Hollow (Wildwater Falls 6) CATORCE
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CATORCE

Luke

D ejé caer la última bolsa sobre los tablones de madera del porche y me apoyé en la columna, recuperando el aliento.

Gia estaba sentada en el último escalón, abrazando sus rodillas.

El contraste de su elegante vestido rosa matador contra la madera rústica y el verde salvaje del bosque era una imagen irreal, un choque de dos mundos que de alguna manera encajaban a la perfección.

Me acerqué en silencio y me senté a su lado, estirando las piernas enfrente de mí.

—Es la mejor vista que he tenido jamás —murmuré, dejando que mis ojos recorrieran su perfil—. Me ha acompañado todos los días durante los últimos doce años.

Gia asintió despacio, manteniendo la vista fija en el prado de trilios blancos y los picos nevados a lo lejos.

—El paisaje es espectacular —concedió con un hilo de voz.

—No estaba mirando el paisaje, Georgia.

Gia giró la cabeza de golpe. Sus ojos avellana se clavaron en los míos y, al darse cuenta de que mi atención estaba centrada en ella y no en la montaña, la sorpresa le abrió ligeramente los labios.

Un rubor repentino le tiñó las mejillas.

Parpadeó un par de veces, descolocada, y se puso en pie de inmediato, alisándose la falda del vestido con un gesto tenso.

—Deberíamos entrar —dijo, esquivando mi mirada—. Hay que guardar las cosas.

Asentí sin presionar, agarré las bolsas de la compra y la seguí al interior de la cabaña.

Durante un buen rato, nos dedicamos a vaciar las bolsas de papel y a colocar la comida en los armarios de madera y en la pequeña nevera. El silencio entre nosotros era espeso, pero ya no era un silencio incómodo.

—Para cenar podemos preparar un par de cosas rápidas —dije, apoyándome en la encimera mientras ella ordenaba unas latas—. He traído filetes de ternera para hacerlos a la parrilla, patatas para asar con romero y esos panecillos de queso de la panadería del pueblo que tanto te gustan.

Gia se detuvo con una caja de cereales en la mano. Se giró hacia mí, evaluando el interior de la despensa y luego repasando mentalmente lo que acababa de guardar en la nevera.

—Ese menú... y prácticamente todo lo que hay en estas bolsas, son mis platos y mis cosas favoritas —murmuró, frunciendo el ceño—. Hasta has traído esa marca de café de tueste oscuro que apenas se encuentra.

Me encogí de hombros, manteniendo una expresión neutra mientras me cruzaba de brazos.

—Tengo muy buena memoria —mentí a medias, restándole importancia—. Y siempre hemos tenido gustos similares. Fue fácil llenar el carro.

No pensaba decirle que había planificado la compra de esos tres días de forma obsesiva, escogiendo específicamente sus comidas favoritas, los snacks salados que solía devorar en los turnos de noche y los caprichos dulces que sabía que le encantaban.

Quería que esta cabaña se sintiera como un refugio, no como una sala de interrogatorios.

Saqué la carne y empecé a preparar la cena de forma sencilla mientras Gia, en silencio, sacaba los platos y los cubiertos y ponía la pequeña mesa de madera junto a la ventana.

La observé de reojo. Seguía callada y tensa, con los hombros rígidos y la mirada cautelosa.

Me di cuenta de que, si quería que Gia bajara sus defensas y se relajara, no podía simplemente sentarme ahí y exigirle la verdad.

Necesitaba tender el puente. Necesitaba abrirme yo primero y demostrarle que estaba dispuesto a luchar por ella, a esforzarme por volver a construir una confianza que llevaba doce años hecha cenizas.

Serví la cena, abrí un par de cervezas y me senté frente a ella.

—¿Recuerdas a Ethan? —pregunté, rompiendo el hielo después de los primeros bocados—. El marido de Leah.

Gia levantó la vista del plato, sorprendida por el cambio de tema, pero asintió lentamente.

—Cuando me gradué en la academia y llegué a Redmond para incorporarme como smokejumper , él fue la primera persona con la que conecté —empecé a relatar, apoyando los antebrazos en la mesa—.

Teníamos la misma edad, pero él había entrado en la unidad un año antes que yo.

Era un puto dolor de cabeza. Ethan se dedicaba a hacerle bromas y novatadas a absolutamente todo el mundo en la base, daba igual que él mismo fuera técnicamente un novato y los demás fueran veteranos curtidos.

Una pequeña, levísima sonrisa asomó a los labios de Gia al imaginarse la escena.

—Pero, debajo de toda esa fachada de payaso, Ethan se encargó de que yo tuviera una familia en Redmond —continué, bajando un poco el tono de voz, dejando que viera lo importante que había sido para mí—.

Yo llegué allí hecho polvo. Y él me arrastró a su casa.

Me presentó a sus padres, a sus hermanos, me sentó en su mesa los domingos y me acogieron como a uno más de la familia.

Gia dejó el vaso sobre la mesa, mirándome con atención. Sus ojos avellana se habían suavizado.

—¿La unidad fue lo que esperabas de ella? —me preguntó, con curiosidad genuina —. Recuerdo lo mucho que te entusiasmaba la idea de ser un smokejumper . Hablabas de saltar a los incendios como si fuera la mejor aventura del mundo, pero la realidad debía ser muy diferente.

Me animé, sintiendo que el nudo en mi pecho se aflojaba al verla interesada en mi vida, en el hombre en el que me había convertido durante su ausencia.

—Fue mucho más duro de lo que esperaba —reconocí, gesticulando con la mano de la cerveza—.

La adrenalina es brutal, te engancha desde el primer salto.

Te lanzan en medio de un infierno de humo y fuego, con el calor fundiéndote la ropa y el ruido de los árboles explotando a tu alrededor.

Pero también fue infinitamente más satisfactorio de lo que jamás imaginé.

La miré directamente a los ojos, dejándole ver el orgullo que sentía por mi trabajo.

—Era bueno en ello, Gia. De los mejores de mi unidad. Sabía leer el clima, el viento y el desarrollo del fuego mejor que nadie. Era bueno liderando a los chicos en la línea de fuego y, sobre todo, era el mejor manteniendo la cabeza fría cuando todo se iba literalmente a la mierda.

Le di un trago a la cerveza y me incliné hacia ella por encima de la mesa, bajando la voz hasta convertirla en una confidencia.

—Aprendí algo muy rápido ahí fuera. Al final, lo que te mantiene vivo en medio de un incendio forestal no es ser el más rápido con la sierra mecánica, ni ser el mejor apagando las llamas de frente. Lo que te mantiene vivo es mantener la calma y confiar ciegamente en tu equipo. Siempre.

Sostuve su mirada, asegurándome de que entendía el doble sentido de mis palabras, de que comprendía que yo estaba dispuesto a ser su equipo. Solo necesitaba que ella confiara en mí.

✽✽✽

Servimos los filetes a la parrilla y las patatas asadas en los platos, sentándonos frente a frente en la pequeña mesa de madera junto a la ventana.

Una extraña calma se había instalado entre nosotros mientras cenábamos.

Daba la sensación de que Gia había decidido que quería estar allí, como si compartir esa cena hubiera sido una decisión mutua y no el resultado de mi secuestro a plena luz del día.

Todo se sentía sorprendentemente doméstico y fácil, a pesar de la tensión subyacente.

Estábamos en la misma cabaña en la que nos enamoramos. El mismo lugar donde nos habíamos besado por primera vez doce años atrás. Y, de un modo casi doloroso, sentía que algo de aquel verano seguía intacto entre estas cuatro paredes, a pesar de lo mucho que la vida nos había cambiado a los dos.

—Aún recuerdo el día que nos fuimos a caminar por el sendero alto y nos dejamos la ventana de la cocina abierta de par en par —comenté, apoyando los codos sobre la mesa, con una media sonrisa nostálgica tirando de mis labios—.

Por la noche, los mosquitos nos acribillaron. Nos picaron hasta hacernos desesperar.

Gia soltó una carcajada espontánea.

—Jamás en mi vida había visto a nadie rascarse tanto el cuerpo, Luke —dijo, riendo, llevándose una mano a la boca—. Parecías un oso contra un tronco.

—Oye, me picaron incluso en los malditos párpados —repliqué, fingiendo estar ofendido—. Era una cuestión de supervivencia.

Gia se rio aún más fuerte, echando la cabeza un poco hacia atrás.

—Es que eres un imán humano para todo tipo de picaduras. Los insectos de este bosque te adoran.

Me quedé en silencio, con el tenedor suspendido en el aire, casi sin respiración.

La miré fijamente, absorbiendo cada detalle de su rostro iluminado por la risa.

Desde que habíamos vuelto a cruzarnos en Wildwater Falls, no la había visto reír de esa manera.

Verla así me encogió el corazón de una forma brutal.

Gia se dio cuenta de cómo la estaba mirando. Su risa se fue apagando lentamente, sustituida por una consciencia repentina de la intimidad del momento. Nos quedamos mirándonos a los ojos, sintiendo lo que podría volver a ser la felicidad si lográbamos apartar los escombros.

Ella fue la primera en apartar la mirada. Parpadeó, tragó saliva y rompió la conexión, bajando la vista hacia los platos vacíos.

—Deberíamos recoger la mesa —murmuró, aclarándose la garganta.

Asentí. Nos levantamos y nos pusimos a lavar los platos en el pequeño fregadero.

Mientras le pasaba los platos enjabonados para que los aclarara, me di cuenta de que Gia estaba empezando a ceder.

Aún la envolvía una capa de tristeza profunda y arraigada, la misma que la había hecho romperse en mi coche, pero estaba llegando a ella. Estaba bajando las armas.

—¿Te apetece salir al porche a tomar la última copa? —le propuse, secándome las manos con un trapo.

Gia asintió con una leve sonrisa. A pesar de estar a finales de primavera, el aire de la montaña estaba refrescando rápidamente con la caída del sol, así que agarré un par de cervezas y una manta gruesa de lana del sofá antes de salir.