles—.
Al principio, fue porque Savannah se había mudado a esa zona tras su divorcio.
Quería estar con ella. Pero cuando mi hermana se mudó definitivamente al piso de Ian, yo preferí quedarme en el bosque.
Ese sonido constante... el saber que todo está en calma pero jamás en completo silencio, es una de las pocas cosas que logran tranquilizarme por las noches.
La observé hablar de perfil. Su mirada estaba perdida en la oscuridad del bosque, como si estuviera reviviendo las largas noches de insomnio que las ojeras de su rostro delataban.
Gia giró el rostro y me atrapó observándola, pero esta vez no apartó la mirada.
—Sé que vamos a tener que poner todas las cartas sobre la mesa, Luke —me dijo, con un tono firme pero resignado, aceptando finalmente el motivo por el que estábamos allí.
Asentí lentamente.
—Ese es el objetivo. Sí —le confirmé, bajando la voz para no romper la paz del porche—. Pero no va a ser esta noche. Esta noche me conformo con tenerte aquí, con la calma del bosque y el rumor del agua.
Los hombros de Gia cayeron un par de centímetros, aliviados al saber que no iba a someterla a un interrogatorio de madrugada. Asintió, agradecida por la tregua, y le dio un trago lento a su cerveza.
El frío empezó a volverse más cortante, colándose por debajo de la manta.
—Deberíamos entrar —le sugerí, retirando la botella vacía de mi pierna—. Está refrescando demasiado y ambos necesitamos descansar. Ha sido un día muy largo.
Gia me dio la razón en silencio. Nos levantamos del balancín, doblé la manta sobre mi brazo y entramos de nuevo en la cabaña.
Al cerrar la gruesa puerta de madera a nuestras espaldas, el sonido ensordecedor de la cascada quedó amortiguado. Me apoyé de espaldas contra la puerta y solté un suspiro largo, observando cómo Gia daba unos pasos vacilantes hacia el centro del pequeño salón.
Aún llevaba puesto ese maldito vestido de color rosa matador con el que había asistido al bautizo del hijo de Avery y Logan.
Me crucé de brazos, reprimiendo el impulso físico de acortar la distancia que nos separaba.
—Solo hay un baño en la cabaña, así que tendremos que ducharnos por turnos —rompí el silencio, manteniendo un tono de voz neutral, meramente informativo—. Y como seguramente recordarás, solo hay una cama. Y la vamos a compartir.
Gia se giró lentamente hacia mí.
—No quiero protestas en ese sentido, Georgia. Es lo que hay.
Ella levantó la barbilla, adoptando esa postura orgullosa que conocía tan bien. Se cruzó de brazos, imitando mi postura, aunque el gesto solo sirvió para que la tela del vestido se ajustara aún más sobre su pecho.
—Ya me había dado cuenta de la distribución, Luke.
No soy ciega —replicó, con una calma forzada —.
Y no pensaba decir nada al respecto. Soy una adulta y puedo compartir un colchón sin hacer un drama.
Pero que quede una cosa muy clara: solo vamos a dormir.
Todo sigue demasiado enredado como para seguir complicándolo aún más.
Sostuve su mirada durante varios segundos. La firmeza en sus palabras era clara, pero el ligero temblor en su respiración la traicionaba.
—Estoy de acuerdo —concedí —. Esta noche es mejor no enredar más las cosas. Dormiremos y punto.
Por fuera, le estaba dando la razón para que pudiera relajarse.
Pero por dentro, mi cerebro se reía a carcajadas de ese absurdo límite.
Sabía que no tardaríamos en volver a ponernos las manos encima.
Lo que nos atraía el uno al otro era una fuerza superior a nuestra voluntad, superior al rencor y a los doce años de silencio.
Tarde o temprano, la contención iba a saltar por los aires. Solo era cuestión de tiempo.
Gia pareció aceptar mi respuesta. Relajó los hombros un par de centímetros, se giró hacia la pequeña cómoda de madera rústica y agarró el asa de su maleta. La misma que Sloane había preparado para ella.
Gia tiró de la cremallera de la bolsa. El sonido metálico rasgó el silencio de la cabaña.
Metió las manos para sacar sus cosas, pero de repente, se quedó completamente quieta.
Su cuerpo entero se congeló. Inclinó la cabeza, mirando el interior, y no movió ni un solo músculo durante un lapso preocupantemente largo.
—¿Gia? —la llamé, frunciendo el ceño y dando un par de pasos hacia ella—. ¿Todo va bien?
Ella levantó la mirada lentamente. La expresión de su rostro era una mezcla indescifrable de horror, estupefacción y furia homicida.
—Sloane tiene suerte de que la quiera como a una hermana —siseó Gia, apretando los dientes con tanta fuerza que vi saltar el músculo de su mandíbula—. Porque te juro por Dios que ahora mismo la estrangularía con mis propias manos y tiraría su cadáver a la poza.
Mi desconcierto fue en aumento. Acorté la distancia hasta situarme justo a su lado y bajé la vista para asomarme al interior de la bolsa abierta.
Me quedé sin parpadear.
El interior de la bolsa parecía el inventario de una tienda de lencería erótica de lujo.
Sloane no había guardado cómodos pijamas de franela, ni sudaderas holgadas, ni los desgastados pantalones vaqueros que cualquier persona normal llevaría a una cabaña en medio del bosque.
En su lugar, la directora médica del hospital había llenado el espacio con pijamas diminutos de seda, pequeños tangas de encaje negro y burdeos, y prendas de ropa tan ridículamente enanas que estaban diseñadas específicamente para dejar a la vista más piel de la que ocultaban.
Tuve que morderme el interior de la mejilla con una fuerza brutal para reprimir la carcajada que me subió por la garganta.
—Esa mujer es un peligro —farfulló Gia, consternada, metiendo la mano en la bolsa y sacando lo que parecía ser un camisón de seda esmeralda que apenas tenía más tela que un pañuelo de bolsillo—. ¡Míralo! ¡Esto no es ropa, es un maldito hilo dental con tirantes! ¡La voy a matar!
No pude contener una sonrisa de oreja a oreja. El enfado de Gia era tan adorablemente furioso, que la tensión se disipó como por arte de magia.
—No le veo la gracia, Luke —me advirtió, fulminándome con la mirada al detectar mi sonrisa.
—Yo opino diferente, Georgia —repliqué, cruzándome de brazos e inclinándome ligeramente hacia ella para mirar más de cerca—. Creo que Sloane tiene un gusto exquisito. Y, francamente, ha optimizado muy bien el espacio del equipaje. Menos tela, más espacio para el neceser.
Gia me soltó un bufido indignado y dejó caer el trozo de seda de vuelta a la bolsa como si quemara.
—¡No es solo la ropa de dormir! —se quejó, escarbando frenéticamente entre las prendas y sacando un par de prendas más—.
La ropa de día no es mucho mejor. Todo son camisetitas de tirantes ajustadas, tops que no me tapan ni el ombligo y shorts minúsculos.
¡Estamos en medio del puto bosque, Luke!
¡De noche hace frío! ¡No hace tanto calor como para ir paseándome por los pinos vestida así!
La miré, evaluando la indignación que brillaba en sus ojos avellana, y sentí una punzada de compasión mezclada con un deseo abrumador.
Como hombre, la idea de pasar tres días viéndola pasear por la cabaña con esos shorts minúsculos y los camisones de seda era una puta fantasía hecha realidad.
Era un regalo caído del cielo cortesía de la directora Parker.
Pero como el hombre que la conocía, que sabía lo friolera que era y lo mucho que necesitaba sentirse segura y cómoda con la ropa que vestía, me compadecí de ella.
—Está bien, respira —le dije, bajando el tono y adoptando una actitud más conciliadora—. Puedo dejarte una camiseta mía para dormir. Al menos te cubrirá más que ese trozo de encaje verde.
Gia se detuvo. Giró el rostro hacia mí y me miró, suspicaz. Sus ojos se estrecharon, evaluando mi oferta como si acabara de proponerle un pacto con el diablo.
Y no la culpaba por dudar. Sabía perfectamente, y ella también, que ofrecerle mi ropa era un gesto tremendamente íntimo.
Verla metida en esos pijamitas de seda que Sloane había elegido habría sido un espectáculo increíble para mis ojos, sí.
Pero la idea de verla envuelta en una de mis camisetas, oliendo a mi detergente era infinitamente mejor.
Era un tipo de posesión que me aceleraba el pulso solo de imaginarlo.
Gia exhaló un suspiro largo y frustrado, rindiéndose.
—Prefiero una de tus camisetas —concedió por fin, en voz baja.