TRECE
Georgia
E l trayecto desde el cenador hasta el todoterreno de Luke fue una mezcla humillante de sacudidas y pataleos inútiles.
Sus manos me sujetaban los muslos con una firmeza implacable, impidiendo que lograra desequilibrarlo.
A pesar de lo absurdo y bochornoso de la situación, una parte de mí estaba genuinamente intrigada y sorprendida por este arrebato visceral. Hacía años que no veía a este Luke.
Pero la sorpresa no lograba ahogar el pánico.
No sabía si estaba preparada para hablar con él, ni mucho menos para mirarle a la cara y confesar.
A pesar de la dura conversación que había tenido con mi hermana, seguía sintiendo un miedo atroz a contarle a Luke la verdad.
La culpa me seguía aplastando el pecho con la misma ferocidad que el primer día.
Hacía doce largos años que había dejado de dormir bien, soportando constantes ataques de ansiedad y condenada a vivir con la idea permanente de haber sido la culpable de la muerte de Marvin.
Luke se detuvo junto a su coche. Me bajó del hombro con un movimiento fluido y me acorraló inmediatamente contra la chapa de la puerta del copiloto, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza para cortarme cualquier vía de escape.
Tiró de la maneta, abrió la puerta y me hizo un gesto seco con la cabeza.
—Entra.
Me crucé de brazos sobre el pecho, levanté la barbilla y le sostuve la mirada dorada.
—No.
Luke suspiró, cerrando los ojos un segundo, y la poca paciencia que le quedaba pareció evaporarse en el aire del bosque.
—Georgia. Entra en el coche.
—Me niego —repliqué, tirando de puro orgullo—. Ya que te has tomado la molestia de hacer todo el numerito de Neandertal delante de los invitados, puedes acabar el trabajo tú mismo. Si estás tan interesado en que suba, méteme tú.
No se lo pensó dos veces. Luke me agarró por la cintura, me levantó en vilo y me metió en el asiento del copiloto sin ningún tipo de contemplación.
Antes de que pudiera acomodarme, se inclinó sobre mí, invadiendo mi espacio vital con su estúpido olor a bosque que me volvía tonta, tiró del cinturón de seguridad con manos ágiles y lo ancló en la hebilla.
Se apartó, me cerró la puerta en las narices y escuché el chasquido inconfundible del seguro. Había activado el puñetero bloqueo para niños. Fantástico.
Rodeó el morro del coche y se subió al asiento del conductor.
—No hacía falta el bloqueo infantil, Luke —comenté con tono irónico, frotándome las muñecas—. No pensaba tirarme del coche en marcha.
—No voy a dejar ningún cabo suelto contigo —se encogió de hombros, arrancando el motor.
Giré la cabeza con un bufido y mi mirada se topó con la parte trasera del todoterreno. El asiento y el maletero estaban llenos. Había varias bolsas de la compra con comida, una bolsa de viaje grande y... parpadeé, reconociendo la llamativa maleta violeta. Esa maleta era mía.
Me giré hacia él en el asiento, absolutamente indignada.
—¿Has entrado en mi casa? ¿Has estado hurgando entre mis cosas?
Luke me miró de reojo mientras metía la marcha y pisaba el acelerador, alejándonos del cenador.
—Yo jamás violaría tu intimidad de esa manera, Gia.
Resoplé, incrédula.
—Le encargué a otra persona que lo hiciera por mí.
Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, radiante y descarada. Entrecerré los ojos, uniendo las piezas. Ya sospechaba perfectamente quién le había ayudado. La misma mujer que se había quedado plantada en la fiesta, mirándonos como si no pasara absolutamente nada, mientras él me cargaba al hombro.
—Sloane es una traidora —siseé, sin dar crédito a que mi mejor amiga se hubiera prestado a semejante secuestro.
Luke soltó una carcajada limpia que llenó el habitáculo del coche.
—Sloane solo quiere lo mejor para ti. Y resulta que en esto está de acuerdo conmigo.
Bufé airada, me crucé de brazos de nuevo y clavé la vista en la ventanilla. Era absurdo seguir discutiendo. Luke tenía el control del volante y de la situación, y haría exactamente lo que le diera la gana.
Reconocí el camino casi de inmediato. Estaba enfilando el sendero de las cascadas.
Era una ruta forestal escarpada que se adentraba en la montaña, la misma que llevaba a un grupo de viejas cabañas de cazadores aisladas.
El mismo tipo de cabañas destartaladas en las que nos refugiábamos hace doce años para pasar los fines de semana completamente solos, apartados del mundo.
El nudo en mi garganta se hizo más denso.
Unos kilómetros más arriba, Luke frenó el coche en un cruce de tierra, cerca de una de las cascadas. El estruendo del agua cayendo contra las rocas se escuchaba incluso con las ventanillas subidas.
Apagó el motor. El silencio en el habitáculo fue repentino y aplastante.
No sabía qué decirle. El corazón me latía en los oídos.
Luke se giró en el asiento, apoyó el brazo sobre el volante y me miró directamente a los ojos. No hubo preámbulos. No hubo sarcasmo ni rodeos. Fue una pregunta directa.
—¿Por qué te fuiste?
El aire abandonó mis pulmones. Apreté los labios, desviando la mirada hacia el salpicadero.
—No quiero hablar de este tema, Luke.
—Pues vas a tener que hacerlo —replicó, y aunque no levantó la voz, la frustración contenida en cada una de sus sílabas me heló la sangre—. Porque yo necesito saberlo.
Se inclinó hacia mí, acorralándome con su presencia, y por primera vez, dejó caer su armadura de hielo. Expresó en voz alta, sin filtros, exactamente lo que había sentido cuando lo dejé atrás.
—Me abandonaste. Te largaste el puto día que más te necesitaba en toda mi vida. Acababa de perder a mi padre, mi mundo entero se estaba yendo a la mierda, y tú me dejaste una nota y te esfumaste.
Su voz se rompió ligeramente. Esa vulnerabilidad me estaba rompiendo el corazón.
—Te quería, Georgia. Y tú me destrozaste.
Me aniquilaste por completo. Y ahora... doce años después, lo único que se supone que debería sentir por ti es un enfado monumental y puro rencor.
Pero míranos. No puedo estar lejos de ti.
Soy tan jodidamente débil que no puedo resistirme, te busco como un adicto que necesita su dosis diaria, sabiendo que solo vamos a volver a jodernos la vida.
Me quedé pegada al asiento, respirando con dificultad. Sus palabras eran cuchillos clavándose directamente en mi pecho. Yo también estaba herida, pero verlo a él tan expuesto, tan roto por mi culpa, me estaba destrozando por dentro de una forma irreparable.
Las palabras de Luke acababan de hacer añicos la poca entereza que me quedaba.
El dolor puro en su voz, la confesión de su adicción por mí y la devastación de mi abandono se sumaron a la culpa que llevaba doce años aplastándome el pecho.
No soportaba más. No soportaba la consciencia de haberle hecho un daño irreparable al hombre que amaba.
—Llévame de vuelta —le supliqué, con la voz temblando sin control. Apreté los puños sobre mi regazo—. Por favor, Luke. Llévame al pueblo.
—No.
La negativa fue tajante.
—No puedo hacer esto —negué con la cabeza, sintiendo que me faltaba el aire.
—Vas a hacerlo, Georgia —me presionó, inclinándose un poco más hacia mí, acorralándome —. Llevas doce años huyendo. Ya no hay más salidas. Háblame. Dime por qué lo hiciste.
Me rompí.
El primer sollozo me rasgó la garganta con una violencia que me sorprendió a mí misma.
Cubrí mi rostro con ambas manos, encogiéndome en el asiento, y rompí a llorar de una forma inconsolable.
Era un llanto nacido de lo más profundo de mis entrañas, de ese rincón oscuro donde había encerrado la culpa por la muerte de su padre.
Escuché el sonido metálico de un cinturón desabrochándose.
Me sobresalté cuando Luke tiró de mí. Con una fuerza suave pero imparable, me arrastró por encima de la ancha consola central del todoterreno.
No me resistí. Mi cuerpo entero temblaba tanto que me dejé hacer, cayendo como una muñeca de trapo hasta quedar sentada a horcajadas sobre su regazo, en el estrecho espacio del asiento del conductor.
Luke me rodeó con ambos brazos, aplastándome contra su pecho ancho y firme.
—Respira, Gia. Shhh... respira —me susurró al oído.
Su voz estaba áspera. Sonaba exactamente como si él también estuviera llorando en silencio o luchando desesperadamente por aguantar el llanto.
No podía parar de llorar. Sentía que me estaba drenando.
Estaba vertiendo cada onza de dolor, de secretos, de estrés postraumático y de maldita culpa en esas lágrimas calientes que empapaban la camisa negra de Luke.
Me aferré a sus hombros, hundiendo los dedos en la tela, y lloré hasta quedarme sin aliento.
Él no dejó de acariciarme la espalda ni un solo segundo.
Su mano grande trazaba círculos lentos y firmes a lo largo de mi columna vertebral.
Sentí sus labios presionarse contra mi pelo, besando mi coronilla una y otra vez mientras me apretaba más fuerte contra su cuerpo, como si intentara absorber mi dolor a través del contacto.
Me sentí reconfortada. Estaba envuelta en el calor de su abrazo sintiendo una paz que me aterrorizó.
No debería ser así. Era una crueldad del destino.
Estaba encontrando consuelo y refugio precisamente en los brazos del hombre al que había destrozado; estaba llorando sobre el pecho del hijo del hombre por el que me sentía responsable de haber dejado morir en aquella sala de Urgencias.
Pasaron unos largos minutos. El tiempo perdió su significado dentro del habitáculo del coche.
Poco a poco, los sollozos desgarradores se fueron convirtiendo en hipos intermitentes. Mis pulmones volvieron a llenarse de aire con más regularidad.
En todo ese tiempo, Luke no había aflojado su abrazo.