TRECE #2
Mantuve mi rostro acurrucado en el hueco de su cuello, descansando contra su pecho, escuchando el latido constante y fuerte de su corazón bajo mi oreja.
Levanté un poco la vista. Luke tenía la cabeza apoyada hacia atrás, contra el reposacabezas del asiento, mirando fijamente a través del parabrisas hacia los árboles y la cascada.
Su mandíbula estaba tensa, pero su mano seguía moviéndose con suavidad sobre mi espalda, subiendo y bajando, cuidando de mí.
—¿Te sientes mejor? —preguntó de repente, con la voz aún rasposa.
Asentí levemente contra su camisa, sin atreverme a hablar.
Luke soltó un suspiro largo y bajó la mirada hasta encontrarse con la mía. Sus ojos ámbar estaban oscurecidos, pero desprovistos de enfado o frustración.
—No vamos a regresar al pueblo, Gia. No en tres días —anunció, con una calma resolutiva—.
Tienen el hospital cubierto por el bautizo y yo he despejado mi agenda.
Tenemos tres días enteros. Para sacarlo todo.
Para hablar de absolutamente todo lo que ha pasado y solucionar lo que podamos solucionar.
Ese es mi plan. Ese es mi único objetivo.
Y solo espero que estés en esto conmigo.
Me quedé mirándolo, sintiendo el calor de sus manos aún sobre mi cintura. No sabía qué más decir. El agotamiento emocional me había dejado muda y la firmeza de su decisión no dejaba margen de maniobra. Si íbamos a hacerlo, íbamos a hacerlo hasta el final.
Me desenredé lentamente de su abrazo. Con movimientos torpes, me arrastré de vuelta por encima de la consola central y me dejé caer en el asiento del copiloto. Tiré del cinturón de seguridad y el clic metálico rompió el silencio.
Luke me miró durante un minuto entero. No me presionó para obtener una respuesta verbal. Simplemente estudió mi rostro, la forma en que me recostaba contra el asiento, rendida y exhausta.
Finalmente, asintió para sí mismo. Arrancó el motor de nuevo, puso la palanca de cambios en marcha y el todoterreno empezó a avanzar por el sendero de tierra, adentrándose en el bosque hacia el destino que tenía previsto para nosotros.
✽✽✽
El motor del todoterreno se apagó con un ronroneo grave, dejándonos sumidos en un silencio que fue inmediatamente reemplazado por el sonido atronador y constante del agua.
Me quedé paralizada en el asiento del copiloto, con las manos apretadas sobre el cinturón de seguridad que aún cruzaba mi pecho.
No necesitaba salir del coche para saber dónde estábamos.
A través del parabrisas, enmarcada por abetos gigantescos, se alzaba la silueta de madera rústica y techo a dos aguas de la cabaña.
Mis ojos recorrieron la estructura de troncos oscuros y se desviaron hacia la parte trasera, donde la espesura del bosque se abría para revelar la silueta de una poza grande y profunda, alimentada por la cascada que caía por la pared de roca.
Y justo a la izquierda de la cabaña, extendiéndose como una alfombra salvaje bajo la luz dorada del atardecer, había un prado entero cuajado de flores blancas.
Trilios.
Me llevé una mano temblorosa al lóbulo de la oreja, rozando la plata del pendiente con forma de flor que colgaba de él. El aire se me quedó atascado en los pulmones.
Era la misma cabaña de cazadores. El mismo lugar exacto, aislado y secreto, en el que habíamos pasado nuestro primer fin de semana juntos hacía doce años.
La misma poza de agua helada en la que nos habíamos besado por primera vez, dónde habíamos descubierto que el mundo entero empezaba y terminaba en el otro.
A este mismo refugio habíamos regresado casi todos los fines de semana de aquel verano, construyendo un universo propio lejos de la civilización.
Y era precisamente bajo el porche de esta cabaña donde Luke me había regalado los pendientes de plata que llevaba puestos en ese momento, inspirados en el manto de trilios blancos que ahora se mecía suavemente con la brisa del atardecer.
El entorno estaba congelado en el tiempo.
La madera desgastada, el olor a pino húmedo, el ruido del agua...
todo estaba exactamente igual que hace doce años.
Pero nosotros no. Luke y yo estábamos en ruinas.
Estábamos tan rotos, que costaba pensar que éramos las mismas personas; costaba creer que alguna vez fuimos aquellos veinteañeros que habían pasado los mejores y más felices días de su vida entre estas paredes de madera.
El sonido de la puerta del conductor abriéndose me sacó de mi trance.
Luke bajó del coche, y el crujido de sus botas sobre la tierra y las agujas de pino secas me obligó a moverme.
Destrabé el cinturón de seguridad con dedos torpes, abrí mi puerta y salí al aire fresco del bosque, sintiendo que las piernas me temblaban tras el colapso emocional de hacía unos minutos.
Luke estaba de pie junto al morro del coche. Tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros de sus vaqueros negros y la mirada clavada en mí, evaluando cada una de mis reacciones.
—¿Reconoces el lugar? —preguntó. Su voz ya no estaba rota; había recuperado esa cadencia grave, pero no apartó los ojos de los míos.
Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada a pesar del escozor de mis propios ojos hinchados por el llanto.
—Sí —murmuré, asintiendo lentamente con la cabeza—. Este... este no es un lugar que se pueda olvidar con facilidad, Luke.
Él inclinó un poco la cabeza. La brisa le alborotó el pelo oscuro mientras su mirada descendía un instante hacia el trilio de plata que colgaba de mi cuello, y luego volvía a subir hasta mis ojos.
—Teniendo en cuenta el contenido de tu nota de despedida —dijo Luke, con una calma que desarmaba más que un grito—, y lo increíblemente fría y aséptica que pareciste al marcharte, sería lógico pensar que te habías olvidado por completo de este lugar y de lo que significaba.
Cerré los ojos un segundo al recibir el impacto. Me dolieron sus palabras, me clavaron espinas directamente en el corazón, pero sabía que me las merecía. Cada una de ellas.
Sin embargo, al abrir los ojos y analizar su expresión, me di cuenta de que no me lo estaba diciendo de forma hiriente.
No había veneno en su tono, ni sarcasmo.
Más bien, parecía estar desmontando una bomba.
Estaba intentando hacerme ver su propia lógica: si este lugar, nuestro verano y nuestro amor fueron tan inmensamente importantes para ambos, y si yo seguía arrastrando unos sentimientos de dolor y pérdida tan crudos como los que acababa de derramar llorando sobre su pecho en el coche... entonces la nota era una farsa.
Quizá había algo más detrás de todo ello.
Esa era la pregunta no formulada que flotaba en el aire entre nosotros.
Y lo había. Vaya si lo había. Estaba claro que Luke, con ese cerebro analítico que le permitía leer situaciones de vida o muerte en milésimas de segundo, había empezado a atar cabos.
Sospechaba que mi huida no se reducía a una simple cuestión de ambición médica en Portland, y estaba buscando el ángulo para que yo misma se lo contara.
Me abracé a mí misma, cruzando los brazos sobre mi pecho para combatir el repentino frío que me había calado los huesos.
Alterné la mirada entre la silueta reconfortante de la cabaña, el prado de flores blancas que me recordaba la promesa de un futuro juntos, y Luke, que se había girado para abrir el maletero del todoterreno y empezar a sacar las bolsas de viaje.
El corazón me latía con tanta fuerza que me mareaba.
Había llegado el momento. Llevaba doce años corriendo, doce años escondida detrás de la culpa, pero el camino se había acabado en este cruce del bosque.
Solo tenía que encontrar el maldito valor para contarle a Luke absolutamente todo lo que ocurrió la noche que murió Marvin.
Todo lo que ocurrió cuando elegí salvar a Avery Collins.
Y solo me quedaba rezar, con cada fibra de mi ser, para que la verdad no hiciera que me odiara aún más.